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La paz de los cuervos o reina sobre Ruanda

12.000 refugiados tutsis y hutus se hacinan en el estadio nacional de Kigali

ENVIADO ESPECIALLos bombardeos comienzan temprano. Es la mejor manera de recordar al contrario que el enemigo sigue ahí, agazapado, dispuesto a seguir el combate. Pero los cuervos parecen acostumbrados. Sobrevuelan los montones de basura que custodian en el aeropuerto de Kigali. Kigali, la capital de Ruanda, sobrevive a otra jornada de guerra civil entre el Ejército gubernamental (formado por hutus) y el Frente Patriótico Ruandés (FPR, de mayoría tutsi). La desconfianza entre las partes se mantiene intacta: los tutsis reclaman la disolución de la Guardia Nacional, a la que responsabilizan de las matanzas que han sembrado el país de cadáveres (la ONU habla de 22.000 muertos sólo en la capital).

Entre el hotel Amahoro, cuartel general de las Fuerzas de la Misión de Asistencia de la ONU en Ruanda (MINUR), y el hotel Mil Colinas, en el centro de Kigali, los controles se suceden cada doscientos metros. La línea del frente discurre con la caligrafía de un loco: el arcén derecho de la avenida que conduce al aeropuerto está ocupado por los hombres del FPR, que aprovechan un alto en la tarea de la guerra para escuchar la radio.

Los controles de la milicia tienen otro sabor. Han sido armados por el Ejército y animados por la Guardia Nacional para vengar en la carne de los tutsis la muerte del presidente Juvenal Habyarimana. Acuden con cara de pocos amigos, hierros afilados, mazas y machetes. Menos mal que llueve copiosamente sobre Kigali y no se entretienen en indagar. Sería una parodia de guerra si no fuera por la muchedumbre de muertos y el terror de los vivos. En el estadio, junto a la sede de la MINUR, 12.000 personas que han huido de los combates sobreviven a duras penas. La ONU y la Cruz Roja los alimentan como pueden, pero esperan la llegada de víveres desde Nairobi.

Atados

En el aeropuerto, los soldados de Bangla Desh oran sobre alfombras orientadas a La Meca mientras los últimos casos azules belgas se disponen a volver a casa. El jefe del escuadrón, Azad Shan, recién llegado de la misión de la ONU en Mozambique, entiende que se vayan. Shan se trajo a su mujer y a sus dos hijos a Ruanda pensando que aquí había un porvenir. Pero apenas resistieron un mes. No teme la partida de los belgas, que se quejan amargamente de que están atados de manos por el mandato. Así murieron diez de sus compañeros, salvajemente torturados por la guardia presidencial cuando intentaban proteger a la primera ministra, Agathe Uwilingiyimana, preemiente miembro de la oposición hutu partidaria de compartir el poder con la minoría tutsi (apenas el 15% de la población).

Unos 4.000 efectivos del FPR han logrado adentrarse en la capital y reforzar a los 600 guerrilleros que ya se encontraban en el interior del Parlamento en Kigali. El acuerdo firmado en la ciudad tanzana de Arusha, en agosto pasado, había permitido, gracias a la mediación de la ONU, detener la guerra civil entre tutsis y hutus, dos pueblos de diferente complexión, pero que comparten tradiciones, lengua y religión. Pero la muerte de Habyarinama y de su homólogo burundés Cyprien Ntaryamira, el pasado 6 de abril, desencadenó las matanzas de tutsis y el reinicio de la guerra. Fuentes independientes estiman que las matanzas que surgieron de inmediato fueron organizadas por los ultras de la Guardia Nacional.

En el restaurante El Panorama, que ocupa la última planta del hotel Mil Colinas, donde se esconden 200 refugiados, el jefe interino del Estado Mayor ruandés, el general de brigada Marcel Gatsinzi, y el jefe de la Guardia Nacional, el general Augustin Ndindilimana, reciben a los seis últimos periodistas que siguen en Kigali. Bajo una fotografía del extinto Habyarimana, Ndindilimana asegura que sus fuerzas han pasado a las órdenes del Estado Mayor del Ejército. Pero no queda ninguna duda de quién sigue llevando la voz cantante, incluso cuando asegura que "mediante las armas no se puede lograr la paz". La paz es la palabra más frecuente que acude a sus labios.

Para un portavoz de la ONU, el hecho de que los belgas abandonen la misión no supone el fracaso de la misma. Pero al teniente coronel Willy Purche, uruguayo, jefe de los observadores de la ONU, no le cabe ninguna duda de que la misión comenzó mal cuando se decidió que los belgas formaran parte de ella. La antigua potencia colonial suscita en Ruanda la animadversión de todas las partes. El mandato parece ahora desbordado por los acontemientos. Las órdenes no les permiten intervenir ni hacer uso de las armas para proteger a la población civil o para defenderse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de abril de 1994