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Entrevista:

"La novela de sofá está agotada"

Barcelona
Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) se ha cansado de narrar. Es como si su última novela, Una comedia ligera (Seix Barral), le hubiera dejado literariamente exangüe. Asegura que ya no se puede escribir ni leer: "La marquesa salió de su casa a las cinco". Habrá que buscar, dice, nuevos caminos. El teatro parece ser el único horizonte que va a dejar Mendoza a sus seguidores.

La sospecha estaba ahí, en el mismo título de la novela: Una comedia ligera (Seíx Barral), la última de Eduardo Mendoza. Sospecha, de gato encerrado, de que no fuera tan ligera como la pinta. Es cierto que la obra está protagonizada por un comediógrafo de escaso peso intelectual y social, un tal Carlos Prullàs, autor de un delirante vodevil de muertos en el armario y tartajas apolillados titulado Arrivederci, pollo, durante cuyos ensayos transcurre la acción. Es cierto que la intriga policiaca se va liando progresivamente hasta un hilarante paroxismo no ajeno a Tom Sharpe. Es cierto también que te tronchas cada dos por trescon nombres de personajes tan bordados corno Marichuli Mercadal, una pija con ganas de marcha y sentimiento de culpa, o don Lorenzo Verdugones, un jerifalte franquista de bigotito fino que habla de "la ancha geografía española". Es cierto todo

ello, y mucho más: los guiños se suceden a ritmo vertiginoso, agarran al lector por el pescuezo en la página 1 y ya no lo sueltan hasta la 383.

Pero el resultado no es una comedia ligera, como subrepticiamente querría dar a entender el título -¡ah, los títulos...! A Mendoza le cuestan un calvario cada vez que ha de ponerlos, nunca los tiene claros hasta mucho después de concluir sus originales-, sino nada más y nada menos que la

conclusión de un ciclo, una trilogía que se inició con La verdad sobre el caso Savolta (1975), tuvo su culminación con La ciudad de los prodigios (1986) y entona su personal arrivederci, pollo con esta supuesta comedia ligera. "No volveré a hacer memoria de Barcelona, quiero dar carpetazo a este ciclo. Si volviera a escribir novela sé que tendría que hacerlo de otra manera. La novela posmoderna se ha acabado, para mí y para todo el mundo".

Atención, lectores de Mendoza. El escritor ha dicho textualmente "si volviera a escribir novela". Y lo ha dicho con profunda, inquietante determinación. Está cansado, es cierto. Ayer acababa de volver de Nueva York adonde

había huido para escapar de las tribulaciones de la promoción, y se sometía a una dura rueda de entrevistas. Aún llevaba el jet lag puesto, había dormido poco, Barajas a las siete de la mañana le había parecido un espectáculo salido de la más sórdida

posguerra ("estamos volviendo a la época del funcionario que rellena la quiniela y te hace callar diciéndote que los fallos son cosas del servicio"). Y debe de estar cansado, exhausto, también desde el punto de vista literario: el parto de esta supuesta comedia ligera ha sido largo: 10 años. En el ínterin, y con materiales de esa misma época que ya estaba utilizando, escribió El año del diluvio (Seix Barral, 1992). Pero es que la cosa no acaba ahí: al final de la novela, el co-

mediógrafo Prullàs se confiesa consciente de que ese verano, el de los ensayos de Arrivederci, pollo, ha sido el último de su juventud: sospecha, pues, de que este cansancio es más metafísico que el simple jet lag. Atención, lectores de Mendoza.

"Ese verano de la novela es el del 48, concretamente el mes de agosto del 48. Es un,momento de cambio cualitativo en la posguerra. En España algunos empiezan a vivir bien, a soñar con Hollywood. En la navidad de 1947, se estrenó Gilda, Franco dio su autorización, incluso intentó que viniera Rita Hayworth para impulsar Cinespaña, la canción Amado mío tuvo un éxito extraordinario. Es el momento en que la mujer empieza a perfilarse como algo terrible, una amenaza, un camino de pecado que encarnan actrices como Bette Davis y Olivia de Havilland. Todo esto se acabará en los sesenta. Pero yo aún recuerdo ese momento de incertidumbre: veraneaba de pequeño en El Masnou [cerca de Barcelona: como Prullàs en la novela] y las mujeres llevaban albornoz bajo los toldos de la playa".

