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Tribuna:

La huella de Pérez Sánchez

La reciente toma de posesión de Felipe Garín como nuevo director del Museo del Prado, en sustitución de Alfonso Pérez Sánchez, destituido en febrero por firmar un manifiesto de altos cargos del Ministerio de Cultura contra la guerra del Golfo, siendo ministro Jorge Semprún, significa una nueva etapa de la primera pinacoteca. En esta página se ofrecen dos reflexiones en torno al futuro del museo. Una de ellas procede de un crítico de arte y catedrático, que plantea el problema del modelo de gestión, como un servicio cultural o como una empresa rentable. La segunda, de un hispanista e historiador del arte, recuerda la herencia de Alfonso Pérez Sánchez, director desde 1983.

La administración de Alfonso Pérez Sánchez del Museo del Prado estuvo marcada por la polémica y acabó en controversia. Pero esas circunstancias no deben hacemos olvidar los logros de su mandato. Cuando fue nombrado director en 1983, el Prado empezaba a ser un museo moderno; cuando salió precipitadamente en febrero de este año, el Prado se había convertido en uno de los principales centros europeos de las artes visuales.En ciertos aspectos, su logro más importante no fue precisamente el más profundo. Me refiero, claro está, a las grandes exposiciones temporales, que culminaron con la ya legendaria Velázquez de 1990. Al igual que todas las exposiciones de ese tipo, también éstas consiguieron atraer la atención del público hacia los grandes maestros de la pintura antigua y contribuyeron a promover la democratización del Prado, que era una parte importante de su programa.

Pero, al menos para un historiador del arte, la mejor parte de la labor de Pérez Sánchez se hizo entre bastidores. La grandeza del Prado -y pocos se atreverían a poner en duda que es el museo más importante del mundo en pintura europea- radica en sus colecciones esmeradamente reunidas a lo largo de 500 años.

Es un hecho evidente que el cuidado de las colecciones es la primera y más importante responsabilidad del director de un museo. En relación con los museos, el término cuidado comprende tres aspectos esenciales: preservación, investigación e instalación. En los tres aspectos, Pérez Sánchez hizo importantes contribuciones.

El programa de preservación empezó con polémica, cuando John Brealay, entonces restaurador jefe del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, fue invitado a limpiar Las Meninas. A pesar de los violentos ataques de varios sectores, Pérez Sánchez persistió e invitó a Brealey a supervisar los trabajos del taller de restauración del Prado e introducir nuevos procedimientos. Desde entonces, el cualificado personal del museo ha restaurado calladamente muchas de las obras maestras del Prado, y con unos resultados sorprendentes. La campaña de limpieza y restauración de las obras de Velázquez, ya casi finalizada, es un triunfo indudable. El aspecto de esas pinturas se ha transformado, permitiendo que especialistas y público en general puedan apreciar aspectos del arte de Velázquez que no eran visibles desde el siglo XVIL Además, Pérez Sánchez animó el trabajo del gabinete técnico, dirigido por esa consumada científica que es Carmen Garrido, cuyos resultados han mejorado considerablemente nuestros conocimientos de cómo los viejos maestros elaboraban sus pinturas.

El resultado más importante del trabajo de investigación es el Inventario general de pinturas,del cual se publicó el primer volumen el año pasado. Por complicadas razones históricas, nunca se hizo un inventario exacto de las posesiones del Prado, a pesar de lo fundamental que sería un documento así. Corrieron rumores, con frecuencia nada favorables, sobre la dispersión del Prado que ahora se pueden disipar. Por primera vez en la historia, los españoles pueden sabe qué pinturas pertenecen a su primera pinacoteca.

También se avanzó mucho en la reinstalación de la colección aunque Pérez Sánchez se fue antes de poderla terminar. Para alguien que como yo conoce el Prado desde finales de los años cincuenta, el atractivo, iluminación y coherencia de las nuevas instalaciones son impresionantes. También son de notar otras mejoras, especialmente en la educación pública. Creo, por tanto, que es justo conceder a Pérez Sánchez el crédito que merece por haberse dedicado al Prado y al público de una forma tan plenamente profesional.

Su marcha, como es natural, plantea la cuestión de un sucesor, y como forastero no tengo nada que decir sobre el tema, excepto en términos muy generales. El programa de Pérez Sánchez para el Prado se basaba en su gran conocimiento de la pintura europea, especialmente de la española, y su enorme respeto a la colección. El Prado como institución no puede separarse del Prado como colección. Pérez Sánchez llevó la gran vieja nave del atracadero a las profundas aguas de la vida cultural española. Respaldado por el creciente interés del público por las artes visuales, el Prado ganó reputación y ahora atrae a muchos sectores sociales que antes estaban poco interesados en lo que tenía que ofrecer. Mi mayor deseo, como estudioso y amante del arte español, es que el nuevo dlrector o directora conozca, comprenda y respete el inapreciable contenido del Prado y se dedique a él con la misma devota entrega que Alfonso Pérez Sánchez.

Traducción: Leopoldo Rodríguez Regueira.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 7 de mayo de 1991