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Tribuna:

¿Pikasso?

La disputa sobre el préstamo del Guernica posee un interés suplementario para todos aquellos que sentimos curiosidad por el estado de las artes en su época de acabamiento; sería difícil encontrar un mejor ejemplo de la sorprendente transformación que han sufrido las "obras de arte" en el presente siglo: de productos para la aristocracia, a objetos populares; de objetos populares, a mercancías de lujo, y de mercancías de lujo, a elementos para una economía del ocio. La disputa sobre el Guernica tiene el aroma arcaico del tráfico de reliquias sagradas y el tufo de un moderno espectáculo cultural.Es necesario todo el cinismo de un político para afirmar que la tela no sufrirá daño alguno en el traslado. Si el Guernica viaja es indudable que se deteriorará, pero quizás no sea ése el punto más relevante de la cuestión. Las llamadas obras de arte deberían estar sujetas a la usura del tiempo en no menor medida que todo lo demás. La actual obsesión conservadora obedece al convencimiento de que no es posible ya alcanzar la habilidad artística de nuestros abuelos. Somos ancianos sin futuro que todo lo guardan y atesoran porque ya sólo les emociona el pasado. Las sociedades vigorosas no se andan con tanto comedimiento. Pero ¿qué es lo que se perdería, realmente, en el caso de que la tela se deteriorase durante el viaje?

Los veintitantos metros cuadrados pintados por Picasso son, acumulativamente: una obra de arte para algunos expertos en pintura del siglo XX; un símbolo de la lucha antifascista para los historiadores; una mercancía extraordinariamente valiosa para cualquier ciudadano, y un instrumento de propaganda política para algunos partidos. Según el primer criterio, nada impediría el traslado de la tela: ningún entendido en Picasso concede un valor excepcional al Guernica desde el punto de vista artístico. Es una pieza pintada deprisa, con imposiciones, inacabada, y realizada cuando Picasso ya no era el fabuloso inventor de las Demoiselles d'Avignon. Antonio Saura, el artista que mejor conoce y aprecia a Picasso, ha escrito: "Detesto el Guernica porque es un vulgar cartelón". Muchos opinamos lo mismo y no lamentaríamos su destrucción más que la de cualquier otra pieza menor de un gran artista.Tampoco el contenido narrativo o programático de la tela posee un valor sobresaliente. No hay una sola figura definida. El toro, por ejemplo, ha sido identificado como "el fascismo" (Clark), "el sufrido pueblo español" (Larrea), "la energía sexual primaria" (Chipp) y "un autórretrato de Picasso" (Nieto), entre otras cosas. Cuando una pintura de historia alcanza semejantes cotas de ambigüedad quiere decir que allí no hay historia objetiva de ninguna clase. En el Guernica no hay nada, aparte del título, que haga referencia al bombardeo histórico de Gernika. Lo más probable, dada la idéntica disposición de las figuras, es que estemos ante la Minotauromaquía de 1935 -una visión onínico-surrealista del permanente conflicto sexual de Picasso con sus amantes- adornada por una corona de mujeres sufrientes. Picasso habría ampliado sus habituales imágenes de mujeres agredidas por machos violentos desde lo propiamente sexual hasta el conflicto bélico. El título tendría sólo una incidencia circunstancial y de propaganda.

Porque, según el segundo criterio, el Guernica es una obra antifascista. En 1937, en efecto, Picasso quiso llamar la atención mundial sobre la agresión fascista contra la República Española. No tuvo éxito; ni siquiera el Gobierno republicano apreciaba la obra (Negrín quiso retirarla), y los comunistas la atacaron ferozmente. La tela sólo se convirtió en un_icono político durante su prolongada estancia en Estados Unidos, entre 1939 y 1981. Sería muy largo explicar ahora la hábil operación de propaganda que el Gobierno americano supo montar en tomo al Guernica, y con qué inteligencia la aprovecharon los brillantes artistas e intelectuales de Nueva York para presentar un "arte moderno y sin embargo democrático" capaz de penetrar en el arcaico espíritu provincial americano. En esos años la obra perdió por completo su relación con la guerra de España para convertirse en símbolo de la lucha por la democracia" (a poder ser, americana). En su etapa final, la Gernika vasca fue sustituida por una May Lay más fácil de identificar en los campus universitarios.

Así pues, creo yo que ni desde el primero ni desde el segundo punto de vista el temor al deterioro es excesivamente fundado. Hay cientos de picassos muy superiores artísticamente al Guernica, y cientos de iconos de los años setenta contra la guerra de Vietnam. Sólo como documento de la guerra civil española guarda un valor histórico excepcional; es, por así decirlo, el Valle de los Caídos del bando legal. Y eso nos lleva al tercer criterio.

Porque el tercer criterio levanta un escollo de envergadura: la tela es, también, una mercancía cuyo valor en el mercado es escalofriante. La descomunal cantidad de millones que cualquier Gobierno estaría dispuesto a pagar por quedarse con ella es una riqueza muy concreta y en absoluto filosófica. Esa tela es un encargo del Gobierno español (pagado no a precio de saldo, pero sí a precio de amigo en 1937), legado por Picasso al conjunto de los ciudadanos del Estado una vez desaparecido el fascismo. Los responsables de la conservación de esa riqueza son los técnicos del Reina Sofía, pero por delegación del Gobierno del PP, que propone el traslado gracias a otra genialidad de Aznar.

Así que cuando llegamos al cuarto criterio según el cual todo Gobierno antifascista tiene derecho a exhibir el Guernica, sólo debe tomarse en consideración el criterio tercero. Dada la relación de Picasso con Barcelona, también los catalanes podrían exigir la exhibición del Guernica en su capital, la cual, a diferencia de Bilbao, sí fue bombardeada por los fascistas, También podrían exigirlo Londres o Rotterdam. Nada hay en esa tela de 1937 que privilegie una destrucción fascista sobre otra. La guerra europea no había comenzado, y, por desgracia, la monstruosidad de Gernika quedaría luego como una gota de agua en el océano de la carnicería nazi.

De momento la muy comprensible exigencia vasca, o la conversión del Guernica en una reliquia itinerante (algo así como el brazo incorrupto de Santa Teresa de los demócratas), sólo topa con un problema: ¿quién procede a la tasación de la pieza y qué aseguradora se endosa el asunto? ¿Quién paga a la aseguradora, habida cuenta de que también los vascos (o su mayoría) son españoles? De producirse un probable deterioro, ¿cuál sena la compensación?

Hasta el momento de escribir este artículo, no he oído mencionar la palabra "dinero" en las teológicas y estéticas disputas sobre el derecho político, artístico e histórico de los nacionalistas vascos a trasladar montañas de dinero que no les pertenecen en espuertas por cuyos agujeros fluye una sangría que Aznar deberá justificar. Pensándolo bien, tampoco estaría mal que pasara a la historia como el presidente que se cargó el cuadro más odiado por su familia ideológica. Pero que no nos lo haga pagar a los demás.

Félix de Azúa es escritor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de julio de 1997