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Entrevista:

"La cultura española no está enraizada en el país"

Luis de PabloMúsico El 28 de enero, cuando Luis de Pablo estrenó su obra Antigua fe, se producía una coincidencia: el compositor cumplía 62 años. El estreno de esta última obra suya tuvo efecto en el marco de Madrid Capital Europea de la Cultura. Una coincidencia similar, tal como está la programación de la música en España, dice De Pablo, es bastante improbable, "aunque no puede descartarse que la obra vuelva a ponerse en el año 2030, cuando se celebre mi centenario". Relajado, seis años después de haber sufrido un infarto que le permite ahora decir no a muchas cosas, el músico bilbaíno habla de la cultura española. "Para mí", dice, "no está verdaderamente enraizada en el país".

Pregunta. Usted tiene 62 años. Parafraseando un poco el título de la novela de Cortázar, ¿ésta es una edad para armar o ya está todo completamente constituido?Respuesta. Yo creo que no se está constituido nunca. Yo no me siento constituido; otra cosa es que los demás me vean como tal. Cada vez que escribo una obra o tomo una decisión, los problemas que se me presentan siguen siendo aquellos que se producían cuando yo tenía 20 años.

P. ¿Y cuáles son esos problemas?

R. Justamente el principal es el de tomar decisiones y elegir entre las distintas expectativas. Yo me he equivocado muchas veces aceptando o rechazando cosas, y eso me puede seguir ocurriendo. Soy una persona que ha de frenar inmediatamente que toma la primera decisión porque me pesa más el poder emotivo que el poder de reflexión. Tengo que contar hasta cien para no equivocarme demasiado.

P. ¿Cree que en este país se cuenta muchas veces hasta cien?

R. En muchos casos es evidente que no. Pienso que los que cuentan hasta cien tienen muchas posibilidades de equivocarse algo menos desde el punto de vista de su propia conveniencia. Un hombre que contaba hasta cien, sin duda ninguna, era el general Franco, que ejecutó a un legionario insubordinado 24 horas después de haber cometido la ofensa. Con su propia pistolita. En frío.

P. ¿Qué consecuencias tiene en la vida española esa falta de duda que se produce a la hora de tomar decisiones?

R. Tiene una muy desagradable: la de tomar decisiones apresuradas muy frecuentemente, y sobre todo que a la gente se le caliente la boca, que se diga mucho más de lo que se piensa decir. No es casualidad que en este país se haya acuñado el dicho de que donde se quería decir digo, se diga Diego. Eso está pasando sin parar y agria la convivencia de una manera incalculable. En el fondo no es gran cosa, son picaduras de mosquito, pero ya resultan endémicas y lo crispan todo. A veces pienso si eso no será querido, algo que ya forma parte de nuestros, instintos. A lo mejor si viviéramos en un ambiente tan relajado como en el norte de Europa seguramente encontraríamos este país tremendamente aburrido.

P. ¿Usted se siente cómodo en este país?

R. En muchos aspectos, sí. Pero no creo que sea porque piense que es un país mejor, sino porque soy de aquí. No dejo de darme cuenta de que para vivir cómodamente, valga la aparente paradoja, hay que aceptar una buena dosis de incomodidad.

P. ¿Cuáles son las incomodidades españolas?

R. La primera quizá sea esta especie de esgrima verbal: la maledicencia, el deseo de brillar y de ser ingenioso con lo que es más fácil, las debilidades del vecino. Otra incomodidad que me irrita es que, como consecuencia de una historia muy cargada, este país sea tan cobarde y mediocre desde el punto de vista intelectual: se conforma con aparentar, no con ser. Yo participo de esos fallos y me cabreo mucho cuando lo noto. Hay una tercera condición que abomino de nuestro país: el profundo desinterés por la propia herencia.Eso evidencia una profunda desconfianza del español respecto de sí mismo y también un desprecio con relación a lo que este país ha hecho.

P. La cultura siempre ha sido su punto de conflicto con la vida española. ¿Qué le pasa a la cultura española?

R. Desde mi punto de vista, creo que la cultura no está enraizada en el país. Nuestro país apenas ha tenido otra cultura duran te muchísimo tiempo que la cultura popular. Y desde el siglo XVIII, esa cultura ha sido deleznable: no puede compararse el romanticismo alemán con el romanticismo español, que ya es de recuelo. Yo creo que lo que podríamos llamar la gran cultura deja de cumplir su función colectiva y no llega a modernizarse. El pueblo, por otra parte, ha perdido su cultura también, que se ha visto sustituida por otra, igualmente de recuelo, procedente en gran parte de Estados Unidos. Eso es bastante aberrante. Aún no se ha hecho él esfuerzo de incorporar nuestra cultura tradicional a nuestro país. No sé cómo se hace, pero sé que hay que hacerlo: es una obra de titanes. No se olvide que los detentatores de una cultura popular española perdieron la guerra, y aquella cultura a la que ellos pertenecían no podía seguir haciéndose desde el exilio. No se pueden cantar jotas en Düsseldorf ni conservar nuestro glorioso romancero en Manchester.

P. ¿Usted cree que ese proceso de desculturización ha podido conducir a la trivialización?

R. En efecto. Pero es más grave la indefensión que se ha producido. La gran mayoría del pueblo español ha padecido muy profundamente el desarraigo de su propia cultura. Por eso hay tantos escritores jóvenes, por ejemplo, que se unen más a la tradición inglesa que a la española. Hoy estamos tan alejados de la tradición española como podíamos estarlo de la china.

P. ¿Da vértigo la situación musical española de hoy?

R. Al contrario. Está mejorando de una manera fulminante. Que todo sea positivo es imposible. Pero se está aumentando la vida musical: se está variando el menú y se está aumentando la ración. Se están creando vehículos de difusión musical y se ha cobrado conciencia de que la música tiene que estar en la base de la educación del ciudadano medio. Esto es nuevo y puede hacer desaparecer esa idea absurda de que se puede escuchar música de fondo. Es como hacer el amor de fondo: no se puede.

P. Extraña ver a Luis de Pablo optimista.

R. No lo crea. Lo soy por temperamento, pero cuando me pillan un dedo o me pisan un callo, me fastidia y lo digo. Y hay veces en que uno se desanima al ver que, al cumplir los años, las cosas siguen siendo como hace 20. Y lo que más me molesta es que en este país se siga apoyando la cultura en función de criterios de rentabilidad: se subvenciona aquello que no lo necesita. Eso es lo que me pone pesimista.

P. Usted vive en el mismo edificio que un cantante muy popular, Joaquín Sabina. ¿Cómo convive usted con las otras formas de la música?

R. Depende de cuáles. Hay algunas por las que tengo simpatía y otras por las que no siento simpatía alguna porque son meros fenómenos comerciales que sirven intereses que nada tienen que ver con la música. Me refiero a casi toda la música comercial, que no puede moverse de un repertorio expresivo limitadísimo. Es un caso internacional que ha nacido. en los países anglosajones. España es un satélite. Ha tenido consecuencias tan negativas que ha impedido que la gente aprenda a escuchar música, porque ha creído que, en efecto, la música puede ser como un ruido de fondo.

P. ¿Hasta cuándo se va a decir de usted que es un músico de vanguardia?

R. Pues hasta que se enteren de que soy otra cosa. Es como si todavía me vieran con pantalón bombacho. Ni siquierajoven: ¡62 años! Si me comparan con las pirámides de Egipto probablemente sea joven.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 26 de febrero de 1992

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