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Tribuna:Relatos de verano

Mala índole(5)

Por Resumen de lo publicadoRoy, un joven español, forma parte del regimiento de colaboradores, ayudantes y consejeros del rodaje de Fun in Acapulco, una película de Elvis Presley. Una noche se van de juerga a México DF Elvis, Roy, Sherry, una joven actriz secundaria, Hank, el piloto de la avioneta, y McGraw, un magnate pueblerino y pelota, quien con su zafiedad prepotente provoca una pelea en un tugurio de mafiosos.

-¿Qué ha dicho? -Era el turno de Presley.

Me estaba cansando de aquel doble asedio cruzado. Miré a la bailona, como lo había llamado Romero, ya respiraba sin dificultades pero seguía atemorizado -brumosos los ojos chicos y psicopáticos-, tiraba de la cazadora de Hank para que nos fuéramos, Hank seguía haciéndole gestos con la cabeza ladeada a Presley, Sherry se encaminaba ya hacia la puerta, McGraw se apoyaba en ella, quizá abusaba. El gordo Julio se había recompuesto en su asiento, tras el esfuerzo la blancura le había vuelto como una máscara, atendía a la conversación partida con las manos cruzadas (lucía anillos), como quien no ha descartado entrar en acción de nuevo.

Antes de responder a Presley me pareció oportuno decirle yo algo a aquel Ricardo:

-Él no es quien usted cree. Es su doble, sabe, su sosias, para hacer las escenas de peligro en el cine, estamos rodando una película allí en Acapulco. Se llama Mike.

-El parecido es tan logrado -intervino Julio con sarcasmo- que le habrán hecho la cirugía estética a Mike, como a las presumidas. -Se pasó el pañuelo por la frente, a aquellas alturas un asco.

-¿Qué han dicho? -insistía Presley- ¿Qué han dicho?Me volví hacia él.-Son los dueños. Es mejor que nos marchemos.

-¿Y qué más? ¿Qué habláis de Mike? ¿Quién es Mike?

-Mike es usted, les he dicho que se llama así, que usted es el doble de usted y no usted, pero creo que no se lo creen.

-¿Y qué han dicho de George? Has dicho que lo han insultado. Dime qué han dicho esos tipos de George, no pueden decir lo que quieran.El último comentario fue una ingenuidad norteamericana. Y aquí vino mi parte de culpa, Presley y yo la tuvimos sólo en segunda instancia, McGraw sin duda en primera, puede que yo sólo en tercera. Cómo podía explicarle en aquel momento al señor Presley que aquellos tipos estaban, empleando el femenino para referirse a McGraw, la nena vieja, pesada, bailona, en inglés no existen géneros y no iba a dar una lección en aquella pista. Miré otra vez a la nena vieja y bailona -tengo su edad de entonces-, sonreía débilmente, se iba alejando cobarde, empezaba a sentirse fuera de riesgo, tiraba de Hank, Hank tiraba un poco de Presley ("Vámonos, Elvis, déjalo"), de mí no tiraba nadie. Señalé con la cabeza a César Gilbert.

-Bueno, él ha dicho que el señor McGraw es una maricona gorda -dije. Claro está que no dije eso, sino en inglés su equivalente, en la medida de lo posible. No pude evitar resumir así y no pude evitarlo, deseaba que el dueño del Herald lo escuchara y no pudiera mostrarse despótico pese a ello ni castigar a nadie ni hacer nada sino tragarse el insulto. Y quería que los demás lo oyeran, una niñería.

No conté con la puntillosidad de Presley y por un instante olvidé al espectro. Habíamos bebido tequila todos. El señor Presley levantó un dedo, me apuntó con él teatralmente y me dijo:

-Le vas a decir esto palabra por palabra al bigote, Roy, no te dejes ni una sílaba. Dile esto: Usted es un matón y un cerdo, y la única maricona gorda es su amiguita del pañuelo. -Así dijo en inglés, con la boca torcida que se le ponía a menudo y que hacía desconfiar de él a las madres de sus fans más ¡óvenes. Eran unos insultos un tanto escolares, nada de cabrón o hijo de puta, esas palabras tenían más peso en los años sesenta. Para "maricona gorda" empleó el equivalente aproximado que yo había sugerido, el femenino último fue literal, porque dijo "girl-friend", que también puede ser "novia", y no "friend" a secas. Hizo una pausa mínima y con el dedo siempre en alto añadió: -Díselo.

Y yo se lo dije a Ricardo César, le dije en español (pero con titubeos):

-Usted es un matón y un cerdo, y la única maricona gorda es su amiguita del pañuelo. -En español sí dije "maricona gorda" tal cual, y nada más soltarlas me di cuenta de que era la primera vez que esas palabras concretas se pronunciaban allí realmente, aunque no eran mucho más ofensivas que "bailona" o "nena vieja".

