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FESTIVAL DE AVIÑÓN 1995

"¡Pina, Pina, Pina!", grita puesto en pie el público de la Cour d'Honneur

Hacía 12 años que Pina Bausch no acudía a Aviñón. La última vez que estuvo presente en el festival, en ese mismo escenario de la Cour d'Honneur, fue en 1983, con dos de sus coreografías: Nelken y Walzer. No fue la revelación del festival -lo había sido ya dos años antes, en el Teatro Municipal, con Kontakhof y 1980-, pero el suyo sí fue saludado como el gran espectáculo, el acontecimiento de aquel año, por un público apasionado y dividido: mientras unos, los más, lanzaban flores a Pina, los otros la llenaban de insultos. Ahora, Pina -"¡Pina, Pina, Pina!", gritaba el público que abarrotaba la Cour (última función el lunes; no hay butacas), al tiempo que aplaudía a rabiar, puesto en pie- ha vuelto como lo que es, como lo que ya nadie le discute: un monstruo sagrado, uno de los coreógrafos, de los artistas más grandes de la segunda mitad de este siglo.Pina Bausch ha vuelto a Aviñón con Café Müller (1978) y Le sacre du printemps (1975). Café Müller, que ocupaba la primera parte del espectáculo, es una pequeña obra maestra sobre la incomunicabilidad, la imposibilidad de amar, en un mundo desesperanzado, cuyo único horizonte es la muerte, una muerte de perro. Se trata de una obra en gran medida autobiográfica, en la que Pina recrea el restaurante que su padre tenía en la población renana de Solingen, donde la pequeña Filipina (Pina) solía bailar entre las mesas y las sillas, esas mismas mesas y sillas que ahora invaden el escenario de la Cour d'Honneur y con las que tropieza el cuerpo rígido, los brazos extendidos de ese fantasma ciego, vestido con un camisón blanco que le llega a los tobillos (Pina), cuando no permanece presa, como una falena, dando vueltas y más vueltas en una puerta giratoria.

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Café Müller reúne, en esta ocasión, cuatro de los seis artistas que lo estrenaron en 1978 en Wuppertal: Malou Airaudo, Dominique Mercy, Jan Minarik y Pina Bausch (falta, además del desaparecido Rolf Borzik, el cual a su vez era el escenógrafo de Tariztheater de Wuppertal, Meryl Tankard, que es sustituida por Nazareth Panadero). Se trata, pues, de un espectáculo en cierto modo único, irrepetible, y posiblemente sea esta la última o una de las últimas ocasiones en las que podamos ver bailar en un escenario a Pina Bausch (Café Müller es, de sus coreografías, la única en la que ella participa, baila).

Sorprendentemente, la acogida que el público de la première aviñonesa dispensó a Café Müller fue más bien fría. La dureza de la coreografía, la ausencia de cualquier tipo de concesión, su falta de piedad, unidas a los largos silencios que se alternaban con la música de Purcell, debieron de influir en la reacción del público. Reacción injusta, pero con una parte de razón: Café Müller pide un espacio más recoleto que la Cour d'Honneur.

El milagro explicado

La segunda parte -Le sacre du printemps- resultó mucho más agradecida para el público. La música de Stravinski, los 32 bailarines -16 mujeres y 16 hombres-, la coreografía espectacular siguiendo fielmente la música, algo insólito en los trabajos de Pina; la atmósfera sombría, con la muerte siempre presente; el contexto tribal, la lucha primaria, bestial entre machos y hembras, y el arte asombroso de la bailarina brasileña Ruth Amarante en el personaje de la hembra, repudiada por sus hermanas ante su negativa de someterse al macho, y que terminará por conducirla a la muerte, obraron el milagro.

Con Le sacre, el cual, a diferencia de Café Müller, sí llenaba el escenario de la Coeur, dando razón de su riesgo y de su grandeza, el público se rindió ante el genio y la sensibilidad de Pina Bausch. Con Le sacre, la Cour recobró una gran parte de aquella magia que suele arroparla en las noches de gala.

Pese al éxito de Pina, éxito parcial pero contundente, el festival comienza con comentarios adversos por parte de ciertos medios periodísticos. Se le reprocha a su director, Faivre d'Arcier, la falta de imaginación, el escudarse tras un festival de repertorio, sin creaciones, sin estrenos,,. viviendo la magia del pasado. El se defiende diciendo que no hay dinero, que no puede competir con los grandes festivales, con los ricos festivales, como Viena o Amsterdam. A ello hay que añadir el relevo en la alcaldía de Aviñón: cayó el alcalde socialista para dejar el cargo a una mujer, Marie José Roig, de origen catalán, del RPR.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de julio de 1995