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49º FESTIVAL DE CINE DE VENECIA

Bigas Luna y su 'Jamón, jamón' provocan una intensa división de opiniones

La Mostra dormitaba en la tranquilidad de los justos y de los tontos. Desde hacía unos días desfilaban en orden de funeral películas con tristeza completamente alemana, filmes de amapola y Valium, tilas cinematográficas y sonoros bostezos en off, acordes con la calma chicha de este viejo balneario sin bulla ni pelea. Y en esto llegó Bigas Luna y Jamón, jamón y se alborotó el gallinero anestesiado. Se había colado de rondón en el Lido una auténtica zorra, la pura zorrería en su triple sentido ibérico de astucia, de puterío y de vida, pícara, zorruna.

ENVIADO ESPECIALLa Mostra despertó ayer con aires de pasodoble torero y olor a aceite, a ajo y a perfume espeso de burdel arriero. Y hubo auténtica bronca: desde el aplauso encrespado hasta el abucheo; desde el pateo al olé. Hubo controversia, vida. Todo indica que, gracias a Bigas Luna y su troupe, dentro de nueve meses nacerán más niños que de costumbre en Venecia.La cosa comenzó por la mañana con un cruel relato georgiano de precioso título: Valses sobre el río Pechora, dirigida por Lana Gogoberidge. Es una ilusión: de valses, nada. Ningún bordado, ningún encaje antiguo: esparto, tristeza a punta de pala, con fosas comunes estalinistas incluidas. Si bien se mira, la película es buena, pero hunde, machaca el ánimo con cosas ya vistas, aunque su horror sea inagotable.

Luego, mejor todavía: una película finlandesa que convierte al pesimismo de los hermanos Kaurismaki en una jota festera. Se titula El pozo, la dirige Pekka Lehto, y es literalmente terrible, lo que nada dice contra su calidad, que es altísima y puede proporcionarle algún premio. Este es, en brocha gorda, el arranque de palo: una noche, ante los ojos pasmados de su hijo mayor de ocho años, una joven campesina finlandesa arroja al pozo de su labranza a sus otros dos hijos, dos criaturas rubias que da gloria verlas. Pues bien, este es el aperitivo de un dramón de proporciones galácticas, que convierte a la pesadumbre de Unamuno y a la melancolía de Kierkegaard en frutos de la alegría de la huerta. Nos hizo polvo. A media tarde, la salida de la sala Perla parecía la escuálida y desolada procesión del funeral de un cura huérfano y sin parroquia.

Carcajadas

Y en esto llegó Jamón, jamón, y las carcajadas estallaron de pronto incontenibles, llenas de ganas de salir del pudridero en busca de aire libre. Y hay aire libre a raudales en la película de Bigas Luna, Anna Galiena, Javier Bardem, Stefania Sandrelli, Juan Diego, Penélope Cruz y compañía. Es irregular, pega continuos bandazos, como una canoa a la deriva, pero cuando sube a la cresta de sus olas alcanza la memorable. Sus baches se olvidan, pero sus momentos de disfrute quedan pegados a la memoria.La controversia fue viva y generalizada. A la salida, los alrededores del casino se llenaron de corrillos de disfrutadores o de indignados. Pero sobre nadie resbal6la astuta sesión de gastronomía sexual orquestada por este cineasta ibérico de pura cepa, que es el catalán Bigas Luna. El inicio de la película es soberbio: la descripción sintética, en una sola toma, del escenario y del tótem taurino donde va a ocurrir su menage a seis, no tiene desperdicio. A partir de ahí la película sube y baja como un tobogán. Marea, por ello.

Está Jamón, jamón, lejos de la perfección. Uno ríe con el tragedión y observa que la carcajada es compartida. Pero al final, en medio de ese páramo abstracto tan primorosamente acotado por la cámara de Bigas Luna, éste se pone serio y muchos de los espectadores que reían con la libertad y el rebuscado exceso del trenzado de personajes, comienzan a reír contra la película, a reírse no con ella, sino de ella. Se le va el sentido del tacto a Bigas Luna cuando su menage a seis se convierte en una piedad amañada que no es la de Miguel Angel, ni la de Buñuel, ni la de Berruguete, porque en realidad no es de nadie.

Bigas Luna fuerza la composición más allá de lo que el hilo emocional del espectador no cómplice le permite, y la pantalla, convertida de pronto en ámbito de una artificiosa solemnidad, no genera una mutación en el ánimo del espectador, que sigue partiéndose de risa cuando ya no tiene que hacerlo. Y en la encerrona de la sala asomó el hocico de la rechifla en muy mal momento: justo al final, cuando nada hay después que pueda remediar el penoso entuerto. Pese a este grave error de las cautelas de Bigas Luna, Jamón, jamón se sostiene muy arriba. Es por momentos gran cine y siempre cine distinto a cualquier otro. Puede y debe tener su parte en el pastelito final de los premios. En la multitudinaria conferencia de prensa, la más animada de esta Mostra, algo se mascaba. Pero la película tiene enemigos encarnizados y, aunque seguro que cuenta con el apoyo del presidente del jurado, Denis Hoper, puede irse de vacío. Ese su aludido final le perjudica ostensiblemente, así como algunas de las complicidades que maneja dentro de la frondosidad de la mitología sexual ibérica, que no las cazan ni siquiera los italianos.

Hermosa bronca: alegre, viva, llena de pequeña alma, de almeja, la que armó ayer en el Lido el buen degustador de la vida que es Bigas Luna.

Él preparó el terreno horas antes del escándalo, informando a finlandeses y sucedáneos de cosas como estas: "Amo a las putas. La película trata del puterío. Una puta me reveló el amor. No he vuelto a ir de putas, por eso voy a los puticlubes y siento de cuando en cuando deseos de meterme en la cama con una puta sentimental. Siento mucho cariño y mucho respeto por estas maravillosas mujeres".

Y prosigue: "Amo a las putas y amo comer. Amar y comer son cosas imprescindibles y complementarias para nosotros, los españoles, y Jamón, jamón es un himno a este gozo. Amo a las mujeres mediterráneas, porque saben dar de comer, y sobre todo porque mientras comemos hablan de comida. Esto es imposible que lo entienda un anglosajón: el amor y la belleza se disfrutan comiéndolos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de septiembre de 1992