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Modestia en Turquía

LA ELECCIÓN del primer ministro Suleyman Demirel el pasado lunes como presidente de la república turca en sustitución de Turgut Ozal, el carismático hombre de Estado muerto un mes antes, es el último acto de un largo drama nacional: la conversión del país en un Estado moderno. Hasta ahora, los dos únicos protagonistas habían sido Ataturk durante la década de los treinta y Turgut Ozal, que dominó la de los ochenta. El tercero debería ser el nuevo presidente. Demirel es, en efecto, el único miembro superviviente de la vieja guardia de líderes políticos que ha controlado la vida pública turca en el pasado medio siglo. Tiene 68 años de edad; acabará su mandato con 75. Siete años para convertir en realidad los tres sueños algo aventurados de su predecesor: hacer de Turquía un país desarrollado y moderno, convertirse no sólo en la primera potencia de la zona, sino en su verdadero guardián, y finalmente -lo más difícil-, integrarla en Europa. ¿Quiere realmente hacerlo, hereda algo de la apasionada ambición de Ozal?En realidad, no. Se diría que los proyectos de Ozal van a quedar, con Demirel, en realidades bastante más modestas. En primer lugar, porque el nuevo presidente difícilmente querrá apearse del populismo conservador que dio a su Partido de la Recta Vía la mayoría en las elecciones legislativas de 1991. En segundo término, porque, más que ningún otro político turco, tendrá que actuar bajo la vigilante y rencorosa mirada de las Fuerzas Armadas, que ya prescindieron de él como primer ministro en 1971 y en 1980, mientras mantenían buenas relaciones con Ozal. Finalmente, porque, frente a las políticas expansionistas de su predecesor, Demirel es un hombre más dado al politiqueo interior, menos vertido hacia el exterior. El proyecto de transformación interna propiciado por Ozal topará en el caso de Demirel con un populismo que siempre le ha llevado a jugar más con la Turquía profunda que con las pulsiones de los estamentos más progresistas de la sociedad.

Pero es en los proyectos exteriores en los que se notará el menor entusiasmo del nuevo presidente. Si Ozal se había propuesto hacer de Turquía la "primera potencia del Adriático a la muralla china", Demirel demostrará ser menos ambicioso; para disgusto de Occidente, sólo querrá construir un fortín a prueba del fundamentalismo islámico por el Este y de las provocaciones nacionalistas en los Balcanes.

Como potencia hegemónica de la zona, el principal quebradero de cabeza de Turquía -amén del problema kurdo, siempre tratado con bárbara violencia por Ankara- es la antigua Unión Soviética. En la guerra fría, Ankara era la punta de lanza de la OTAN en el flanco soviético sur. Ahora existe el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán. Mientras Ozal anunciaba su voluntad de apoyar militarmente a este último, Demirel, ya cuando era primer ministro maniobraba de acuerdo con Rusia y Estados Unidos para buscar una solución negociada a la crisis de Nagorni Karabaj. Si Ozal también quiso extender la influencia turca a las repúblicas ex soviéticas de Asia, su sucesor, poco seguro de los recursos económicos con que cuenta en solitario, será probablemente mucho menos generoso con su asistencia.

La otra zona caliente para Turquía es la ex Yugoslavia. Mientras Ozal estaba dispuesto a intervenir militarmente para defender Bosnia, Demirel ha enfriado este entusiasmo y anuncia que no dará un paso más de los que recomiende la ONU. Pero ni un sistema ni otro, ni la aproximación boyante ni la prudencia campesina, van a resolver a corto plazo el principal problema turco: su vivo deseo de integrarse en la CE, cuestió¡¡ para la que las credenciales políticas, sociales y económicas son aún insuficientes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 23 de mayo de 1993.

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