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Tribuna:

La obscenidad del poder

Al comparecer voluntariamente ante las cámaras de Televisión Española para hacer un balance de su primer mes como presidente, José María Aznar ha roto con valentía las normas implícitas de cien días de paz y ha legitimado las críticas a la acción de gobierno sin esperar al periodo de gracia.Por ejemplo, las que se derivan de la obscenidad del poder. Durante una década la caverna escribió -y los populares lo aplaudieron, estimularon y proporcionaron, información- sobre los sobresueldos de los altos cargos (de secretario de Estado hacia abajo) a través de la participación en los consejos de administración de las empresas públicas. Pues bien, lo primero que han hecho los conservadores ha sido desalojar a los antiguos consejeros socialistas y colocarse ellos: Telefónica, Repsol, Hipotecario, Tabacalera, Argentaria, Endesa, Instituto de Crédito Oficial (pero también las empresas públicas medianas o pequeñas, que empiezan a recibir las recomendaciones para introducir a determinadas personas en sus órganos) han cambiado, o están a punto de hacerlo, sus consejos. Así, por ejemplo, una persona tan conocedora del mundo de la energía como el secretario de Estado de Comunicación ("Soy la cabeza que debe coordinar la telecomunicación y la información", declaraba el viernes a EL PAÍS) es ya consejero de Repsol.

Los altos funcionarios, para ser eficaces y honrados, deben estar bien pagados. Y si no es posible lograrlo incrementando sus salarios directos debido a la austeridad presupuestaria, un camino -quizá no el más adecuado para profesionalizar los consejos- es el escogido. Pero antes, los militantes del PP que se han acogido a esta vía de reinserción salarial deben arrodillarse -como ha aconsejado a otros Pedro Schwartz- y pedir perdón público por su demagogia pasada.

Lo preocupante es que esta obscenidad deje de ser anecdótica y tienda a convertirse en categoría. Los intentos de desalojar a Jaime Terceiro de la presidencia de Cajamadrid, por motivos distintos a los estrictamente económicos, y sustituirlo por un buen técnico pero cuya mayor referencia pública es ser amigo de Aznar, han causado inseguridad jurídica en los ambientes especializados. La Comunidad de Madrid (y la Caja como su principal instrumento financiero) aún no está suficientemente vertebrada, por lo que la analogía que hace uno de los principales banqueros de este país es válida: ¿puede imaginarse el escándalo que se montaría si Pujol pretendiese desmontar a Vilarasau de La Caixa y cambiarlo por un amigo suyo inspector de Hacienda en excedencia?

La leyenda dice que en la carta por la que se forzó el cese de Francisco Luzón como presidente de Argentaria, y que ha sido incorporada al acta del Consejo de Administración de la entidad financiera, se admite que su alejamiento no se ha debido a la mala gestión, sino al deseo de cambiar las cabezas de todas las empresas públicas. Idéntica carta, firmada por el subsecretario de Economía, ha recibido el hasta ahora presidente de Telefónica. Es decir, se sustituye gestión por confianza en los criterios de elección de los gestores públicos. ¿Qué van a opinar de estos cambios, o del de Óscar Fanjul en Repsol, los celebérrimos mercados que abominan de las motivaciones políticas? La publicidad de estas misivas en el momento de la privatización futura de estas empresas puede convertirlas en cartas bomba para los inversores internacionales. Y si esto es así, ¿no se puede interpretar como otra motivación política de sentido contrario el mantenimiento de Feliciano Fuster al frente de Endesa? ¿Por qué esta excepción?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de junio de 1996