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Tribuna:ANATOLY SOBCHAK

La agonía final del poder Sovietico

Lo que presenciamos hoy en la desesperación de los diputados de esa Casa Blanca apagada, de esa torre junto al río Moscova, sede del Parlamento ruso, es la agonía final del poder soviético.El sistema creado por Lenin para tener un poder absoluto no sólo para introducir leyes sino para controlar la sociedad tocará a su fin cuando las estructuras de poder se hayan democratizado plenamente. Con arreglo al decreto promulgado la semana pasada por el presidente Borís Yeltsin, el Parlamento será reelegido en diciembre, el presidente en verano o en otoño de 1994 y todos los representantes locales antes de la primavera de 1995.

La verdad es que no queríamos que acabara de este modo. Nos hubiera gustado eliminar los restos de poder soviético por medios más legales, según las reglas del viejo juego. Una y otra vez se intenItó adelantar unas elecciones realizadas según la antigua Constitución, o avanzar con una nueva Constitución que debía haber sido aprobada estos últimos meses por la asamblea constituyente, representada por más de 1 .000 personas procedentes de toda la Federación Rusa. Pero el Parlamento ruso, cuyos actuales miembros llegaron al poder cuando la perestroika de Mijafl Gorbachov daba sus últimos coletazos, permaneció absolutamente obstinado en sus ideas. No sólo impidieron que se adelantaran las elecciones y propusieron una Constitución que eliminaba por completo el cargo de presidente, sino que también perjudicaron a Rusia al frustrar el paquete de reformas económicas del presidente Yeltsin y gastar insensatamente hasta alcanzar un déficit presupuestario de varios billones de rublos.

Aunque, en mi opinión, Yeltsin debería haber adoptado rápidas medidas justo después de su victoria en el referéndum de abril, tarde o temprano el presidente ruso tenía que actuar como ha hecho ahora. No había otra manera de escapar a la red paralizante de esa masa de leyes y normas contradictorias (que a menudo se anulaban mutuamente) en que se había convertido nuestra Constitución.

Al final, Borís Yeltsin tuvo razón al decidir que la voluntad del pueblo que había elegido al presidente es superior a la voluntad de la Constitución de Bréznev.Aunque la disolución del Parlamento y la convocatoria de nuevas elecciones por parte de Yeltsin no tenía más remedio que pasar por alto la Constitución de Bréznev, yo señalaría que esas medidas eran no sólo moralmente, sino técnicamente legítimas, puesto que los actuales miembros del Parlamento son legalmente ilegítimos.

Esclarecer la situación es casi como una historia de detectives cuyo inicio se remonta a -1989. En aquel entonces, conforme se iba desmantelando el monopolio de poder del Partido Comunista, reconocimos la necesidad de crear nuevos órganos de poder basados en elecciones tanto en el ámbito de la Unión Soviética en su conjunto como a nivel de las diferentes repúblicas.

Sin embargo, esos cambios exigían una reforma de la Constitución que sólo podía llevarse a cabo convocando el Congreso del Pueblo, y no mediante la asamblea del Sóviet Supremo. Pero, para poner en marcha este proceso urgente sin tener que esperar a que se reuniera- el Congreso, y dado que algunas repúblicas locales iban a elegir a sus representantes antes de la reunión del Congreso, el Sóviet Supremo enmendó la Constitución y aprobó decretos para que pudieran celebrarse primero las elecciones en las repúblicas.

Con arreglo a esta decisión, se celebraron elecciones en nueve repúblicas, incluida Rusia, aunque carecían de fundamento jurídico y contravenían la Constitución de la República Socialista Soviética. Fue de esta manera como los miembros del Parlamento ruso que hoy se enfrentan a Yeltsin obtuvieron su escaño.

Cito las declaraciones de Anatoli LukIánov, entonces presidente del Sóviet Supremo, del 24 de octubre de 1989, día en que se aprobaron los cambios constitucionales: "... todas estas elecciones, todos estos cambios que el Sóviet Supremo ha introducido hoy en la Constitución, se han adoptado infringiendo la ley y violando la Constitución".

La razón de recordar este hecho es mostrar que ninguno de los que hoy se sientan en el Parlamento ruso puede hablar con propiedad de legitimidad o ilegitimidad de las acciones de Borís Yeltsin, porque, desde el punto de vista legal, ellos mismos han sido ilegítimos desde el principio.

Asimismo, yo señalaría que la falta de -respeto por las más básicas normas de procedimiento de elaboración de leyes arroja serias dudas sobre la constitucionalidad de leyes y enmiendas aprobadas por el Parlamento ruso que acaba de ser disuelto. Por poner un ilustrativo ejemplo, era frecuente que un miembro emitiera votos en nombre de otros de su facción que no estaban presentes, incluso sin autorización. Esto echa por tierra toda la lógica de la democracia representativa, cuya raíz está en la voluntad del electorado.

El decreto del presidente Borís Yeltsin -apoyado, aunque con insignificantes disensiones, por el Gobierno regional de San Petersburgo-, y las nuevas elecciones que traerá consigo, acabarán por fin con esta persistente zona de penumbra legal que está frustrando a todo el mundo y arruinando Rusia.

Ahora que el animal herido se debate en su agonía final, la situación es muy tensa. Pero no es necesario que la sangre llegue al río. Me uno a Borís Yeltsin al decir a los diputados del Parlamento ruso: "No os estamos persiguiendo. No queremos meteros en la cárcel. Queremos que presentéis a vuestros candidatos y dejéis que el pueblo ruso decida si sois dignos o no de guiar«su destino".

Anatoli Sobehak es jurista y alcalde de San Petersburgo.

Copyright 1993, New Perspectives Quarterly, distribuido por Los Angeles Times Syndicate.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de septiembre de 1993