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Tribuna:LA VUELTA DE LA ESQUINA

La colza nostra

Llevan años dando la matraca, enronqueciendo pitos y laringes, en una, al parecer, inútil llamada a los maitines de la equidad. Son los damnificados del aceite de colza, que ya van por la segunda generación y llegarán a ser más los descendientes que los que fueron protagonistas. Para el viandante de la calle Génova y sus vecinos, han sido espectáculo habitual incorporado al paisaje de la zona. Llegaban a la hora de oficina, desplegando, minuciosamente, las pancartas para representar lo que algún escenógrafo delirante llamaría "la voz del pueblo" cerca de una de las plazas más hermosas de Madrid, que se llama plaza de París: al fondo, un bello edificio llamado -no se sabe bien por qué- Palacio de Justicia. Es un gentío doliente, a ratos iracundo, cuyo furor gratuito pronto se queda en eco de sí mismo.Están convertidos, asimilados, al entorno urbano ordinario, arremolinados ante la Audiencia Nacional, escoltados por guardias aburridos que los contienen entre barreras portátiles amarillas como la flor de la retama y la bandera que denuncia el rigor, siempre demorado, de la cuarentena. Es de patetismo añadido la condena impuesta por la despiadada morosidad de una justicia, que, además de ciega, por las trazas, parece sorda al estrépito de la víctimas.

Ninguna duda cabe acerca del delictuoso e infame comercio del aceite adulterado., añadida la impunidad al crimen y, a ambos, la acorchada indiferencia social. Encontré en la Historia de Madrid, que escribió José Amador de los Ríos, un escalofriante precedente de tiempos de más angustiosa ejemplaridad. Cuando, a finales del siglo XVI "comenzó a picar la peste de la Villa... la sensatez del pueblo madrileño y las rigurosas medidas del conde de Míranda...", conjuraron el terrorífico azote.

Había ya -siempre los hubo- quienes pretendieron sacar provecho de la aflicción ajena. El mentado conde mandó ahorcar a dos o tres sepultureros, porque hurtaban la ropa de los apestados, que se mandaba quemar, y la vendían. Hoy, medida tan drástica sería mal vista (siempre que no se hiciera un referéndum entre los damnificados, supongo). Los desventurados de la colza renuevan su demanda de equidad, con el fatalismo de quien va a una oficina ingrata, pretendiendo, con el fragor de la cacerolada, la estridencia del abucheo y el coro de las voces, que un rumor llegue hasta las covachuelas judiciales, resguardadas por muchas paredes. Enfrente, el quiosquero de prensa, el vendedor de la ONCE en su garita, los albañiles de alguna obra restauradora y los sufridos e impávidos guardias, soportan, de lunes a viernes -exceptuando los puentes, por supuesto- el estruendo de los que, por esta vía sonora, pretenden hacerse oír. Quizá la sola compensación, compartida con los sufridos reporteros y fotógrafos, sea ver, de cerca, a gente famosa, a los grandes capitostes del país, cuando son llamados por Garzón, Moreiras o Bueren, aunque les privan del lícito consuelo de salir, ellos también, en la tele y no como inculpados. ¡Menos da una piedra!

Hace un tiempo que dejaron de acudir a la cita estéril, quizás tras alguna tregua que congele las desesperadas ilusiones; o un bien ganado asueto, para volver con reciclados bríos. Más el bullicio no ha cesado; parece haberle tomado ley al barrio. Desde la plaza de Colón, en días despejados, se percibe semejante zarabanda, aunque, de aventurados calle arriba, queda claro que la escandalera cruzó la calzada, instalándose, en ocasiones, bajo la sede de un partido político, amenizado con una serenata diferente. Por causas parecidas, e ignotas, a las que orientan y desorientan a la movida madrileña, las protestas fluyen y pasan de un sitio a otro, para mayor gloria de la floreciente industria del silbato.

En algunos aspectos, vuelve a ser nuestra Villa, la Corte de los Milagros, romería de hambrientos y tullidos, imaginería de hombres y mujeres, genuflexos en las aceras, impetrando, con ahínco, unas monedas, doblada la esquina de la propia estimación. Da la impresión de que este pueblo ha dejado de ser misericordioso, si lo fue algún día. Incluso los que, sobre el escabel imaginativo de ganarse el sustento de supervivencia, vendiendo un periódico marginal, ante el esbozado gesto negativo, recurren a una última y no atendida instancia: "Déme para un bocadillo".

No seamos, empero, derrotistas. Ante el deplorable espectáculo de algunas calles durante el día, y otras, vencido al anochecer, celebramos estar aún muy lejos de Calcuta, de los suburbios colombianos o del tan publicitario Bronx, neoyorquino. El número de personas que regresan vivas a sus casas, cada día, es consoladoramente mayoritario. ¡Aleluya!

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de noviembre de 1995