Presley continuó:

-Dile esto también: Ahora nos vamos porque queremos y porque este lugar apesta, y espero que se lo quemen pronto con todos ustedes dentro. Díselo, Roy.

Y yo repetí en español (pero en tono menos hiriente que el suyo y en voz más baja):

-Ahora nos vamos porque queremos y porque este lugar apesta, y espero que se lo quemen pronto con todos ustedes dentro.

Vi cómo a Gilbert Ricardo le temblaron los bíceps como gelatina y se le retrajo una esquina del bigote, vi que el gordo Julio abría con aspaviento fingido una boca de pez y se acariciaba los anillos como si fueran un arma, vi que uno de los dos matones de la mesa se apartaba sin recato el faldón de la chaqueta y exhibía una culata en su funda como un villista de estampa. Pero Ricardo Romero volvió a extender la mano horizontal, otra vez como si indicara: "Cinco", y eso no era tranquilizador del todo porque nosotros éramos cinco. Luego, con la misma mano, hizo una leve señal hacia mí con el índice hacia arriba, como si sostuviera una pistola y el pulgar fuera el seguro levantado. Sherry ya estaba en la puerta, también McGraw apretándose el riñón dañado, Hank tiraba de Presley con una mano y la otra se la metió en el bolsillo y la mantuvo allí como si agarrara algo, de mí ya he dicho que nadie tiraba.

Presley se dio media vuelta en cuanto vio que yo lo había traducido todo y en dos zancadas estuvo con los demás en la puerta, la mano en la cazadora de Hank tenía un sentido inequívoco, también para los mexicanos, seguro. Yo los seguí, la puerta ya abierta, iba rezagado, todos iban hacia el exterior avivando el paso, ya estaban fuera, yo iba a salir tras ellos pero entonces el hombre de goma se entremetió entre el señor Presley y yo, me puso la espalda delante, era más alto y eso me hizo perder de vista a los demás un segundo, el hombre de goma salió también y en cambio entró el portero que vigilaba la calle y cerró la puerta antes de que yo pudiera atravesarla. Se colocó delante y me impedía el paso.

-Tú, gachupín, te quedas.

Nunca creí que fuera cierto que a los españoles nos llamasen de este modo en México, como tampoco aquello otro que nos contaban de niños, que si en México pedíamos "Una copita de ojén" al ritmo de siete golpes en el mostrador de una cantina -o incluso si dábamos los siete golpes rítmicos sin decir nada-, nos dispararían sin mediar más palabra porque aquello era un agravio. En aquel momento no se me ocurrió averiguarlo, tampoco tenía ganas ni de ojén ni nada.

Esta vez no me lo llamó Gilbert Montalbán sino Julio, y el gordo me parecía más iracundo y descontrolado, lo había visto anudando.

-Pero mis amigos ya se marchan -dije volviéndome-, tengo que irme con ellos. No hablan español, ya han visto.

-No te preocupes por eso. Pacheco los acompañará hasta el hotel, llegarán sanos y salvos. Por aquí no volverán, eso es seguro.

-Volverán por mí si no me dejan salir -respondí a la vez que miraba de reojo hacia atrás, la puerta no se abría.

-No, no van a volver, no sabrían -dijo ahora César Roland- Ni siquiera tú sabrías volver acá si salieras. Seguro que ni te fijaste la calle que estamos, se alejaron ustedes un poquito del centro sin darse cuenta, les pasa a muchos. Pero no vas a salir, nos tienes que acompañar más esta noche, es temprano, contamos cosas de la Madre Patria y a lo mejor volver a insultarnos, para que te oigamos más el acento.

Esto ya no me gustó nada.

-Mire -dije-, yo no los he insultado. Fue Mike, me dijo que les dijera y yo sólo traduje.

-Ah, no más tradujiste -intervino el gordo-. Lástima que nosotros no sepamos si fue así, el inglés no lo entendemos. Lo que ha dicho ese Elvis no lo hemos entendido nosotros, pero a ti sí, hablas muy claro, un poco golpeadito como todos allá en España, pero te oímos muy bien, vaya si te escuchamos. A él en cambio no, a tu patrón no pudimos, él hablaba en inglés, verdad, nosotros no lo hemos aprendido, tenemos pocos estudios. ¿Tú lo entendiste lo que dijo el gringo, Ricardo? -le preguntó a Gilbert o César, que en efecto se llamaba Ricardo.

-No, yo no lo entendí tampoco, Julito. Pero al gachupín sí, lo entendimos muy bien todos, ¿verdad muchachos?

Los muchachos y las muchachas no respondían nunca, parecían saber que su concurso en estas ocasiones era meramente retórico.

