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Tribuna:

El cóctel González.

Como cualquier iglesia, nación o club de fútbol, Europa no se edifica sólo con números y estrategias. Requiere un imaginario mítico, esculpido de tradiciones, imágenes y guiños. Hasta de santos: San Schuman, llaman en Bruselas a uno de los padres funcdadores. Hasta hoy, el nombre de España se ha venido asociando, en este magma a la vez real y virtual, a tres datos, sus tres principales contribuciones a la construcción europea: la dimensión mediterránea, la ciudadanía y la cohesión regional y social.Desde la recién concluida cumbre de Formentor, la identidad comunitaria lleva otra muesca española: la reflexión. Un hecho más que sorprendente para un país cuya vida política interna se desteje entre irreflexivos exabruptos, sentencias de la calle y juicios de intención. Pero ésta es la realidad, al menos para los socios: la primera cumbre de líderes destinada sólo a pensar en común y a debatir -cortésmente, pero a calzón quitado y con barra libre- lleva la marca de la presidencia semestral y de Felipe González, aunque fuera sugerida en Essen por el canciller Helmut Kohl. Como la lleva el Grupo de Reflexión presidido por Carlos Westendorp que comadronea la reforma de Maastricht.

Al igual que el sistema monetario supura la memoria de Valéry Giscard y Helmut Schmidt o que cualquier refundación constitucional debe pasar por Roma, toda génesis intelectual -aun modesta- de proyectos de ordenación de calendario, lluvias de ideas y recuperación del impulso integra dor llevará el olor a ese pino cantado por Costa i Llobera en el noroeste de Mallorca. Todos los ejecutivos, por una vez pensantes, le dijeron a González que muy bien y que hay que "repetir Formentor". Incluso semestralmente: inyección de calor exterior para un presidente fríamente desahuciado en el ámbito interno.

El balance material y contable sabe a poco. No se buscó, reiteraban todos. Quizá por eso González se limitó casi exclusivamente a patronear su oficio de anfitrión. Hasta lo exagerado, destacando sólo el mínimo común denominador (lo que los Quince buscaban), para recomponer, siquiera con débil pegamento, las enormes fallas actuales de la Unión: mónetaria, nuclear, financiera. Sólo se permitió un tímido aldabonazo para el empleo: Acompañándolo de la seguridad interna, esa criminalidad organizada que. tanto inquieta al canciller. Un capote al país y al líder-patrón.Esta tímida prudencia, un poco desesperante y nefastamente explicada -ese cenizo "hemos decidido no decidir nada", que lanzó el presidente del Gobierno- ocultaba. seguramente un cálculo. Si Formentor hubiera fracasado, por exceso de protagonismo del administrador de la cancha, o por demasiada ambición en un experimento con carácter de prueba inicial, toda la presidencia, española hubiera quedado arruinada. Si, al contrario, el invento funcionaba, no allegaría muchas medallas, pero sí una acumulación de potencialidades de cara a las citas decisivas del semestre: la Conferencia Euromediterránea de Barcelona y el Consejo Europeo de Madrid. Eso es lo que ha sucedido.

El decenio. de diplomacia española intracomunitaria es un cóctel con nueve partes de discreción, trabajo de carbonero, bastidores. Y una de subida a la red: el Fondo de Cohesión (cumbre de Edimburgo), el paquete financiero para el Mediterráneo (cumbre de Cannes). Son las primeras nueve partes las que hacen posible la décima. Una mezcla adecuada a la dimensión y peso específico del país, que el barman González domina al milímetro. Los españoles añoran a veces más marcha. Pero cuando hasta los países locomotora -Alemania y Francia- ofrecen síntomas de arritmia, nuclear o monetaria, hay que celebrar, al menos, no caer en el ridículo. Y esperar con los dedos cruza dos que cuando se traspase el negocio hostelero no nos sirvan un vino peleón.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 25 de septiembre de 1995