Crítica:JAZZCrítica
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La herencia de Nueva Orleans

El patio de los saxos altos es uno de los más concurridos y animados de la comunidad del jazz. En él se discute ardientemente para ver quién guarda mejor en la memoria los ecos de la voz de aquel vecino ilustre, Charlie Parker, que revolucionó las reglas de la tertulia tradicional hasta conseguir que los viejos temas de siempre se comentaran cada vez de manera diferente. Donald Harrison ha coincidido en Madrid con Peter King y se ha adelantado a Bobby Watson, que actuará al frente de su 29th Street Saxophone Quartet, en el Festival de San Isidro. Tres saxofonistas de diferentes orígenes y grados de popularidad, pero de común y sobrada autoridad para llevar la voz cantante en cualquier debate sobre el futuro de su instrumento.Harrison es el más joven de los tres, aunque, como proviene de la vieja Nueva Orleans, ha ido alcanzar rápidamente conseguido alcanzar rápidamente la la madurez. Su concierto de Clamores Jazz fue sorprendente. Se esperaba que trajera su colección de saxofones y sólo tocó el alto; se sospechaba que aprovecharía. la ocasión para aportar composiciones propias e interpretó exclusivamente archiconocidos temas ajenos. Guardó el protocolo para presentarse con Now's the time y despedirse con Bye, bye, blackbird, pero, entre medias, intercaló música flexible tratada de manera nada formalista, como el infrecuente homenaje que rindió a Professor Longhair, o los pinitos vocales que se atrevió a hacer sobre el clásico Shake rattle & roll. Con ello le bastó para demostrar que el jazz no es el único invento atribuible a su ciudad.

Donald Harrison Quartet

Donald Harrison (saxo alto), Cyrus Chestnut (piano), Phil Bowler (contrabajo) y Bruce Cox (batería). Clamores Jazz. Madrid, 12 de mayo. Suplemento actuación: 800 pesetas.

Tratamientos

Por sus discos junto a Terence Blanchard se sabe que es capaz de teñir el bebop con sesudos matices cultos, pero esa es solo una de sus habilidades porque también domina la vena extrovertida, directa y cálida, que aprovecha para saludar sin prejuicios piezas tan frecuentadas como Caravan o Summertime; clásicos peligrosos que se convierten en trampas mortales para músicos sin talento.

El grupo acompañante respondió con bravura a las acometidas de Harrison. Bruce Cox lució gesto cadencioso y algo teatral de batería antiguo, aunque, cuando vio zapatear y hacer molinetes con la mano a su impaciente jefe pidiendo más fuerza se entregó a la tarea con tesón encomiable. Cyrus Chestnut, pianista de inmensa humanidad, recuerde, por su aspecto a los viejos paladines del blues y del boogie-woogie, pero su música, parca en notas y generosa en swing, proyecta hacia el pianismo total del futuro. No es de extrañar que sea amigo inseparable de Harrison: los dos dialogan apoyados en la misma barandilla del patio de vecinos del gran jazz.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0013, 13 de mayo de 1991.