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Tribuna:

Nombres

DE PASADAEn Castril (Granada) enderezaron en el último momento el Zaramago del cartel que habían mandado imprimir para homenajear a su ilustre veraneante pero no pudieron evitar el "novel" inscrito en los pañolicos de la corrida de toros. Las erratas, junto a los cohetes y otras manifestaciones de alegría, fueron la hermosa e impulsiva reacción del pueblo al conocer que el marido de su paisana Pilar del Río había obtenido el ilustrísimo reconocimiento. Alguien que, como José Saramago, ha escrito una novela titulada Todos los nombres no le queda otro remedio que aceptar también como premio suplementario las palabras erradas, los elogios escritos con la ortografía modesta de las prisas. Castril tiene el derecho, y aun la obligación, de exaltar el nombre de Saramago y asomar la cabeza con orgullo desde su ruda e ignota geografía. Otras ciudades, de hecho, se atiborran y abusan de los nombres ilustres que asoman o pasean por sus calles como si fueran industrias promisorias o talismanes cuyo manejo supone el pasaporte al Jardín de las Hespérides. La Granada de los últimos años es una ciudad con un esplendor fundamentado en nombres: Clinton, Hillary, las Spice Girls, el príncipe Abdullazih, el agá Jan, Jimmy Carter y fray Leopoldo de Alpandeire. Con esta munición de carga hueca el Ayuntamiento de la ciudad ha ido a conquistar el mundo, a atraerse el fervor de americanos, sauditas, ismaelitas y adolescentes llorosas. Esta especie de santoral del mecenazgo hasta ahora ha alumbrado dos caballos de pura raza árabe, un puñado de atascos y, afirman, un discreto aumento del turismo. El último en llegar fue el agá Jan. Fue agasajado con todos los honores pero a la medianoche del segundo día de estancia ya se notaron signos de rebelión. La conjura partió de una serie de autoridades que habían sido invitadas a presenciar, bajo un frío intensísimo, la entrega de los premios de arquitectura. Cuando acabó la función pasaron a tomar un refrigerio en el que abundaba de todo menos el vino, proscrito por respeto al príncipe musulmán. "¡Tinto, tinto, tinto! ¡Queremos tinto! ¡Hace frío! ¡Vino por clemencia!", susurraban las voces. Entonces, un pariente del príncipe hizo un gesto y en las mesas aparecieron copas de líquido granate que calentaron las entrañas de los españoles. ¿Cómo no creer en las facultades mágicas de ciertos nombres? ALEJANDRO V. GARCÍA

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de octubre de 1998