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Tribuna:

Por si acaso

Francisco Tomás y Valiente es catedrático de la UAM, ex presidente del Tribunal Constitucional.

Yo también quisiera, como Manuel Vicent, morir sentado en una mecedora blanca frente al Mediterráneo, mirando sin pestañear la línea del horizonte. En mi viaje a La Habana, menos reciente que el suyo, no encontré ningún brujo caracolero que me formulara tan grato vaticinio, pero lo suscribo y me lo apropio. Incluso lo completo por mi cuenta añadiendo que me gustaría retrasar el evento varios decenios: los que el cuerpo aguante con lucidez. En esto debo confesar que he cambiado. Hace 20 años llegué a hacerme la ilusión de no morirme nunca. El general no se moría ningún día, ninguna madrugada, y pensé que si él no, quizá yo tampoco. Pero sí. En su defecto me apunto a la fórmula e mi paisano (paisano: que es del mismo país, en este caso el valenciano-castellonense-alicantino-mediterráneo).Pero no estoy seguro de que los ángeles de Rilke o las gaviotas de nuestro mar me concedan así como así mi propia muerte. Son demasiados siglos de experiencia, ciertamente in córpore alieno, para no sentir el gusano de la duda. A veces es muy difícil morir. Hay hombres que se mueren a trozos, en pedazos, sin dignidad, dejando a los vivos un recuerdo último y cruel que falsea, como diría Machín, "toda una vida". Hemos de aceptar, querido paisano, la Posibilidad de que el brujo claracolero, si nadie le ayuda, se equivoque.

En previsión de tales errores y desgracias, cuatro amigos, cuatro juristas, hemos enviado al ministro de Justicia, también él jurista y amigo, una petición de enmienda al texto del artículo 143 del proyecto de Código Penal para que, mejorando su redacción actual, que ya va por ahí, reconozca validez a las peticiones expresas, serias e inequívocas de ciertos enfermos, de modo tal que sirvan para eximir de responsabilidad penal a quienes, atendiendo aquellas peticiones, causen o cooperen activamente en la muerte del enfermo. Esta carta y la petición de enmienda la íbamos a firmar cinco y no sólo cuatro personas. El quinto amigo se fue antes de tiempo. Se anticipó sin avisarle la dama negra.

Así es la vida. Hay que vivirla entre ilusiones improbables y artículos del Código Penal, entre brujos y jueces, sueños y leyes. Es verdad, como hace algún tiempo escribió Marco Aurelio, que "eres ya un moribundo", frase que me gusta citar porque está escrita en segunda persona del singular, no en primera, y parece dirigida a un desconocido interlocutor universal, que siempre lo ha sido. Pero también es cierto que en determinadas situaciones esa condición -la de moribundo- se agrava, amenaza con perpetuarse y puede ser tan dolorosa como para no permitir que se goce ya del regalo de la vida: del dulce sol de otoño junto al Mediterráneo, del saludo de un amigo, de la compañía de tu mujer y tus hijos, del concierto para clarinete de Mozart, de la relectura de un libro.

Es humano tomar decisiones y es racional que algunas de ellas afecten a la propia vida, incluido su final. En un Estado democrático como el que tenemos a partir de la Constitución, la libertad como valor superior del ordenamiento jurídico debe llegar hasta ese umbral. Con garantías y cautelas, con precauciones para evitar abusos egoístas e interesados o decisiones no meditadas, el legislador deberá tomar en consideración riesgos y libertades y, decidir una norma puramente permisiva, despenalizadora, para quienes ayuden a alguien a bien morir.

Ese legislador democrático que representa a todo el pueblo está capacitado para elaborar esa norma. Pero no sería impertinente oír en directo otras voces, todas las voces. Este país lleva semanas hablando y escribiendo sobre tanta basura, sobre tanta acusación no demostrada y sobre tantas demostradas ambiciones e impaciencias de poder, que podría autoconcederse un respiro para debatir durante algún tiempo acerca de una cuestión que, ésa sí, a todos concierne. Moralistas y médicos, juristas y psicólogos, fontaneros y viajantes de comercio (si alguno queda), enfermeras y gerontólogos, actrices, juezas y funcionarias, madres, hermanas e incluso hijas, periodistas, pescadores, poetas y bailarinas: todos deberían opinar. Todos: vascos y catalanes, extremeños, gallegos, murcianos y un largo etcétera, hasta 17. Porque parece ser, que ésta es una cuestión de las pocas o poquísimas que escapa de la espesa red del tejido autonómico. Esta página, la del periódico en que escribo, no es mía y por tanto no puedo disponer de ella. Al escribir lo que sigue soy consciente de que corro el peligro de ser severamente amonestado por la pirámide jerárquica de este periódico, de este País. Pero con todo, y confiando en su talante liberal y permisivo, me atrevo a sugerir que este sitio, esta página, podría ser lugar adecuado, aunque sin duda no el único, ni el mejor, para ese debate, para una toma de conciencia abierta y discutida. Sin huella ni nostalgia de pasadas democracias orgánicas, y reservando para las Cortes Generales la condición de foro representativo y decisorio, quizá no fuera necio pensar en voz baja, con la pluma y no con el grito, sobre un problema común.

Podríamos hablar de todo, escribiendo acerca de los testamentos de vida y el color de la mecedora que cada cual elija, perfilando matices en el texto de la norma del Código Penal, detallando cautelas no infinitas y respetando voluntades ciertas, bajo la pancarta envolvente de que ningún cuerpo decrépito debe denigrarse a sí mismo, sobreviviéndose de mala manera, si la mente que le dio y da aún nombre decide con libertad y consciencia que no merece la pena seguir. Yo creo que todos los dioses, si los hubiera o hubiese, entenderían este lenguaje. Entre tanto, gocemos del presente: de la palabra, de la razón, que es lo mismo, del cuerpo pensante, de la mecedora de cualquier color (las mías son dos y negras), de la libertad y de tantas cosas que hacen maravillosa la vida, mientras siga siéndolo para cada cual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de diciembre de 1994