Volví la cabeza otra vez hacia la puerta, allí seguía el portero grande, casi tanto como Hank de grande, me indicó con la barbilla que me fuera hacia el interior del antro, "Oh Elvis, ahora sí me has robado mi juventud", pensé. Habrían intentado volver a entrar al ver que yo no salía, Pacheco no los dejaría, los habría encañonado acaso. Pero Hank llevaba pistola y en la calle eran tres contra uno sin contar a Sherry, por qué no regresaban por mí, no perdía aún la esperanza, la perdí un instante después, cuando vi que el villista de la culata visible abandonaba la mesa y venía hacia mí, pero sólo para pasar de largo y seguir hasta la calle, el portero le franqueó el paso y cerró de nuevo en seguida, me plantó una mano en el hombro mientras abría, una mano pesada como un filete que me inmovilizaba. Tal vez el matón iba a ayudar a Pacheco el de goma, tal vez no iban a acompañar a los míos a ningún hotel -no había hotel, sólo avión- sino a ajustarles las cuentas como a mí los otros, sólo que fuera del local a ellos, dar el paseo se llama.

No sabía qué preferir, si que estuvieran impidiéndoles rescatarme o que me hubieran dejado en la estacada. Rescatarme. El único que podía sentirse obligado era el señor Presley, y aún: habíamos coincidido unos días, yo como asalariado o peón, eso era todo, y al fin y al cabo yo hablaba la lengua de allí y sabría manejarme; Hank no parecía mal tipo para abandonar a nadie, pero su principal deber era velar por el señor Presley y hacerlo regresar ileso tras aquel mal encuentro, lo demás era secundario, ya me buscarían más tarde, cuando el Rey estuviera lejos y libre de todo riesgo, qué ruina si le sucedía algo, para tantos. Yo en cambio no arruinaba a nadie. En cuanto a McGraw y la chica McGraw me habría dejado allí hasta el fin del infierno y no sería para reprochárselo, yo no había movido un dedo mientras lo estrangulaban en una pista a los sones de una rumba. La música empezó a sonar de nuevo, se había interrumpido con el altercado de grupo, no con la muerte que pareció llegada. Recibí un empujón en la espalda -aquel filete tan crudo- y caminé hasta la mesa de Ricardo, me había instado a sentarme señalando con la mano el asiento vacío desocupado por el matón villista. Lo hizo con ademán amigable, llevaba al cuello un pañuelo granate muy pulcro y bien colocado, sólo me queda tratar dee hacerme perdonar las palabras que no eran mías pero habían estado en mis labios o sólo a través de ellos se habían hecho reales, era yo quien las había revelado o descifrado, era increíble aquello, cómo se me podía culpar de lo que no procedía de mi cabeza ni de mi voluntad ni mi ánimo. Pero había salido de mi lengua, lo había posibilitado mi lengua, desde ella lo habían captado y de no haberlo traducido aquellos hombres se habrían quedado sólo con el tono de Presley, y los tonos carecen de significado, aunque los representen o imiten, o los insinúen. No se mata por los tonos. Yo había sido el mensajero, el intermediario, el verdadero emisor, el intérprete, a mí me habían entendido y quizá no querían problemas graves con alguien tan importante y famoso como el señor Presley, hasta el FBI habría cruzado la frontera para cazarlos si le hubieran hecho un rasguño, los mafiosos pequeños saben antes que nada con quién pueden meterse y con quién no pueden, a quién pueden escarmentar y a quién hacer sangre, como lo saben los capataces y los empresarios.

Los acompañé aquella noche eterna, a todo el grupo, las mujeres y los hombres, fuimos a un montón de locales, nos sentábamos en tomo a una mesa y veíamos unos bailes o una canción o un strip-tease, nos íbamos luego a otro. No sé dónde estuve, cada desplazamiento lo hacíamos en varios coches, yo no conocía la ciudad apenas, miraba los rótulos de algunas calles o plazas, se me quedaron algunos nombres y no he vuelto a Ciudad de México, sé que no regresaré a ese sitio pese a que Ricardo rondará ahora los setenta años y el gordo Julio está muerto desde hace siglos. (Los matones no habrán durado, es gente de vida desperdigada y breve.) Doctor Lucio, Plaza Morelia, Doctor Lavista, se me grabaron esos pocos nombres. Me asignaron -o fue elección suya- la compañía del gordo durante la velada, era él quien me daba más charla a ratos y me preguntaba de dónde era y por Madrid al decírselo, cómo me llamaba y qué hacía en América, por mi vida y mi corta historia que quizá empezó entonces, tal vez necesitaba saber a quién iba a matar aquella noche más tarde.Continuará

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de agosto de 1996