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Tribuna:

Ortega y la 'edad de la melancolía'

Ya desde su temprana juventud parece haber habido en Ortega -en José Ortega y Gasset- un como embrujador y misterioso influjo de la melancolía. El 28 de abril de 1905 escribe a su padre desde Leipzig: "He visto que vas a dar una conferencia en el Ateneo sobre Alonso Quijano el Bueno.' ( ... ) Debes dar -creo- un barniz melancólico a toda la causerie, para lo cual se presta tanto la figura de Don Quijote, el cual pienso que ante todo es el Caballero de la Melancolía, y por eso, como todos los melancólicos, abre al dar con la realidad ojos tan asombrados. ( ... ) Yo veo en lontananza poblado el mundo de melancólicos que se moverán sobre la tierra con esa trágica y heladora y primitiva indiferencia con que se dejan ir las medusas cristalinas y fofas entre las ondas verdes del mar. (...) Pues bien: en el siglo XXVIII ( ... ) habrá los que se dedicarán al sport de la melancolía y esos irán a La Mancha a que ( ... ) un fonógrafo con una voz ideal, inhumana, voz de cristal y plata, de andrógino, les lea el Quijote, el Caballero de la Melancolía"...Algo más tarde, en febrero de 1907, desde Marburgo, prepara Ortega cartas a Unamuno -que al parecer no llegó a cursar- de las que son estos párrafos: "Esto, en mi opinión, constituye el cimiento del Quijote, libro que será el último que sigan leyendo los hombres cuando hayan aniquilado todos los demás. Cuando de la Edad Matemática, la Edad del Número, pasando por la Edad de la Idea, se llegue a la Edad de la Melancolía, agonía de la especie humana -los melancólicos del año 3000 se reunirán en torno a un fonógrafo, que con voz andrógina les leerá el cadencioso texto de nuestro libro. Y todavía sobre él se enardecerán". ... Veintitantos años jóvenes ... y apunte obsesionante de la melancolía, de eso que el propio Ortega y por entonces asimismo decía ser "lo que queda en el hombre cuando ninguna de esas cosas de placer o de agrado que le atan a la vida existen ya para él, cuando todas han perdido su verdor, su su gestión ... ; cuando todo eso falta, aún queda algo inodoro, insípido, maquinal, sordo, que nos hace vivirCon el tiempo, maduradas espléndidamente ya su vida y su filosofía, sólo toques ligeros en su obra a lo melancólico, y alusiones fugaces. El contraste es franco e intrigante, por tanto. ¿Por qué siente el joven Ortega, en su fáustica y vigorosa tendencia al mañana entrevisto de la humanidad, ese nostálgico doblar de campanas, y por qué no expone luego ese hundido sentimiento suyo para entregárnoslo con suficiencia y hacernos partícipes del fruto de su pensar sobre el futuro melancólico que, cuando él lo dijo -aunque fuera en años de ilusión y optimismo-, habrá sin duda de llegar algún día?... El por qué siente eso el joven Ortega radica acaso -y aquí no cabe más que especular- en una intuición racional y natural de la filosofía de la historia. Ortega yuxtapone la Edad de la Melancolía a la agonía de la especie humana. La novelística moderna -relativamente tan sólo ya- que intenta penetrar el mundo del futuro -Huxley y su Brave new world,- Orwell en su Nineteen eighty four; Bradbury con su Fahrenheit 451-, al intentar vislumbrar un mañana harto lejano, desemboca en un pesimismo melancólico y nostálgico como residuo insoslayable de la decadencia de las civilizaciones y del temido apocalipsis de nuestros tiempos y de los inmediatos de un mañana incierto siempre. ... Ya asalta con vigor esta pregunta inquietante: ¿es que en la decadente agonía o en la agónica decadencia de los pueblos, de las civilizaciones, de la especie acaso, es o ha de ser la melancolía el sentimiento dominante? Sí; probablemente no podrá haber otro más grave, como no sea la desesperación. Porque melancolía, aquí, parece ser algo de más enigmática consistencia que la implicada en ese poso nostálgico que dejan al irse las cosas que nos agradan. Yo diría que melancolía es la desazón que produce el desencanto del hombre ante la historia ida, desazón que se trueca imperceptiblemente acaso en escepticismo frente a la historia por venir. ... La historia -según Hegel al menos- es solamente la historia del espíritu, y el espíritu, el espíritu del pueblo -según Hegel también- perece en el goce de sí mismo, como el hombre perece por el hábito de vivir. El que los individuos en la historia se retraigan sobre ellos mismos y aspiren así a sus propios fines viene a resultar -para Hegel igualmente- en la ruina del pueblo, porque en ese retraimiento del espíritu brota el pensamiento como una realidad especial y surgen las ciencias. Así -y acabo con el recuerdo hegeliano- las ciencias y la ruina, la, decadencia de un pueblo, van siempre emparejadas.Me he preguntado a menudo si el joven Ortega se sentiría -consciente o inconscientemente- influido por las Lecciones sobre la filosofía de la historia universal del alemán, porque la Edad de la Melancolía sugiere tener su origen en eso que Hegel llama "ciencias" y que algunas generaciones después de él empezaron a denominarse "tecnología". Ésta, la técnica si se quiere, está dominando al hombre, condicionándolo de manera peculiar, desde el siglo XIX. En el siglo XX, esos dominio y condicionamiento han alcanzado alto grado influyente en exceso en la vida del hombre, del occidental sobre todo. El siglo XXI está llamando ya a la puerta con sugerencias de que, a su largo, tales dominio y condicionamiento de la técnica o de la tecnología sobre el hombre van a pasar subrepticiamente, y sin que el propio ser humano se percate en serio de ello, a ser indudable esclavitud. Ya se perciben síntomas de que tal sumisión ha llegado en parte: son los reflejos del hombre de hoy ante los estímulos del consumo exagerado y preponderante; de la propaganda despiadada impuesta por la fuerza del capitalismo oculto; de la opresión de cerebral alcance que se ejerce sobre el hombre por los media con los que hábilmente juega la sociedad para hacerse con él y obligarle a que lleve su vida por los cauces que la circunstancia de los tiempos -la circunstancia orteguiana del hombre de hoy- le señala como mandamiento inexorable. ... Esos dominio, condicionamiento, esclavitud, mañana, son de eminente raíz material, materialista. Al tomar tronco y rama de materia, el dominio, la esclavitud, oscurecen con sus sombras los palpitantes anhelos espirituales del hombre y ensombrecen y aminoran incluso, en su vibrar natural, el pulso intelectual de éste. La vida se materializa -como en aquellas visiones noveladas del futuro- y lo espiritual languidece en anonadamiento amargo. El sentimiento religioso, el de cualquier creencia, parece aletargarse en las masas, perder intensidad, desvanecerse... Y eso son pérdidas; pérdidas del ser del hombre, de cosas esenciales a él. Pueden muy bien ser aquellas que, en el decir del Ortega joven, dejan como poso la melancolía cuando se van.

