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Tribuna:

Vértigo

Sin duda, todos los perturbados sexuales seguirán muy excitados después de haberse saciado al máximo con ese banquete de noticias e imágenes de las tres niñas violadas, torturadas y asesinadas. La luna llena altera la mente de los lobos. También este crimen ritual servido a las masas como un cuento de terror habrá tocado la raíz oscura que en muchos cerebros conecta todavía al hombre con su riera interior. Los próximos violadores estarán ahora relamiéndose de gusto al conocer los pormenores de la autopsia, y cada uno de esos detalles macabros les hará aullar de placer ante el espejo donde se acicalan de noche antes de salir de cacería. La gente se siente redimida con las desgracias de los demás. Contemplar desde este lado las tragedias de los otros consuela mucho. Las desdichas ajenas pueden incluso desarrollar nuestras lágrimas, pero en el fondo ayudan a soportar el infortunio que todo el mundo arrastra, y aunque la catástrofe de otros despierta nuestra compasión, también nos provoca una secreta alegría morbosa por habernos librado esta vez. Debido a eso, todas las desgracias son noticia. Para purgarse de la propia infelicidad, el público se convierte en un espectador sediento de sangre, y cada uno saca de la violencia el bálsamo de la piedad, la, atracción del sadismo o el remedio del dolor. Ante los tres cadáveres de esas niñas descuartizadas en una ceremonia sexual han, aflorado los posos más turbios del alma colectiva. Madres llorosas abrazaron a sus hijas que no habían caído en las garras del lobo; adustos labriegos pedían, venganza calderoniana; anónimos vampiros que parecían honrados padres de familia descubrían un abismo dentro de sí mismos; adolescentes con la cara llena de granos clamaban por la pena de muerte sin ahorrarse el vértigo del propio terror. El sacrificio de esas tres víctimas se ha convertido en una materia de consumo, pero frente a innumerables espejos hay ahora violadores nuevos y asesinos inminentes que se sienten excitados por ese espectáculo y sonriendo imaginan que ellos podrían superarlo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de enero de 1993