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Tribuna:

Tiempo de libros (y II)

Esbozando razones para el libro, decíamos la semana pasada que son aquéllas más veraces cuanto más sutiles: la evidencia, un poco inaprensible, eso sí, de no estar solos; la posesión del tiempo y del espacio en sus distintas maneras (la vida es corta, pero ancha, reza un aforismo no muy excelente, pero tal vez cierto). En cuanto a la ficción literaria, sus mentiras paralelas constituyen otro mundo del que servirse a placer. Y si es la poesía, forma más sublime de la verdad no hay, pues no precisa demostración y no genera fantasmas bélicos. ¿Libros útiles? Suele predicarse de aquellos que adelantan la idea de las cosas. De tal manera que, a menudo, las cosas mismas decepcionan, y he aquí el peligro. La vista real de las acacias en flor y el disfrute de su aroma mientras camino, no hay libro que me lo pueda mejorar. Lo que pasa es que conviene acostumbrarse a mirar, a oler, sabiendo que es irrepetible, perecedero, único. Y no siempre las personas se sienten inclinadas a eso. Prefieren las experiencias diferidas, los conocimientos por adelantado, y mejor si te los sirve otro que ya pensó. Para los idealistas nada de esto constituye problema, pues no creen seguro que las cosas existan. No sufren por lo efímero. La belleza exterior es una sombra. ¡Tantas veces me acuerdo de Hegel! Pero no de sus teorías, tan brillantes como imaginarias, sino del relato que hace a un amigo de su paso por los Alpes, confesándole no experimentar ninguna emoción ante las ingentes masas de nieve y el paisaje insondable. Un hombre consecuente, desde luego. Se infiere de todo esto que los libros son un mal sucedáneo de la vida, por lo que no es aconsejable tomárselos de ese modo. Son mejores como compañeros de la vida. En todo caso, cuando se es niño, sirven algunos libros para configurar un psiquismo elemental y saludable, necesario. Pero no son, como creen los pedagogos reaccionarios, los libros morales, sino los más fantásticos e inútiles. El psicólogo James Hillman afirma que quienes han leído cuentos, o a quienes les han leído cuentos en la infancia, "están en mejores condiciones y tienen un pronóstico más favorable". (Tomo esta cita de Alberto Manguel, en su admirable libro de libros, Una historia de la lectura, de reciente aparición. No deberían perdérselo). También Bettelheim informa de que los cuentos de hadas (de encantamiento, se decía antes en Andalucía), disuelven a tiempo los complejos embrionarios de los niños. (¡Qué malvado sería el que hizo creer que la de maestro es profesión liviana!). Y ya se nos está acabando otra vez la columna y no acabamos de empezar. Si será una condición del laberinto. (Por cierto, la Feria del Libro de Sevilla es lo que parece. ¿La habrá tramado Borges? No resultará ocioso, si se trata de darle mérito a la búsqueda. No lea libros buenos. Lea sólo los mejores). Y sólo nos resta ir sacando alguna conclusión. No sé si les servirá ésta, de Joseph Conrad: "Un corazón habla, otro escucha; y la tierra y el mar, el cielo y el viento que pasa, y la hoja trémula, escuchan también el futil relato del fardo de la vida". Créanme que lo siento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de mayo de 1998