Los hallazgos y las anécdotas del Miró grabador se exhiben en Palma

La exposición en la fundación del artista explica el proceso de trabajo

En la recta final de su vida, Joan Miró reclamó la presencia en Palma de Mallorca del artesano editor catalán Joan Barbarà para que colaborara con él en otra búsqueda diferente del arte desde el grabado. Miró había labrado el bronce plano en otras etapas, pero a finales de los setenta quiso explorar nuevas vías. Los hallazgos del artista y las anécdotas que le sucedieron durante ese proceso son explicadas en la exposición Miró-Barbarà. Procesos de grabado, que hasta el próximo octubre se exhibe en la Fundación Pilar y Joan Miró de Palma.

Los dos perros pastores alemanes que Joan Miró tenía en sus talleres de Mallorca husmearon un día sobre unas planchas de cobre preparadas para grabados que estaban manchadas de azúcar, el líquido dulce con el que se vaciaban los signos y los trazos, el dibujo previo -en negativo- que nacía tras pasar el metal por el ácido corrosivo. Los canes hollaron y lamieron aquellas madres dulces de las obras de arte seriadas. Así, por azar y accidente, una colección mironiana de grabados fue bautizada por el artista con el título Els gossos (Los perros). En las láminas se intuyen dos siluetas de canes cósmicos o primitivistas.Esta historia sucedió a finales de los setenta cuando Miró y Barbarà trabajaron juntos. Miró trabajó entonces para crear una larga serie de homenaje a Gaudí. "Más de 100 grabados distintos y de temas diferentes elaboró Joan Miró antes, para matizar, hasta culminar esta enorme obra", explica Joan Barbarà mientras muestra la exposición, repleta de bocetos, grabados, planchas trabajadas, elementos de prueba y documentación paralela, dejada y escrita por el propio Miró. Tristán Barbarà, también grabador e hijo de Joan, es el comisario de la exposición, y destaca el aspecto "didáctico" de ésta, el intento de explicar el resultado de los grabados en una larga secuencia en la que constan diferentes colecciones y ejemplares individuales.

Joan Barbará explica la consideración que le merecía a Miró el trabajo de los artesanos, de la manera con que esperaba su criterio e imita los gestos gimnásticos que Miró, a sus 85 años, hacía para explicarle su deseo de "estar en forma", el haber hallado el instante expresivo y la seguridad corporal. Luego manifiesta que donó a la fundación, en 1994, el material de los grabados de Miró que guardaba en su taller "para que no se perdiera la ruta de los grabados. Su destino era la destrucción porque los cobres se destruyen tras las tiradas numeradas. Tenerlos era un exceso de egoísmo y en según qué manos cualquiera sabe qué podrían haber hecho", dice.

Algún grabado quedó sin firmar en el taller a la muerte del artista, cuando ya le había dado el visto bueno a la tirada. Otros son piezas sueltas, proyectos para libros, grabados para la Constitución, aguafuertes, una punta seca, los grafitos simples y breves sobre los que levantó el libro Lapidari. Es la síntesis en 26 pruebas y sus planchas correspondientes de una relación que duró de 1976 a 1982.

La exposición se inicia en una sala en la que se recoge "a manera de caos", dicen los Barbarà, una composición desorganizada de puntos, retales y detalles singulares, de los que nacían los sucesivos procesos de edición extensiva y sucesiva. "Primero hacía la maqueta", explican, "se llevaba las pruebas a casa o al taller para poner el color y después se culminaba la edición en Barcelona". La Comedia dell"Arte, Rupestres, Enrajolats, Personatges i estels, À toute épreuve, son algunas colecciones biografiadas en sus detalles.

Aurelio Torrente, director de la fundación de Palma, reseña: "La exposición exhibe el esqueleto, las interioridades del Miró grabador".

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 16 de mayo de 1999.

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