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REPORTAJE

Leonora Carrington: "No me arrepiento de mi vida"

La ex amante de Max Ernst vive en Chicago entregada a la pintura y escribiendo notas íntimas

Pintora y escritora, Leonora Carrington (South Lancashire, 1917) es la única superviviente del movimiento surrealista, en donde entró a través de Max Ernst, de quien fue amante siendo aún una adolescente. Vivió en Londres y en París la esfervencencia de este movimiento de artistas y escritores. Tuvo que huir de Francia tras la invasión nazi, primero a España y después a Portugal. Estuvo internada en un manicomio en Santander. Ha vivido casi 50 años en México y ahora, aunque sigue pintando, se encuentra retirada en Chicago. Recientemente expuso su obra en Londres y en San Francisco. Ha vivido intensamente. "No me arrepiento de mi vida", dice.

Leonora Carrington cita al periodista en el hall de un hotel de Pak Park, un suburbio de clase media de las afueras de Chicago. La sala intenta parecerse a un salón de recibir victoriano, pero, todo es allí de mal gusto. Desde el bar del hotel, un gramófono escupe, a todo volumen, música country de poca calidad. Está prohibido fumar, pero Carrington se salta las normas y agota, uno tras otro, todos sus cigarrillos. Huele a ambientador de cine, es un viernes por la tarde y la protagonista de esta conversación tiene 75 años.Carrington lleva viviendo en Chicago dos años escasos. Reside sola en un apartamento donde confiesa que no sólo sigue pintando, sino también escribiendo, aunque notas íntimas. Llegó a Chicago huyendo de la contaminación de México, pero quiere volver. Está obsesionada con que vive ahora en una ciudad donde no se puede pasear de noche. Y vomita su amargura quejándose de que hay asesinos por todas partes.

La última superviviente del surrealismo es una adorable anciana que no se ha desprovisto aún de su flema británica, pese a haber sido una mujer de vida geográfica agitada. Es cascarrabias y revienta la entrevista cuando se le pregunta por aquellos años en que fue musa de los surrealistas. Interrumpe al periodista cuando observa que las intenciones se dirigen a escarbar sus trajines amorosos con Marx Ernst, en aquellos años de florecientes tertulias en los cafés de Saint Germaindes-Près previos a la invasión de Francia por los nazis. Y se lamenta, cargada de ternura, de que la vida se le agota.

"La vida dura poco"

"No sé si sigo siendo una surrealista. El surrealismo era un movimiento en donde se usaba la imaginación para responder a la naturaleza de forma diferente a como se concibe desde el ser humano. Hoy, ya vieja, tal vez soy sólo lo que pasa inmediatamente en mí. Creo que la vida dura poco tiempo, pasa rápido. Es insuficiente, al menos para mí, este tiempo de vida que tenemos, porque deja un gran vacío y no permite que se satisfaga la curiosidad y el conocimiento por muchas cosas que, pese a la edad, comienzan también a fascinarnos a los viejos".Leonora Carrington nació en 1917 en South Lancashire, en el norte de Inglaterra. Ríe a carcajadas, asintiendo cuando el periodista la encuadra en una familia acomodada. "Mi padre, protestante, era un hombre de negocios, y mi madre, católica, era hija de un médico rural y pintaba cajas de galletas para el ropero de la iglesia. En ese ambiente me crié. Yo ya dibujaba caballos de niña, y me salí, pese a la oposición de mi casa, con la mía. Al final estudié arte", recuerda.

Esta anciana se confiesa burguesa, detesta la política y no quiere oír hablar de comunistas. "El surrealismo no era un movimiento político. Fueron los nazis quienes comenzaron a perseguirnos. Mi trasiego por España, Portugal, Estados Unidos y después México es consecuencia de ello. No es que fueran expresamente por mí, pero sí contra el grupo al que pertenecía. Éramos fundamentalmente antifascistas, gente que sentimos un profundo asco al ver que Petain ponía Francia en manos de Hitler".

"Yo rompí con mi familia y quise hacer mi vida. Mis padres me mandaron a buscar. Cuando me localizaron en España, que acababa de salir de su guerra, la Embajada británica se encargó de internarme en un manicomio. Un día me desprendí de mi enfermera, tomé un taxi y me fui a buscar a Renato Leduc a Portugal, que era funcionario de la Embajada de México, primero en París y después en Lisboa. Me casé con él y nos fuimos a Estados Unidos".

"¿Mi relación con Marx Ernst? Es anterior a Leduc. No me gusta contar mi vida privada. Rompimos durante la persecución nazi. Cada cual escogimos un camino diferente. Le conocí en casa de una amiga en Londres. Él estaba exponiendo allí y yo era una adolescente estudiante de arte, que tenía que rendir cuenta de lo que hacía ante una especie de tutor que me habían impuesto mis padres. Yo sabía de Max porque mi madre me regaló un libro de Herbert Read sobre el surrealismo. Vi allí su obra y me causó una enorme impresión. Lo pasé muy bien aquella noche y luego me escapé a París a verlo. A mi regreso a Londres, Serge Chermayeff, el hombre a quien mis padres habían encomendado vigilar mi honra, me llamó puta. Tenía 17 años".

