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Política y felicidad

Con frecuencia, la política económica se afana poco en averiguar qué decisiones contribuyen a la felicidad personal de los ciudadanos. Se da por sentado que el bienestar social e individual será una consecuencia de cumplir con la regulación presupuestaria, la moda monetarista o el modelo fiscal de cada época. Pero, ¿se siente la gente de verdad feliz con estas cosas?Un estudio aún no publicado en libro, pero presente en Internet (astutzer@iew.unizh.ch), se interesa por las relaciones entre la dirección económica, las actuaciones políticas y la felicidad. Varias de las conclusiones podrían preverse de antemano; otras, no tanto. Y algunas, ni mucho menos. El empleo, como era de esperar, ejerce una fuerte influencia en la felicidad: los individuos con empleo son mucho más felices que los parados. Pero, dentro de los que tienen trabajo, se sienten notablemente mejor quienes trabajan por cuenta propia que quienes lo hacen por cuenta ajena. Son también más felices los que poseen estudios que quienes no los tienen, y se creen más afortunados los casados que los solteros. No obstante, contra lo que ha pregonado el tradicional aprecio de la familia, son menos felices las parejas con hijos que sin ellos; y también, contra lo que diría el feminismo, se sienten más satisfechas las mujeres que los hombres. En cuanto a la edad, la felicidad adquiere una curva decreciente desde aproximadamente el uso de razón hasta la década de los treinta, y se recupera en un sentido ascendente desde entonces, sin que se diga hasta cuándo dura la escalada.

Siempre, donde hay una importante minoría negra, se definen más dichosos los blancos que los negros, y más felices los ricos que los pobres. Con todo, la renta no actúa como elemento de gran peso en el lote completo que decide la felicidad, y no cambia prácticamente nada si se considera globalmente. Es decir, comparando la felicidad general de un país, antes y después de doblar su nivel de vida, la población en conjunto no detecta mejora significativa en su satisfacción. Señal de que el modelo de desarrollo es defectuoso y no atiende como debiera a los deseos humanos. La tasa de inflación sí contribuye a cambiar para bien o para mal las cosas. Cuando la inflación sube se acrecientan los sufrimientos, y cuando baja asciende la felicidad. Una inflación reducida permite achicar las tasas de interés y con ello la accesibilidad a bienes tan importantes como la vivienda. También apuntala la sensación de seguridad y aminora el miedo al futuro.

La democracia ¿mejora la felicidad? Un informe de The Economist asegura que nunca hasta ahora se ha abordado con rigor esta importante comprobación. Se ha tenido por indiscutible que las personas bajo un estado autoritario eran más desdichadas que quienes formaban parte de una comunidad democrática y, por añadidura, ha resultado difícil aislar, en las investigaciones transnacionales, la influencia del factor político de otras adherencias. Con este último estudio, sin embargo, se explora entre cantones suizos con diferente régimen el efecto del control político ciudadano sobre la sensación de bienestar. La conclusión ha resultado que son más felices los habitantes que poseen un control más eficaz sobre las decisiones o, lo que viene a ser lo mismo, quienes sienten que es más directa y eficaz su participación en la marcha de su comunidad. Pasa en la vida social pues como en las vidas privadas. Un individuo vive tanto más feliz y optimista cuanto mejor comprueba que sus acciones influyen sobre la orientación de su vida. Y es, por el contrario, un ser propenso a la depresión y al pesimismo quien se califica víctima de la fatalidad. Los políticos, con sus tabarras, sus reyertas, sus perversiones, suelen hacer poco para alegrarnos la vida, pero es un error tomarlo como irremediable. El principal derecho de los ciudadanos, como dice la primera Constitución democrática del mundo, es la felicidad. El primer deber de los representantes democráticos es desvelarse por procurarla. Todo lo demás viene por añadido.

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