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ELECCIONES EE UU 1996

La década de Bill Clinton

Los años noventa estarán siempre relacionados, para bien o para mal, con el presidente democrata

Cada década de este siglo en nuestra memoria instantánea está vinculada en Estados Unidos a la personalidad y la suerte de un presidente. Las décadas de los años treinta y cuarenta corresponden a Franklin Roosevelt; la de los cincuenta, a Dwight Einsehower; la de los sesenta, a John Kennedy -no importa que su mandato se redujera a 23 meses-; la década de los setenta está representada por Richard Nixon, y la de los ochenta, por Ronald Reagan. Los años noventa estarán siempre relacionados, para bien o para mal, con Bill Clinton.Incluir el nombre del ex gobernador de Arkansas entre esa media docena de figuras produce cierto vértigo si se mira desde el respeto que otorga la historia a los demás y si se juzga con ojos poco generosos lo que Clinton nos ha mostrado hasta ahora. Pero, sin la actitud reverencial que suelen suscitar los símbolos, máxime si están muertos, Bill Clinton puede ser considerado tan buen exponente de los noventa como sus antecesores lo fueron de las décadas pasadas. Y no porque los noventa sean peores. Al contrario, la América de Clinton es mejor que muchas anteriores o, por lo menos, tan dinámica, diversa y apasionante como la de las mejores épocas.

Prescindamos de los datos económicos conocidos, al fin y al cabo coyunturales y circunstanciales. Prescindamos también del debate político cotidiano, que siempre ofrece una visión algo distorsionada de la realidad que vive el país. Quedémosnos sólo con los síntomas que parecen mostrar más profundamente la cara de esta sociedad y encontraremos una nación saludable, en permanente estado de renovación, conservadora de sus valores y audaz ante lo innovador, algo menos poderosa, algo menos injusta, ligeramente más cerrada al exterior y más abierta y tolerante con la disidencia interna, tan orgullosa de sí misma como siempre, pero menos arrogante como en los últimos 100 años.

La América de Clinton es, por mencionar uno de los aspectos más claramente diferenciadores, un país práctico. No es que ese rasgo de Estados Unidos no hubiera surgido antes, sino que ahora se ha acentuado, se ha convertido en el carácter fundamental.

En las elecciones recientes, más que nunca, los norteamericanos han votado con el sentido práctico del reparto de poderes. Pero el martes pasado dejó en California un ejemplo aún mejor del pragmatismo actual: los electores se pronunciaron al mismo tiempo por la abolición de las leyes que ayudan con pequeños privilegios a las minorías y por la legalización de la marihuana para usos médicos. En ambos casos, los aspectos ideológicos -que seguramente hubieran dominado una discusión de ese tipo en Europa- quedaron al margen, y se impuso el instinto práctico de esta sociedad, que acepta una droga si sirve de algo y que rechaza una fórmula de justicia social que se ha demostrado que no sirve de mucho.

Al prescindir de la ideología, la década de los noventa no necesita de un líder, de un conductor. Requiere de un moderador, un guardia de tráfico que evite los excesos de algunos y garantice que el movimiento de la sociedd es fluido. Para eso se requiere una persona flexible, suficientemente humilde como para admitir que su misión no es imponer el rumbo, y suficientemente atractiva como para ganarse, al menos, la simpatía de los millones de descreídos. Qué duda cabe, esa persona es Bill Clinton. Clinton no es un líder, y por eso su inclusión en la lista junto a los cinco grandes presidentes del siglo suena chocante.

La América desideologizada de los noventa es más libre. Los norteamericanos de las últimas generaciones están menos apegados al dinero, odian la ostentación y han redescubierto el gusto por la vida sencilla. También tienen menos prejuicios raciales y sociales. Los jóvenes blancos de hoy, tras años de educación en lo políticamente correcto, se comunican más fácilmente con los negros, y éstos también están pujando por encontrar fórmulas diferentes al tradicional círculo de victimismo-revanchismo en el que se han movido.

Bill Clinton posee una característica, propia de su generación, que no concuerda con la década de los noventa: la ambición. Ése es su principal punto de desencuentro, y lo que le ha hecho aparecer como un personaje maniobrero y tramposo. Pero se le perdona porque tiene otras muchas condiciones apropiadas para las exigencias de la América contemporánea: su sencillez, su humanidad, incluso su debilidad. Clinton ha pasado media vida en conflicto con una mujer inteligente que demanda su propio espacio, como tantos norteamericanos de hoy; en conflicto con su pasado, con su origen, con sus ideas. Es un personaje contradictorio y confundido, como tantos norteamericanos de hoy.

La América de los noventa sufre de desorientación. Los estadounidenses acuden al trabajo cada mañana con serias dudas de que quieran convertir sus vidas en una carrera hacia el éxito profesional. Los jóvenes hacen estudios de vaga definición y tardan años en encontrar su vocación. Se refugian en el deporte y en la psiquiatría en busca de respuestas a sus dudas más íntimas. Pero esa desorientación tiene un lado creativo. Casi todo es motivo constante de reconsideración: su posición en el mundo, sus valores, el aborto, la eutanasia, la crisis de la sociedad del bienestar. Bill Clinton es el reflejo de todos los norteamericanos, plantados frente a esos problemas, sin saber muy bien qué hacer, buscando soluciones prácticas, satisfactorias para la media de la sociedad. La América de Clinton, como otras anteriores, sigue empeñada en su sagrada misión de dejar para las generaciones futuras una sociedad mejor que la que heredaron de sus antepasados. Ese objetivo se va convirtiendo, sin embargo, en una carga demasiado pesada para una nación que, poco a poco, está descendiendo a la categoría de mortal, se va haciendo más corriente, más humana, menos admirable. Como Bill Clinton.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 8 de noviembre de 1996