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Editorial:

Exotismo exterior

EL VIAJE de Aznar a Turquía, la pasada semana, se ha realizado bajo el signo del comercio y los intereses económicos de España en el cuarto mercado para nuestro país. Turquía es pivote entre varias zonas geográficas de gran relieve, y se entiende este interés -incluso esta necesidad- por estrechar relaciones. Sin embargo, en el primer viaje de un jefe del Gobierno español se han echado de menos, en las pocas declaraciones públicas de Aznar, alusiones concretas a las carencias de Turquía en materia de derechos humanos, democracia -se ilegaliza al partido más votado, el islámico del Bienestar- y respeto de las minorías, como la kurda. En Turquía los militares hacen y deshacen.Ése no es el camino europeo, y probablemente el actual primer ministro turco, que va a afrontar elecciones esta primavera, lo sepa e incluso lo padezca. Pero ese lado oscuro de Turquía no debe ignorarse. Una vez más, Aznar ha preferido decir lo fácil, lo que sus anfitriones querían escuchar, esto es, el pleno apoyo al eventual ingreso de Turquía en la Unión Europea. Ésta, tras años alimentando la ilusión de la adhesión, le cerró bruscamente las puertas en diciembre, en el Consejo de Luxemburgo, y sólo posteriormente volvió a entreabrirlas en la cumbre de Cardiff, en junio. Ankara ha aprovechado esa rendija para presentar un documento que acelere su adhesión, a sabiendas de que casi nadie la contempla seriamente en lo que suele llamarse el futuro previsible.

La diplomacia española, aprovechando este vacío y la necesidad de cariño internacional de los turcos, se ha erigido en sorprendente defensora de este ingreso en las mismas condiciones que los demás aspirantes. Sin embargo, no es conveniente alimentar esperanzas infundadas, lo que no es contradictorio con la postura de no marginar a un país en torno al cual hay mucho en juego. Es necesario contribuir a que Ankara busque un engarce con la UE que no implique un ingreso que choca no sólo con la oposición de Grecia, sino también de Alemania.

Turquía es un país de grandes oportunidades de comercio. Aznar ha comprometido más de 60.000 millones de pesetas en proyectos de inversión que incorporen bienes y servicios y la celebración en Estambul de una feria de tecnología industrial española. Bien está, siempre que no ciegue la pasión. El presidente español debe encontrar en política exterior ese término medio entre las alabanzas artificiales y la defensa de nuestros intereses.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 27 de julio de 1998