Un excelente musical dramático aborda el problema del sida
No parece que sea propiamente un tema para tratar en un filme musical, pero lo cierto es que Jeanne y el muchacho formidable, sorprendente ópera prima del francés Olivier Ducastel, se atreve a hablar del sida en un registro insólito, que mezcla con emocionante intensidad el vitalismo de una puesta en escena que homenajea al cine bello y vaporoso de Jacques Demy con la dramática desolación cotidiana de la brutal enfermedad. Nada de vitalismo muestra en cambio El pianista, adaptación de la novela de Manuel Vázquez Montalbán que significa el debú en la realización de Mario Gas. Y en la selección a concurso tuvimos la dosis desagradable con Totò che visse due volte, irreverente aunque tonta provocación de dos sicilianos, Daniele Ciprí y Franco Maresco.Protagonizada por la actriz joven más en forma del cine francés actual, Virginie Ledoyen, y por el hijo del malogrado Jacques Demy, Mathieu, Jeanne y el muchacho formidable cuenta la historia de la chica del título, una mujer vitalista, que cambia de amante con frecuencia, vive al día y busca, en el fondo de su corazón, encontrar al hombre de su vida. Lo hallará, pero su sorpresa será grande cuando éste le confiese que es seropositivo a consecuencia de un pasado de drogadicto.
Si todo el filme, un musical en el que los diálogos se alternan, según la fórmula clásica, con canciones y bailes, está recorrido por el espíritu de Jacques Demy, de quien Ducastel fue colaborador en el pasado, su tercio final nos recuerda que no todo en la vida son colores pastel, bailes bonitos y besos a la luz de la luna. Tiene el filme un considerable air de famille, una plasticidad y un brío notables; una voluntad de no moralizar, en fin, que lo hacen instantáneamente simpático... amén de éticamente imprescindible.
También El pianista está incluido en la sección Gran Angular, y hay que reconocerle, de entrada, el coraje que su director asumió a la hora de debutar en el cine nada menos que con la adaptación de una novela histórica, cuya acción transcurre, en sucesivos flash-backs, en 1990, 1946 y 1936, y en París y Barcelona. Se le nota la bisoñez a Gas en algunos momentos claves, como en la larga, interminable secuencia de los tejados. Pero sería injusto achacarle a él los evidentes defectos que el filme tiene, y que empiezan en una producción escasa y en un guión imposible.
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