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Reportaje:

La Europa científica se replantea su futuro

La unión monetaria coincide con una etapa de incertidumbre tras décadas de grandes éxitos

«Cuando todo el mundo está centrado en el euro y en las cuestiones monetarias, tal vez sea bueno recordar que los investigadores y los técnicos son europeos desde hace más de 40 años», lanza Hubert Curien. Este físico de la materia ha vivido la agitada historia de la Europa científica desde el principio. Todo empezó muy rápidamente tras la II Guerra Mundial, «por necesidad más que por convicción política», recuerda. «Nuestros colegas alemanes se sentían muy atraídos por Estados Unidos, donde volvían a encontrarse con los profesores que se habían refugiado 10 años antes».Lanzado fuera de la UE -y, a menudo, antes que ella- el movimiento de unión científica estuvo acompañado y amplificado por los programas-marco y los programas Eureka de la Comunidad de Bruselas. Hoy, tras importantes logros que le han permitido rivalizar con la hegemonía estadounidense -especialmente en los ámbitos de la física y del espacio-, la Europa científica parece perder fuelle. La ESA se ve obligada a reducir sus costes de funcionamiento. Enfrentados a dificultades presupuestarias, los grandes países como Alemania, Gran Bretaña y Francia, restringen su aportación a los grandes instrumentos científicos, cuestionan la financiación y la gestión del programa-marco de investigación y denuncian los excesos de la burocracia europea.

El sur

La Europa del Sur disfruta del más alto grado de las subvenciones de Bruselas. Gracias a ellas, «Portugal, a pesar de empezar desde muy abajo, pudo ponerse muy rápidamente al nivel internacional en materia de investigación», explica Pierre Papon, físico y presidente del Observatorio de Ciencias y Técnicas. Algunos investigadores de Europa del Norte sienten recelos. «Si tu equipo no incluye al griego o al portugués de rigor, tienes pocas posibilidades de ver tu proyecto aceptado en Bruselas», se queja uno de ellos. No obstante, reconocen a la Comisión el mérito de haber «estructurado la investiga ción europea». Las becas del programa TMR (Training and Mobility for Researchers) han facilitado los intercambios de investigadores y estudiantes. Se pelean por ellas.Esta política de acercamiento también ha hecho maravillas entre los empresarios. Para ellos, explica Papon, «los programas-marco son un medio extraordinario para saber quién hace qué en la ciencia europea». De las grandes empresas a las pymes , su éxito es fulminante. El reverso de la medalla: los investigadores de ciencia fundamental temen el dirigismo de Bruselas, demasiado proclive, según ellos, a favorecer los ámbitos susceptibles de dar lugar a un desarrollo industrial a corto plazo. Desean que la Comisión descentralice trabajos y la gestión de los créditos. ¿Cómo? ¿A quién? El debate está abierto.

Algunos verían con agrado a los organismos de investigación nacionales tomar a su cargo, por rotación y por tiempo limitado, la gestión de algunos programas. Otros prefieren ver esa función confiada a organizaciones europeas ya existentes o por crear. Y otros, como Philippe Lazar, ex director general del Instituto Nacional de Salud de Francia, son más radicales. Considera que la evaluación cruzada -a nivel nacional y entre equipos internacionales- funciona muy bien tal y como lo hace actualmente. «Bruselas debe aplicar de forma estricta el principio de subsidiariedad y concentrar sus subvenciones en la ayuda a los intercambios y a la circulación de los investigadores e ingenieros».

Estrategia

Otro deseo generalizado: la definición de una estrategia, de una política científica clara. Es tanto más necesaria por cuanto los grandes programas de investigación -sobre medio ambiente y climatología, en física, en astronomía- se mundializan cada vez más. La misma tendencia afecta a los grandes instrumentos, del acelerador del CERN al telescopio espacial Hubble. «Europa debe hacer frente común si quiere poder reequilibrar la influencia estadounidense e incluso la japonesa dentro de estas estructuras», subraya Curien.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de mayo de 1998