Frescura y fastidio
Guillén de Castro escribió una comedia famosa, Las mocedades del Cid. Esta que vemos ahora, contemporánea, no es famosa. Se ven algunas razones: el romancillo es espeso, sonsoneante, y el enredo -vodevil a la francesa- es escasamente hilarante. Sin embargo, están en Los malcasados de Valencia algunos datos históricos, o de caracterología histórica, interesantes: la frescura, la soltura de los personajes en sus múltiples líos, la franqueza con que se supone la homosexualidad en algunos hombres, la facilidad para el adulterio y el escaso deseo de castigo a las mujeres por los varones. Los celos son celillos, y las aventuras, jugueteos: los matrimonios, malos.Es la escuela valenciana, ya entonces antigua, ya ahora contada en la pantalla de Berlanga, por citar al mejor, aunque no al más deslenguado y atrevido. Da gusto salir del drama castellano, que está presente -por la moral, por la obligación- hasta en Lope, y que se convierte ya en diabolismo en Tirso. Esta respiración mediterránea, salina, italianizada, hidratante de Guillén (que él mismo no tiene en otras obras; en Las mocedades... dichas, tan bien pegadas al romancero que él las saca adelante; no digamos Don Quijote, que supongo que es la primera adaptación teatral de la novela) está como dato, más que como entretenimiento para esta época que ya lo ha visto todo: no basta.
Los malcasados de Valencia
De Guillén de Castro, adaptación de Luciano García de Lorenzo.Intérpretes: Román Sánchez-Gregory, Marta Navas, Germán Montaner, Blanca Apilánez, Franciso Rojas, Cristina Fenollar, Álvaro Báguena, Rafael Navarro, Vicente Macías, José Montesinos. Vestuario: Ana Garay. Escenografia: Daniel Bianco. Dirección escénica: Luis Blat. Coproducción de los Teatres de la Generalitat Valenciana y de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Comedia. Madrid, 4 de noviembre.
Añadidos
Tampoco está bien hecha. La adaptación y los añadidos de Luciano García Lorenzo no han hecho más que añadir algunas claves a la comprensión de a lo que nadie importa; la interpretación de esta compañía de los Teatres de la Generalitat Valenciana no es nada brillante y, aunque los versos se digan lisa y llanamente -es decir, bien- y se hayan hecho comprensibles, no ahuyentan el tonillo y al exceso de explicación. Las voces son divergentes, algunas profundamente desagradable. Esto sucede por uno de los vicios propios de las autonomías: la busca del producto con apelación de origen, la extraña obligación de hacer un teatro de su nacionalidad -aunque escrito en castellano; no basta escribir Guillén en lugar de Guillén-, y el fundamento valencianista que antes se señala; no es suficiente para presumir de raíces si éstas son poco sanas.Es una aplicación tan inútil como otras tan extendidas de lo "políticamente correcto". La comedia no es buena, la compañía no la hace bien, aunque destaquen algunas travesuras sin duda influidas por el estilo de hacer clásicos de la compañía nacional que coproduce esta obra: le faltan las burlas, los gags, el continuo hallazgo con el que Marsillach destroza los viejos textos y las antiguas intenciones de los autores, con brillantez, maestría, ingenio y calidad. Y despreocupación y frescura.
No las alcanza Luis Blat, que dirige. Aunque la escenografía de Daniel Blanco es elegante y los trajes de Ana Garay sugerentes, y los esfuerzos de todos son considerables, no llega el grado suficiente para entretener: y la obra no fue escrita más que para eso.
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