Editorial:Editorial
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Aliados en la Alianza

EL CONSENSO para la más plena participación de España en la nueva OTAN se está concretando sin dramatismos. La naturalidad del encuentro entre José María Aznar y Felipe González en el palacio de la Moncloa así lo refleja, demostrando que se pueden pactar algunos temas de Estado, aunque se esté en desacuerdo en otras cuestiones. Y así debé ser, para evitar repetir errores del pasado. España tiene muchos intereses nacionales e internacionales en juego en este proceso. Cuanto más sólida sea su cohesión interna, más fuerza tendrá para negociar.Las próximas conversaciones del presidente del Gobierno con otras fuerzas políticas deberían reforzar esta posición. Aunque habrá que contar con la segura excepción de IU -y algún representante del Grupo Mixto-, en su doble oposición a que se modifique el estatuto de España en la OTAN y a que este cambio se adopte sin mediar un nuevo referéndum, que siempre sería -según la Constitución- consultivo, pero que el consenso y la experiencia histórica hacen innecesario.

El propio González ha reconocido repetidas veces que el referéndum fue un error. Ahora bien, de ahí no cabe deducir que el modelo de participación elegido entonces, sin integración militar formal, estuviera equivocado. Con el cambio en Europa y en las misiones de la OTAN este modelo sí ha quedado agotado. Pero España se hubiera integrado con muchas dificultades en el esquema antiguo de mandos en que las cartas ya estaban repartidas entre los aliados de siempre. Cabe recordar, además, que el PP ganó las elecciones con un programa electoral en el que se comprometía a impulsar una "más estrecha vinculación con la OTAN", pero sin "revisar las modalidades de nuestra integración" en la Alianza.

Pero la situación ha variado. Pues aunque no cambie España, se transforma la OTAN en profundidad hacia una estructura más flexible, más europea y geográficamente más amplia. La negociación para la posición de España se desarrolla así a la vez que la negociación para la modificación de la Alianza. En esta tesitura, España tiene más oportunidades. Y no sólo porque esté mudando la OTAN en profundidad, sino porque ha cambiado España. España tiene hoy, gracias a su papel en la guerra del Golfo y a su participación en las operaciones de paz en la antigua Yugoslavia y otras zonas, una mayor fiabilidad internacional, de la que debe sacar provecho. Para consumo interno -un mando aliado en España facilitaría la integración real de los tres ejércitos-, pero también externo, con la proyección de una mayor ambición internacional, que a veces parece faltar. El tiempo no ha pasado, pues, en balde. Sin esta respetabilidad hubiera sido impensable para los aliados renunciar, por ejemplo, a controlar el mando sobre Gibraltar. Ahora, pese a las dificultades que se plantearán, tal posibilidad se puede ya contemplar.

El Gobierno debe mandar próximamente una comunicación al Parlamento para lograr un mandato de negociación, que por fuerza tiene que ser abierto, pues éste va a ser un proceso largo que -más allá de las decisiones generales en las reuniones ministeriales de diciembre y en la cumbre del año próximo- puede tardar bastantes meses más en concluirse. Es de esperar que el debate parlamentario sea enriquecedor, orientado más al futuro que al pasado, y que vaya algo más allá de la OTAN, con una visión general de la seguridad europea y de los intereses de España en ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0018, 18 de octubre de 1996.

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