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Tribuna:

Liderando el pasado

El triunfo socialista de 1982 fue ante todo el triunfo de un gran proyecto de futuro que recogía al tiempo viejísimas aspiraciones de la sociedad española. Pues si el proyecto hundía sus raíces, en toda la ilustración española, su sentido era claramente de futuro: asentar e institucionalizar la democracia, modernizar la sociedad, la economía y el Estado, incorporar a España a la sociedad de naciones, "poner España en marcha", hacer que 'funcione". "Por el cambio", es decir, rompiendo con el pasado y mirando al futuro. Y para ello el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) encontró el apoyo no sólo de los obreros, sino de la clase media ilustrada de las ciudades: profesionales, cuadros medios y superiores. Ella fue el principal sustento del triunfo socialista, mientras el campo y los más ancianos votaban a UCD.. Es evidente que mucho de eso se ha hecho, de modo que, más allá de las, (muy merecidas) horas bajas que vive Felipe González y su partido, la historia reequilibrará la imagen del periodo socialista. Pero ya en las elecciones de 1989 se vio el deslizamiento del PSOE de la ciudad al campo y de los jóvenes a los mayores, al tiempo que perdía soporte entre los intelectuales, los estudiantes y los profesionales, algo que se hizo patente en 1993. Y así, descolgado de su base electoral natural, se ha ido transformando en una máquina política ciega al entorno, reproduciendo hacia adentro el progresivo aislamiento de sus líderes. Pues si algo llama la atención en la situación actual es la blandura burocrática del socialismo español, de lo que son prueba palpable tres datos que traigo a colación.

El primero es la desaparición por consunción del llamado en su momento sector renovador, esperanza del cambio, de la limpieza, la transparencia y la defensa del espíritu democrático frente al blanquismo guerrista. Atrapado en sus contradicciones hoy encontramos a uno de los líderes de los renovadores procesado por el caso GAL y a otro declarando que "los fondos reservados están para cometer delitos" y que los jueces no deben meterse con los políticos. De modo que los críticos actuales son los guerristas de antaño y los renovadores se nos han hecho guerristas de Felipe.

El segundo, el cierre de lealtades del PSOE sobre sí mismo con evidente desprecio de la lealtad institucional. Desde luego, el socialismo (como toda la izquierda) desarrolló' su cultura organizacional durante el franquismo, basada por tanto en la regla de, que el partido es bueno y lo exterior malo. Por supuesto, toda organización política exige una notable dosis de lealtad o, si se prefiere, de particularismo grupal. Lo que no se sostiene es la defensa ciega de militantes judicialmente procesados a costa de la lealtad a las instituciones. La primera lealtad de: un partido político democrático es hacia las instituciones. democráticas, y el PSOE hace tiempo que traspasé ese rubicón. La concesión o no del suplicatorio a Barrionuevo es el test definitivo para saber si el grupo parlamentario pone también su lealtad constitucional por encima o no de su perversa lealtad grupal.

El tercero es el más pernicioso: el total abandono de la propia personalidad política en aras de las opiniones o manías del líder. Basta con que Felipe sugiera que Corcuera es malo para que, todos a una, lo crucifiquen; basta con que Felipe sugiera que es bueno para que, los mismos, todos a una, cambien de opinión. El partido carece de la más mínima autocrítica interna; no sólo es incapaz de decidir si Felipe debe o no presentarse a la reelección, ni siquiera es capaz de exigir al presidente que lo decida él mismo de una vez, y tiene que ser el. anciano Rubial quien alce la voz ante el silencio (¿temeroso?, ¿cómplice?, ¿adulador?) de todos los demás.,

Pero, ¿qué puede quedar del respeto a la democracia externa si se pierde la interna? De modo que hoy el PSOE se encuentra escindido entre su imagen democrática y su realidad cesarista, liderando el culto a la personalidad y la lealtad partidista, liderando las fuerzas del pasado y huyendo del futuro, en la más avanzada de las retaguardias.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de noviembre de 1995