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43º FESTIVAL DE VALLADOLID

Paul Auster, Loach, Paskalievic y Weir, nombres favoritos de esta noche

Buena jornada británica con "El general" y "Veinticuatro punto siete"

No lo tiene fácil el jurado esta noche para distribuir unos pocos premios entre abundantes películas que los merecen. Alguna habrá de quedarse por fuerza fuera, aunque merezca entrar en la lista de las elegidas. Suenan los nombres de Paul Auster, Ken Loach, Lars von Trier, Goran Paskalievic, Ariadna Gil, Peter Weir. Y más. No caben todos. En un festival bien hecho, como éste, siempre hay alguien que se va injustamente a la cuneta.

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Basta un repaso al catálogo de esta edición de la Seminci para comprobar la abundancia de merecimientos que hay en juego. En El polvorín, el serbio Goran Paskalievic logra componer escenas de tremenda fuerza, que no merecen irse de vacío. En La escalada, John Hurt logra una interpretación prodigiosa. En Lágrimas negras, Ariadna Gil hace vivir a una película muerta. En El niño de la Chaaba, el francés Christophe Ruggia debuta en el cine con una hermosa mirada a su infancia, al doloroso éxodo en Lyon de míseras familias argelinas que huían en los años sesenta de la guerra que asoló su país.En Idiotas, Lars von Trier y una docena de asombrosos jóvenes actores de los teatros de Copenhague, crean un dispositivo cinematográfico agresor de enorme potencia metafórica subversiva. En Lulu on the bridge, sobre admirables actuaciones de Harvey Keitel, Mira Sorvino, Vanessa Redgrave y Willem Dafoe, el escritor neoyorquino Paul Auster urde un inolvidable relato de amor y muerte. En Mi nombre es Joe, el británico Ken Loach retorna a sus orígenes y recupera el pulso de su viejo, penetrante, terco y enérgico rechazo al aplastamiento que viven las clases oprimidas en su país. En la belga Rosie, el dúo madre-hija entre Aranka Coppens y Sara de Roo es un auténtico bordado interpretativo.

En El show de Truman, el australiano Peter Weir vuelve a ser quien era y en una brillante parábola sobre nuestro mundo arranca una genial composición de Ed Harris y convierte al espantapájaros Jim Carrey en un actor lleno de verdad. En Veinticuatro punto siete, Bob Hoskins da lecciones magistrales dentro de un libre e inteligente filme de presupuesto humilde pero derrochador de libertad y generosidad. En Beirut oeste el debutante Ziad Doueiri tensa la memoria de su dura niñez y da un curso de poesía cinematográfica lírica y elegíaca entre los escombros de su ciudad devastada por la guerra.

Una decena de títulos y otros tantos, o más, nombres de cineastas dignos de un premio, se dejan ver en un veloz repaso retrospectivo al buen cine visto aquí en los ocho días pasados. El jurado que preside el escritor Mario Benedetti está por ello forzado a hilar muy fino en su reparto de presencias y de ausencias, esta noche, en el teatro Lope de Vega de Valladolid. Hay quinielas para todos los gustos, pero se les nota voluntaristas, demasiado inclinadas hacia los gustos o los disgustos personales de quien las dice. En estos casos más vale callar y esperar.

La solución, mañana, en estas páginas, aunque este cronista no tiene ningún reparo en adelantar, a título estrictamente personal, que le agradaría mucho verse obligado a comentar que por fin alguien se ha atrevido a dar un premio a la asustante audacia de los Idiotas de Lars von Trier, gente adorable, gente absolutamente libre, que en otros colegas despiertan en cambio furibundos rechazos. Y añade que también le gustaría que fuese cierto esto que ha oído ayer aquí: que a Paul Auster le han sugerido que no se vuelva todavía a Nueva York y espere aquí hasta esta noche, a ver qué pasa con su Lulu on the bridge, que por lo visto también les gusta mucho a algunos de los componentes del jurado.

Ocurra lo que ocurra, que es secundario, pues lo que importa es el buen cine, y éste ha abundado en esta edición de la Seminci, lo que va a quedar en la memoria de ésta es la sagacidad y el buen gusto con que ha sido programada. Por ejemplo, ayer se proyectó la excelente película de John Boorman, El general, que redondeó un desfile de magníficos títulos fuera de concurso. Y mañana, para acompañar a la ceremonia de clausura, se proyectará La vida es bella, una emocionante película del italiano Roberto Benigni, que levantó algunas indignaciones estúpidas en los integristas del judaísmo, pero que es una representación emocionada de la tragedia del holocausto judío.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 31 de octubre de 1998