Carrington explica que, al conocer a Max Ernst, se dio cuenta de que lo que ella ya pintaba conectaba con el surrealismo. "Pensé que yo tenía mucha afinidad con esa gente. Era un grupo compuesto esencialmente por hombres que trataban a las mujeres como musas. Eso era bastante humillante. Por eso no quiero que nadie me llame musa de nada. Jamás me consideré una femme-enfant como André Breton quería ver a las mujeres. Ni quise que me entendieran así, ni tampoco intenté cambiar a los demás. Yo caí en el surrealismo porque sí. Nunca pregunté si tenía derecho a entrar o no".

-¿Pero usted tiene que reconocer que durante un tiempo fue considerada una musa de esos pintores consagrados?

-Reconozco que no es la primera vez que escucho ese término y que incluso en algún momento de mi vida, no lo llegué a cuestionar tanto como ahora. Pero en este momento pienso de otra forma. La idea de musa es algo que yo nunca comprendí muy bien. Está basada en la divinidad griega, pero yo entiendo a las musas como señoras que se dedican a zurzir calcetines o a limpiar la cocina. ¿Quién fue la musa de Dostoievski? ¿Su epilepsia, acaso? Prefiero que me traten como lo que soy: una artista.

Leonora Carrington llega a Nueva York en 1942. Reconoce que son años difíciles, en los que se ve obligada a trabajar duro para sobrevivir. La parte grata, sin embargo, es su reencuentro con su gente del grupo surrealista de Londres y París, ya en el exilio. En Nueva York vuelve a ver a Max Ernst, pero ya es ella la mujer de Leduc, un periodista amigo de Picasso que se pasaba las horas con el pintor hablando de tauromaquia, y aquél, el esposo de Peggy Gunggenheim.

Coincide con Breton, Chagall, Masson, Leger, Duchamp, Mondrian y Ozenfant, que fue su profesor en Londres. También con Buñuel, que empezaba a ser codiciado por Perro andaluz y dirigía un cineclub en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. "En aquellos tiempos yo escribía y pintaba al mismo tiempo. Duré poco en Nueva York, porque a Renato Leduc le gustaba la política mexicana y decidió volver a su país".

"En México nos divorciamos y me casé con Chiqui Weitz, amigo de Breton, que llegó al país con otros refugiados de la guerra en un barco portugués que había zarpado de Casablanca. Conocí entonces a Octavio Paz, a Diego Rivera, a Fridha Kahlo y a José Clemente Orozco. La verdad es que no me interesaron ni Orozco ni Rivera, que eran muralistas políticos. Sí, en cambio, Frida, que empezaba a ser ya una mujer cargada de sufrimientos. Yo había estado en su segunda boda con Diego y mi última secuencia de ella fue verla ya enferma en la cama".

Una fuerte depresión

"¿Mi vida agitada? Yo me habría quedado en Fracia si no hubiera sido por los alemanes. La guerra me provocó una fuerte depresión. No tengo pesadillas, porque éstas se quedan en la carne. Ni Breton ni nadie ha conocido el interior de un manicomio español. Pero no estoy arrepentida de mi vida. Lo que haya hecho, por improvisación o porque no tenía otro remedio, me parece bien. Mi primera exposición en México la tuve que organizar en una tienda de muebles. De manera que tampoco lo tenía tan fácil. Luego ya empecé a exponer en la galería de Pierre Matisse en Nueva York y a escribir de nuevo, entre otras cosas mi única novela larga, The hearing trumpet, y a proseguir contando relatos". Carrington ha llegado al final de su cita. Mira insistentemente su reloj mientras un mozo del hotel, con rostro malhumorado, retira las colillas del cenicero. Es ya tarde y la noche de Chicago le disgusta. Le preocupa que los Gobiernos no sepan administrar los recursos naturales de sus países, que se explote salvajemente el medio ambiente. Está al lado de la mujer en una sociedad que considera machista, porque, en su opinión, estableció prejuicios sobre ella considerándola un ser inferior. Piensa también que al individuo le falta valor para reflexionar en vida sobre la muerte.

"Desde que nací he tratado de expresar, primero con mis dibujos de niña y después con la pintura, lo que siento", comenta a modo de despedida. "¿Que quien es Leonora Carrington? Una persona como cualquier otra que ha descubierto en la vida simplemente lo que ha podido. O quizá también alguien que ha sobrevivido hasta ahora con mucho cabrón trabajo, como se dice en México. Por eso tampoco me gusta qué me llamen musa".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de abril de 1993