La Edad de la Melancolía -de desear es que no sea la de la Desesperación- está insinuándose a sí misma querer llegar antes del siglo XXVIII. No es que esté a las puertas ya, pero mucho parece indicar que la Edad que corre, sea la que sea, camina hacia su ocaso más lígera de lo que se supone, porque da la impresión de que está desilusionada de la historia o que ésta se ha cansado ya de aquélla. ... Pero el optimismo histórico -se dirá-, el de que la humanidad progresa y se perfecciona, da la sensación de haber superado su pesimismo contrario, el de que "cualquiera tiempo pasado fue mejor", con lo que no se antoja en suficiencia congruente la tendencia del hombre hacia la melancolía histórica o el acercarse franco al mundo de la nueva Edad de la Melancolía. ... ¡Ah!, pero es que en esa Edad venidera habrá' de ser minoría el hombre melancólico que se acuerde de Don Quijote -o del Cid, que también era para Ortega paradigma del hombre del mañana lejanísimo- para salvar la inhumana o deshumanizada circunstancia que habrá de dominar al mundo si sigue en el progreso que le conceden los pensadores de hoy que se apoyan en el vertiginoso ascenso de lo científico y tecnológico desde hace unos doscientos años. ... La mayoría caerá probablemente en lo que ahora calificaríamos de desazón desesperanzada si hubiéramos de definir el sentimiento dominante con patrones de nuestra corriente hora. ... Y las edades históricas se nombran con indicación del ser de las minorías que fatalmente las rigen a lo largo de sus muchas o pocas generaciones.

En el Fahrenheit de Bradbury se habla de un "melancólico" que guardaba en su memoria, aprendidas palabra por palabra, las obras de un filósofo del pasado por todos los no melancólicos olvidado: de José Ortega y Gasset, como algún otro podía repetir frase a frase los Diálogos de Platón. ... Ya no había libros. En no recuerdo que visión del futuro de Orwell, acaso en Animal farm, un capitoste de la clase dominante en la sociedad del momento, fariseo en su fondo humano mal que bien, sacaba de un cajón escondido, para leerlo al verse solo, un libro antiquísimo, ejemplar único y desconocido de todos, que se llamaba o se había llamado Biblia o algo así. ... ¿Habrá el hombre de leer a hurtadillas y con exposición de su melancólico ser el Quijote o el hoy todavía famoso cantar castellano al cabo de unos cuantos siglos? ... O ¿se evadirá mañana el hombre de su entorno social desalmado para templar su melancolía oyendo solo y en sí mismo el benedictus de la Missa solemnis o el adagio de la Novena sinfonía de Beethoven? ¿Preferirá los cuatro últimos lieder de Richard Strauss, o El pastor sobre la roca, de Franz Schubert?...

La Edad de la Melancolía de Ortega puede estar para Occidente más cerca de lo que el hombre de esta artificial Edad Contemporánea pueda ser capaz de sospechar, y, no digamos ya, de pensar.

es almirante de la Armada española.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de noviembre de 1992