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Tribuna:

Mirar dentro de las papeleras

A esta ciudad, que aún tiene andares de señorita de provincias, se le han pegado algunos tics propios de la locura que, según dicen, abunda en las principales capitales del mundo. Y las calles se han llenado de gente que habla sola, sin esperar siquiera a toparse con la mirada de un viandante. A lo mejor quienes presumen de grandes audiencias en realidad están en las mismas y en lugar de un público con ojos, bocas, y cerebro, sólo tienen ante sí un montón de aire. Pero estos pobres locos están en las esquinas y en las escaleras del metro encabritados por un discurso infernal con el que riegan Madrid desde la mañana a la noche.Dicen que todo se pega menos lo hermoso y quizá Madrid ha copiado de las grandes urbes este desvarío de gentes solitarias, incomunicadas en un quinto piso interior que no tienen más remedio que escupir la amargura para no morirse. Lo peor no es esto. Lo malo es que se contagia y las rarezas pueden llegar a confundirse con gestos normales. Entonces no habrá diferencia entre locos y cuerdos. Quizás este día fue ayer.

A la gente le ha dado también por mirar dentro de las papeleras, no se sabe si en busca de un trozo de chorizo o de un poco de esperanza. Lo primero parece tener cierta lógica y no causaba asombro encontrarse un vagabundo revolviendo en la basura. Pero la costumbre se ha generalizado y han tomado el relevo oficinistas, amas de casa de anuncio de arieles y estudiantes de Derecho. Y nadie vuelve la vista. No hace mucho removí los fondos de las papeleras de Gran Vía y Preciados para ver si a los ladrones que me habían levantado el bolso les daba por arrojar los documentos al montón de detritus. Recorrí las calles enfangadas en cáscaras de plátano y otras inmundicias sin que nadie mostrara la menor sorpresa.

Si no es locura le anda cerca. Lo cierto es que la gente se aboca a las papeleras y queda absorta, como esperando encontrar en el fondo las respuestas al gran enigma. Señores muy atildados y damas enlacadas no tienen el menor reparo en remangarse hasta el codo y hundir el brazo en el mar de desperdicios. Y todo en medio de un enorme mutismo. Si les preguntas por qué, a lo más obtienes un bufido. Debe ser que estas excentricidades se practican con gran reverencia y silencio.

Los primeros síntomas de cosmopolitismo vinieron con los centros de comida rápida y los bares con luces que te dejan cara de muerto. La cosa se agravó cuando unos pocos listos intentaron convencemos de que Madrid era el centro del mundo, incluso hubo ingenuos que lo creyeron.,

Dicen los sociólogos que en las grandes urbes anida la soledad, el egoísmo y la distancia. En contrapartida, contienen el humus del que nace la creación y los espíritus son más libres. Madrid no se ha desprendido aún de ese aire un poco provinciano y en las calles ha quedado prendido el olor a gallinejas y a calamares fritos. Sin embargo, la esquizofrenia que invade este final de siglo viaja deprisa y ha traído del exteriores de otras ciudades más avanzadas. A lo mejor, por ahí entra la modernidad.

María José Cavadas es periodista.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de mayo de 1994