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Tribuna:

El último conde

Coincidiendo con el aniversario, exactamente el 1.100º aniversario, de la muerte del gran Guifré el Pilós (llamado Wifredo el Velloso al otro lado del río), el gran repoblador del país, sobre cuyo escudo, creo que es leyenda, se trazaron las cuatro barras de sangre de la bandera catalana, Cataluña se debate entre el sí y el no -unos pocos miles de millones ese debate- del gran Ronaldo el Calvo, último conde de Barcelona.No es ninguna sorpresa una coincidencia semejante: desde hace años, Cataluña vive en equilibrio finísimo y modélico entre la tradición y la modernidad. O lo que es lo mismo, entre el héroe y el mercenario. La llegada de Ronaldo a la ciudad, como la de otros especialistas bien pagados a otras ciudades españolas, fue saludada con resquemor por los espíritus fundamentalistas: ese tipo de gente entrañable que va con el Bilbao porque sólo juegan españoles. Por mi parte, debo decir que mi alegría fue absoluta: a veces sólo llegando muy al fondo de la, humillación es posible advertir la naturaleza de las cosas. Tal vez elevando el mercenario a suma categoría, informando de los dos millones diarios que cuesta su presencia, describiendo que para atarlo a nosotros era preciso llevar un grueso maletín a las islas Vírgenes -¡pobre Núñez!: nadie puede exigirle que encima de pagar al jugador pague también los impuestos-, sería ya mucho más difícil sentir los colores, vivir en blaugrana, ocultar al hooligan bajo el disfraz del patriota, hacer de ese club la máxima plusvalía, nuestra gran nación sentimental.

íbamos bien por el camino de la abyección. Pero el mediodía en el que escribo trae malas noticias y las negociaciones parecen rotas. Me temo que el tono épico de la semana acabará decantándose hacia el Velloso. Otro paso atrás.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de mayo de 1997