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Tribuna:

Hölderlin, nuestro contemporáneo

El 7 de junio de 1843 moría en Tubingia Friedrich Hölderlin a los 73 años de edad, después de pasar la mitad de su vida en un estado (le "exilio mental", habitando una torre junto al río Neckar. A los 150 años de su muerte el poder de la poesía de Hölderlin se ha convertido en definitivamente indiscutible, lo cual, desde luego, no ha hecho sino incrementar la riqueza de su enigma. La obra de Hölderlin, con momentos de fulgurante belleza y tramos de indescifrable oscuridad, ejerce la rara fascinación que parece reservada a los visionarios auténticos: aquellos que nos informan sobre nuestro presente y nuestro futuro sin, por ello, someternos al acatamiento de dogmas proféticos. La poesía visionaria de Hölderlin no incita a la doctrina sino al libre juego de la permanente indagación.Tal vez por eso el pensamiento poético de Hölderlin ha resultado siempre incómodo y, en consecuencia, su recepción ha dado origen a un itinerario tortuoso en extremo. La gran tergiversación nacionalsocialista de los años treinta afectó de un modo particular a la imagen de Hölderlin transformando en poeta "nacional alemán" a quien en Hiperión había criticado durísimamente la raíz misma del germanismo. Sin embargo, esta manipulación, a todas luces injustificada, era únicamente un eslabón, si bien el más peligroso, en la cadena de incomprensiones que había acompañado la estela de Hölderlin y que, por cierto, había tenido su inicio entre los propios contemporáneos del poeta. Goethe, por ejemplo, ignoró enteramente el potencial del joven Hölderlin. Tampoco Hegel y Schelling, condiscipulos y cómplices del poeta en los años estudiantiles de Tubingia, siguieron caminos intelectuales que encajaran con los propósitos de éste. Por lo general la cultura del siglo XIX apenas recogió nada del legado hölderliniano si exceptuamos a Nietzsche, quien con su magnífico olfato para identificar compañeros de viaje que le acompañaran en su propio periplo percibió con claridad la grandeza de Hölderlin como poeta y como pensador, e incluso en alguno de sus textos, sin duda en el Zaratustra, incorporó explícitamente su influencia.

Durante bastante tiempo la locura de Hölderlin apareció más accesible que su pensamiento poético y así, a principios de nuestro siglo, abundaron los estudios patológicos sobre su esquizofrenia, prescindibles los más aunque con alguna aportación de importancia como la de Jaspers en Genio y locura. Lentamente, no obstante, la obra de Hölderlin se ha abierto cada vez con mayor fuerza sobre la cultura europea, en especial tras la primera edición sistemática de sus escritos realizada por Hellingrath en el periodo inmediatamente anterior a la Primera Guerra Mundial. Interlocutores de la envergadura de Rilke o Heidegger allanaron el camino que conduce al reconocimiento de la poesía de Hölderlin y que provoca, ya en la segunda mitad de nuestro siglo, los múltiples abordajes de su enigma. Hölderlin, mítico y hermético, se erige, por su vigor poético pero también por la exigencia perentoria de su visión, en nuestro contemporáneo.

Hölderlin nos es necesario. Diría que, en nuestro actual momento histórico, nos es particularmente necesario por el talante de sus interrogantes y desafíos. Hölderlin intuyó un escenario, que ya es en cierto modo el nuestro, en el que al abandono de las seguridades tradicionales se sumaría el desconcierto ante las respuestas modernas. Sabía que el viejo régimen, tanto político como espiritual, había sucumbido en la impotencia pero miraba con recelo las nuevas figuras emergentes: no confiaba en el individuo, criatura privilegiada del racionalismo que, a su parecer, acabaría recluida en un callejón sin salida de carácter solipsista, y, al unísono, desconfiaba abiertamente de las virtudes redentoras de la masa. De igual forma era sumamente crítico con respecto al mito del progreso, al que observaba como el principal cimiento engañoso sobre el que reposaban las esperanzas. modernas. Pero, por encima de todo, Hölderlin combatía la concepción teleológica que exigía que la historia culminara en paraísos terrestres, de acuerdo con las líneas ideológicas inauguradas por la Ilustración. Naturalmente, dada la dinámica de la época moderna, un pensamiento de este tipo estaba condenado a un largo ostracismo y, desde este ángulo, la locura de Hölderlin es, para nuestra perspectiva, mucho menos inquietante que su lucidez.

Es sabido, al menos para sus lectores, que uno de los aspectos que más obsesionaban a Hölderlin era la pérdida del diálogo sagrado entre el hombre y la naturaleza. El hombre, o mejor sería decir el individuo, en un "paisaje sin dioses", expresión equivalente a lo que en nuestro lenguaje cotidiano llamamos naturaleza inanimada, era percibido dolorosamente por el poeta como el protagonista de ese monólogo infeliz que constituía la existencia. Paralelamente, el visionario quería reestablecer aquel diálogo perdido. Un poema excepcional, El archipiélago, es el testimonio de una lucha en la que Hölderlin no sólo veía comprometido su destino sino también el de la entera humanidad. Quien lea hoy este poema, casi dos siglos después de haber sido escrito, no podrá sustraerse a la impresión de que sus palabras, su música de fondo, expresan la médula misma de nuestras preguntas y expectativas.

A diferencia de algunos de sus contemporáneos, Hölderlin nunca desvinculó su horizonte personal de los horizontes futuros que aguardaban a la humanidad. Todo lo contrario: su propia misión como poeta estaba estrechamente unida al devenir colectivo y es en este sentido que alguno de sus enunciados más innovadores atañen al rumbo de la civilización. A propósito de ello tienen, pienso, una extraordinaria actualidad las anotaciones realizadas por el poeta mientras traducía Antígona y Edipo rey, de Sófocles. Confrontando los mundos antiguo y moderno, la Hélade y Hesperia en sus denominaciones simbólicas, Hölderlin llega a la certidumbre de que una civilización sólo marcha hacia la plenitud, y por tanto hacia la libertad, cuando es capaz de abrirse, e incluso diluirse, en lo diferente. Para él, contradiciendo al clasicismo, la plenitud griega, manifestada en la tragedia, había sido la consecuencia de la fusión entre el "ser de naturaleza" original y el "ser de cultura" adquirido. De manera inversa, en su opinión, la civilización occidental moderna debería disolverse como identidad basada en una razón excluyente y autosuficiente para hacerse, también, naturaleza.

Hölderlin es pionero así de una línea fundamental, aunque frecuentemente subterránea, del pensamiento moderno que reivindica, frente a una civilización atrincherada en la propia fortaleza, lo que podríamos calificar de civilización erótica, es decir, aquella permanentemente abierta a engendrarse en lo otro. También en esto haríamos bien en considerarlo nuestro contemporáneo. Cuando soplan vientos que restringen la mirada del hombre a un territorio de supuesta seguridad y se anuncian cierres de fronteras físicas y mentales, nada más conveniente que escuchar de nuevo las palabras de quien consideraba que la vida era la travesía de lo incierto en busca de lo que había prometido un sueño.

Rafael Argullol es catedrático de Estética de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de junio de 1993