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Entrevista:

"No basta ser creyente; hay que ser creíble"

Después del comandante Cousteau, es el personaje más popular de Francia. Su nombre civil es Henri Groués, pero desde que combatiera en la Resistencia conserva su nombre de guerra: abad Pierre. Con 81 años, este religioso está al frente de Los Compañeros de Enimaús, una organización caritativa que cuenta hoy con 290 comunidades en 30 países y cuya política es dar de comer antes de evangelizar. En su opinión, Occidente debe ayudar al Tercer Mundo o terminará siendo invadido como lo fue el Imperio Romano.

Antiguo miembro de la orden de los capuchinos y ex diputado con De Gaulle, el abad. Pierre fue y sigue siendo marino mercante, poeta, teólogo, pobre e insurrecto en nombre de Dios contra la pobreza.

Pregunta. ¿Cómo se reconoce a un verdadero cristiano?

Respuesta. El auténtico cristiano fue Jesús, pero puede serlo cualquier hombre con tal de respetar una condición: pensar en los demás. Un basurero, un director de empresa o un esquimal pueden ser en su vida privada verdaderos santos. La santidad no consiste, en un calendario, en una lista de personas canonizadas y ofrecidas al público en adoración. Yo me escandalizo cuando constato que en esas listas no hay ningún padre o madre de familia.

P. Usted parece privilegiar una relación directa con Dios, sin pasar por la liturgia o las órdenes del Vaticano.

R. A partir del edicto de Milán y con el emperador Constantino, en el siglo IV, al asociarse la Iglesia de Occidente con el poder político pierde completamente su independencia. Comienzan los privilegios, y de mártires pasamos a ser privilegiados. La aristocracia se hace religiosa. Los príncipes son nombrados arzobispos, el Papa es proclamado rey y, con sus propios ejércitos, hace la guerra en nombre de los Estados pontificios. Eso supuso el comienzo de la decadencia. Aún hoy nuestra Iglesia sigue prisionera de ese periodo. Los signos exteriores de su triunfalismo y su vanidad constituyen una herencia muy pesada de soportar.

P. ¿Qué le parece la beatificación de Escrivá de Balaguer?

R. Ha sido algo muy chocante. Una torpeza enorme. Pues, si lo que se pretende es dar un ejemplo de los valores de la cristiandad, no me parece que ese tipo de nombramientos sean los más idóneos. Resulta inquietante la prioridad dada a los católicos influyentes, cuando habría que recordar que la primera misión de un cristiano es socorrer a los pobres. No es suficiente ser creyentes, hemos de ser también y, sobre todo, creíbles.

P. Usted suele repetir que "la política es el arte de convertir en posible aquello que es necesario". ¿Qué les falta a los políticos para entender la pobreza?

R. La definición no es mía, aunque me adhiero totalmente a ella. Por mi parte, yo añadiría: la política consiste, sea cual sea su ideología, en saber a quién se le toma el dinero y a quién se le da. La humanidad tiene delante de ella dos perspectivas: la vía del odio y de la muerte, que significa servir en primer lugar al más fuerte, o una vía de paz y de amor, que significa servir en primer lugar al más débil. Es preciso rechazar la idea de que el pez grande se come al pequeño, tomando la ley natural como modelo y guía del comportamiento social. Este razonamiento, tan frecuente, es falso. El ser humano dispone de una parcela de libertad que le permite optar por el servicio en lugar de la captura. No somos animales. En nosotros existe una pequeña nada de libertad que, como decía Pascal, nos hace ser más grandes que el universo, porque el universo no sabe que nos aplasta y nosotros sí.

P. ¿Qué piensa usted de la emigración en Francia?

R. La cuestión es muy sencilla. En 20 años los pueblos del norte de África habrán triplicado su crecimiento demográfico. Para ellos tener hijos es un modo de afirmar su identidad. Europa es un continente fértil y medio vacío. Un fenómeno de vasos comunicantes se producirá y seremos invadidos, tal y como lo fue el imperio romano.

P. ¿Qué propone?

R. Insistir sobre la terrible presión demográfica que nos amenaza. Ver el falso equilibrio que se ha creado entre el norte y el sur, y mostrar la única solución posible: o bien establecemos una negociación diplomática y duradera con esos países, ayudándolos económicamente, o bien estaremos minados por el fanatismo y el terrorismo, sin excluir, a la larga, el peligro de un chantaje atómico. Vivimos en una época en que jamás podremos ya decir, como antes, que no lo sabíamos. Los medios de comunicación nos informan de la realidad planetaria en un instante. Somos una generación única en la humanidad condenada a saberlo todo. Condenada a compartir nuestras riquezas si queremos sobrevivir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 8 de diciembre de 1992

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