El día que los culés se lamentaron: “¡Hasta Paniagua las mete!”
Muere Vicente Paniagua a los 78 años, jugador de baloncesto del Real Madrid de los setenta, chico para todo en la cancha y un compañero excepcional fuera de ella

13 de Marzo de 1977. El Barcelona llega invicto al Pabellón de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid. El título de Liga se decide en ese partido, donde el Madrid tiene que remontar los 19 puntos de ventaja que traía el Barça del partido de la primera vuelta jugado en el Palau. El histórico dominio blanco era apabullante, pero empezaban a llegar señales desde Barcelona de que aquello podía cambiar en cualquier momento.
Ese día llegó, pero años más tarde. En un ambiente cargado de pasión y humo de cigarrillos, el Madrid abrumó como nunca a los azulgranas. La paliza fue tremenda, 60 puntos de diferencia (138-78). Brabender, Walter, Rullán, Cristóbal… no tuvieron piedad alguna con sus archirrivales. Tamaña diferencia posibilitó que todos los que estábamos en el banquillo tuviésemos la oportunidad de jugar unos minutos. Entre los suplentes se encontraba Vicente Paniagua, fallecido este domingo a los 78 años, un histórico de los setenta que un par de meses después se retiraría del Madrid y del baloncesto.
Estaba claro que Pani, por pocos minutos que tuviese, no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer lo de siempre. Al primer balón que recibió le dio aire y encestó. El partido lo estaba retransmitiendo Televisión Española (audiencia millonaria, no había más cadenas) y José Félix Pons era el narrador. Culé confeso, su desesperación ante lo que estaba ocurriendo era tal que desde lo más profundo de su alma soltó esta frase llena de impotencia y resignación: “¡Hasta Paniagua las mete!“.

Pues sí, Vicente, Vicen o Pani, las metía. Lo hizo con frecuencia suficiente como para pasarse más de una década en el Real Madrid. También defendía sin ser un especialista, usando más la cabeza que las piernas. Y más cosas. Pero si en la pista su aportación como jugador de refresco, sumador de intangibles o chico para todo, le hicieron importante durante muchas temporadas, era en otras tareas grupales menos relacionadas con el juego donde su valía se multiplicaba.
Porque por encima de todo, Pani era un buen tío. Un ser de luz, que se dice ahora. Amable, afable, cariñoso, socarrón, amante de la buena vida, de las sobremesas, de disfrutar con los amigos. No le recuerdo enfadado, ni tampoco agrio. Gente así nunca sobra. Ni en un equipo ni en la vida. Además de su enorme calidad humana, fue lo suficientemente inteligente como para entender perfectamente su papel, cuya mayor parte se desarrollaba fuera de los focos.
En el Madrid de los años setenta se cuidaba y valoraba tanto lo profesional como lo personal. No solo se competía, sino que también se formaba. Los jugadores, según cumplían años en el club, iban adquiriendo responsabilidades educativas para con los jóvenes que aterrizábamos. Yo tuve la suerte de encontrarme con el magisterio que ejercían gente como Vicente Ramos, Cristóbal, o el propio Vicente Paniagua. Siempre accesibles, dispuestos a cuidar, formar y proteger, incluso sabiendo que ese joven al que dedicaban su tiempo y conocimientos en poco tiempo les iba a terminar quitando el puesto. No sé si les podré agradecer lo suficiente lo que hicieron por nosotros.
Pani ya no seguirá dando lecciones, pero puede descansar tranquilo porque han sido más que suficientes. Nos abandona discretamente, como no podía ser de otra forma, dejando una profunda tristeza en todos aquellos que tuvimos la suerte de conocerle. Ya no habrá más viajes con el Madrid en la Euroliga, ni comentarios en la tele teñidos de blanco, ni tertulias sobre lo diferente que es el baloncesto de hoy en día, ni esa copita de vino de Alcázar que está tan rico. Tampoco habrá más partidos de veteranos en los que hasta rondando los setenta era capaz de salir a la pista cinco minutitos para lanzar todo lo que le llegaba. Y fíjate qué cosa. Muchos de esos tiros, como aquel día en la ciudad deportiva, “hasta” los metía. Buen viaje Pani y gracias por todo.
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