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UNA PROSISTA EXIGENTE Y PERSONAL

Muere Rosa Chacel, maestra de la aventura íntima

La escritora, de 96 años y superviviente de la gran generación de 1927, será enterrada hoy en su Valladolid natal

Rosa Chacel, narradora, ensayista y poetisa, autora de una treintena de obras, murió ayer en Madrid a los 96 años. La gran maestra de la aventura íntima, alumna fiel del pensamiento de Ortega y Gasset, ha muerto convencida de que su obra no ha sido entendida en España. Dueña de una prosa profundamente castellana, creía que su actitud crítica e implacable a la hora de emitir juicios fue la causa de no haber conseguido el Premio Cervantes ni su entrada en la Real Academia Española. Con Rosa Chacel desaparece uno de los más notables testigos de este siglo, última representante de toda una generación de mujeres intelectuales.

La escritora vallisoletana Rosa Chacel murió ayer por la tarde a los 96 años de edad en el hospital Ramón y Cajal de Madrid, víctima de una insuficiencia cardiorrespiratoria. Rosa Chacel murió inconsciente, sin dolores, acompañada de su hijo Carlos, de su nuera Jamilia, y de sus amigos, la poetisa Clara Janés y Alberto Porla. La capilla ardiente de la que ha sido una de las escritoras españolas más importantes del siglo XX, será instalada a mediodía de hoy en el Ayuntamiento de Valladolid, ciudad donde será enterrada en el panteón de hombres ilustres.Tras su fallecimiento, los Reyes de España expresaron su "profundo pesar" en un telegrama y Rafael Alberti declaró sentirse muy afectado pues, según su esposa María Asunción Mateo, "sentía gran cariño hacia su persona y su obra".

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El estado de salud de Rosa Chacel se había agravado en las últimas 48 horas. La autora de Memorias de Leticia Valle había ingresado el pasado día 18 en el hospital Ramón y Cajal con "una alarmante caída de tensión", después de haber sido dada de alta diez días antes para ser tratada de problemas cardiorrespiratorios. Durante esta segunda estancia en el hospital recibió en el hospital la visita de los Reyes para hacerle entrega de la medalla de las Bellas Artes.

Rosa Chacel nació en Valladolid el 3 de junio de 1898, en el seno de una familia culta y liberal. En 1908 se trasladó con su familia a Madrid en donde estudió Escultura en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando, y donde conoció a su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio, el hombre que salvó los fondos del Museo del Prado durante la Guerra Civil.

José Ortega y Gasset, de quien la escritora se consideraba díscipula, acogió en la Revista de Occidente sus primeros escritos. En 1930 publicó su primera novela, Estación de ida y vuelta. Sus modelos literarios por excelencia eran, según sus propias declaraciones, James Joyce y Ramón Gómez de la Serna. Por aquellos años trabó amistad con los integrantes de la generación del 27, siendo asidua frecuentadora de las reuniones y las tertulias literarias que se celebraban en el Ateneo de Madrid y en la Residencia de Estudiantes.

Tras la Guerra Civil, se trasladó a Roma en donde pasó una breve temporada y, posteriormente, a Brasil junto con su marido y su hijo Carlos, alternando su estancia entre Buenos Aires y Río de Janeiro. Durante su estancia en estos dos países colaboró en la mítica revista porteña Sur, publicó varios de sus libros y tradujo al castellano autores como Mallarmé y Racine. Tras casi cuarenta años de exilio, Rosa Chacel volvió en 1971 a España, pero agobiada por problemas económicos decidió regresar a Brasil. La concesión de una pensión vitalicia evitó que la escritora tuviera que abandonar nuevamente su país.

En 1976 obtuvo el Premio de la Crítica por Barrio de Maravillas y en 1987 se le concedió el Premio Nacional de las Letras Españolas en reconocimiento a su dilatada dedicación a la literatura. En 1989 fue investida doctora honoris causa por la Universidad de Valladolid, ciudad de la que también era hija predilecta, como homenaje a su obra y a su dominio del idioma castellano. A pesar de haber sido candidata varias veces, nunca consiguió obtener el Premio Cervantes ni un sillón en la Academia de la Lengua, algo de lo que siempre se sintió dolida y que ella achacaba a su actitud crítica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 28 de julio de 1994