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Editorial:

La antecámara

LA DECISIÓN de Suecia de presentar su candidatura al ingreso en la Comunidad Europea (CE) evidencia la rapidez con que está madurando, incluso en países ayer muy reacios, la necesidad de la integración europea. En la antecámara de la CE ocupan ya un lugar otros países, pero el caso de Suecia es diferente al de Turquía o los Estados ex comunistas del Este continental: por su asentada tradición democrática y su alto nivel de desarrollo, Suecia reúne las condiciones para una integración rápida. Los suecos han permanecido hasta ahora ajenos al proceso de unificación política a causa de su voluntad, casi obsesiva, de mantener una escrupulosa neutralidad entre los bloques. Pero el fin de la guerra fría vacía de contenido esa voluntad, y de ahí el viraje de la socialdemocracia, antes campeona de la reticencia.Ahora existe un amplio consenso, del que participan conservadores y liberales, y que sólo rompen los muy minoritarios ex comunistas y verdes. Este giro de la política de Estocolmo demuestra la fuerza de atracción que se ha ganado la CE. Aquí no se trata de un país atrasado o de los países del Este, sumidos en una transición penosa y que buscan una tabla de salvación. Lo llamativo en este caso es que se trata de un país con altas cotas de competitividad en la industria moderna y con un nivel de vida de los más altos de Europa. Si ahora llama a la puerta de la Comunidad es que, en esta fase histórica de avanzada interrelación de la economía mundial, la integración en un conjunto europeo es una tendencia que se impone a los débiles y a los fuertes.

Por otra parte, la demanda de Suecia tiene lugar en vísperas de que el mercado único entre en funcionamiento, y cuando dos conferencias intergubernamentales -la política y la económica- preparan pasos decisivos hacia la unidad política y la monetaria. El criterio a aplicar parece bastante obvio: por un lado, no retrasar en modo alguno el procedimiento en marcha hacia una CE más integrada, con mayores competencias en diversos órdenes de las que tiene actualmente. Y a la vez, iniciar la negociación para fijar las condiciones concretas del ingreso sueco, proceso que exigirá inevitablemente cierto tiempo.

La nueva actitud de Suecia invita a reflexionar sobre un problema más general: el futuro de la unidad europea. Ésta no puede ser concebida como propiedad privada de los 12 socios actuales. El hundimiento de los regímenes comunistas ha determinado que numerosos países del Este quieran incorporarse al proceso de construcción política de una Europa democrática e integrada. La perspectiva de una apertura indiscriminada, que pusiera en riesgo acuerdos costosamente logrados, no es realista; pero tampoco lo es una negativa sin alternativa. De ahí la hipótesis del desarrollo de dos proyectos paralelos sí que parece abrirse camino: uno, el de culminación de la integración de los Doce; otro, del conjunto del continente, articulado en torno a la Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa. Pero dos proyectos conectados entre sí de alguna manera.

Ésa ha sido una de las lecciones de la reunión de personalidades de la cultura, la política y los negocios convocados en Praga por los presidentes Mitterrand y Havel en torno a la idea de la confederación europea. En ella ha quedado claro que los países del Este desean no tanto proyectos acabados para el futuro como la oportunidad de participar en los organismos europeos realmente existentes hoy. Lo que indica la necesidad de avanzar en acuerdos tal vez más modestos, pero susceptibles de encauzar esa aspiración.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de junio de 1991