"Los años cuarenta configuran una época tan lejana para nosotros como el siglo XVIII. Así como del momento entre las dos grandes exposiciones barcelonesas [1888-1929, el periodo narrado en La ciudad de los prodigios] hay una memoria muy viva de la ciudad, con el modernismo como gran referente simbólico y visual, de la posguerra apenas había nada. Bueno, es cierto que tenemos una literatura canónica de ese periodo:

la de los perdedores, la escrita por Marsé y rodada por Berlanga. Pero yo quería prescindir de es versión, o dar una versión complementaria: la de aquellos que, sin ser culpables de guerra, aceptaron confortablemente la situación. La Cataluña actual es en muy buen parte, más de lo que se dice, hija de esa aceptación".

"A finales de los cuarenta había empezado una cierta apertura. Se había hecho algo de teatro e catalán, algún Guimerá, el Orfeó Català ofrecía conciertos. En es momento se había ya escenificado incluso un Sartre, Huis clos [1943], que causó sensación y dio par cuatro o cinco números del semanario Destino. Luego vinieron Beckett, Ionesco, Tennessee Williams. Lo recuerdo bien porque tengo viva la imagen de mi padre diciendo: "Me estoy haciendo mayor, todo esto no lo entiendo". [En Una comedia ligera, Prullàs oye repetir que su Arrivederci, pollo está superada, lo

que viene ahora es La náusea, de Sartre -que, por cierto, no es una obra de teatro: licencia del escritor].

"La verdad es que el título Arrivederci, pollo me salió muy pronto y pensé que tenía que escribir una novela alrededor de él [la ironía y el nonsense que no cesen]. Hay títulos reales de ese momento buenísimos. Recuerdo uno de Antonio Paso que conseguí y envié a Manolo Vázquez Montalbán: Esos rojillos". "Pero, como decía,

toda esta recuperación de género está acabada, ya no dará más de sí. Si en un momento representó la renovación, ahora sería una pura continuación técnica, vacía de contenido. Esta época literaria está acabada. Por eso no pienso en una próxima novela: quiero dedicarme a pensar qué pasa, retirarme de la narración".

"Todo lo narrativo se ha vuelto frívolo. Este juicio no implica una consideración moral, sino simplemente literaria: lo que no plantee problemas importantes no es viable literariamente. Nosotros [su generación] tuvimos que reinstaurar el placer de la lectura y por eso hubo que recorrer a la narración, al diálogo, a la aventura. Eso ya se hizo, y se acabó. Ahora ya no puedo leer ni escribir: `La marquesa salió de su casa a las cinco".

"¿Que por qué? Puede que sea un problema mío, de edad, aunque no creo. Hoy interesan más la biografía, el ensayo, la filosofía. El éxito de El mundo de Sofía o de los libros de Umberto Eco va por ahí. La gente quiere leer para aprender cosas, quiere lectura de codos. Y si no llega a Vattimo o a Heidegger, se conforma con El mundo de Sofía. En definitiva: la novela de sofá está acabada".

"¿Salidas? Veo una en el teatro [en 1990 Mendoza estrenó para la escena Restauració, luego traducida al castellano]. El teatro está ganando terreno, las administraciones invierten en él de manera desmesurada: en Barcelona hay en marcha tres megaobras públicas: el Teatre Nacional, el nuevo Institut del Teatre y el nuevo Lliure. El diálogo de la intelligentsia ha cambiado de bar: ahora la gente ya no se reúne alrededor del libro de lectura. Hubo un momento en que ese papel lo asumió el cine, pero creo que ahora se ha transformado en mero espectáculo, comedia ligera, algo pasado de vueltas. La televisión ha sido un fracaso: en Estados Unidos tienes acceso a 70 canales libres y ya no ves nada, no puedes ver nada. La televisión es un muerto sin voluntad, un zombie: hablan señoras y señores, pero nadie les escucha, porque todos están haciendo zapping".

"En cambio, para ir al teatro hay que tomar una decisión, comprar las entradas, a veces con mucha antelación -en Nueva York esto es espectacular-. Creo que es muy importante que la obra

pase en el momento en que la ve el espectador, como un concierto [Mendoza frecuenta las temporadas musicales]. Es todo lo contrario a un partido de fútbol diferido, que no tiene ningún sentido. Escribir para la escena es gratificante

porque la obra va haciéndose, construyéndose mientras se ensaya. Tengo ya un par de obras teatrales escritas. Y no renuncio a completar Arrivederci, pollo".

Eduardo Mendoza se ha cansado de narrar, de novelar. Maragall anuncia que no se presentará a la alcaldía, Roca ha dejado la escena política. Y el Madrid ya es líder. Quizá haya empezado otro tipo de posguerra. Ya sólo cabe esperar que Arrivederci. pollo nos la haga más ligera.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de noviembre de 1996

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