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La URSS y Japón

La visita de Gorbachov a Japón en estos días, esperada desde hace meses, anunciada y después pospuesta, ¿logrará sellar la reconciliación soviético-japonesa, completando las tareas iniciadas en 1989 y 1990 en el otro extremo del continente euroasiático?En su historia común, Japón y el imperio ruso siempre han estado en conflicto. Su rivalidad por controlar Manchuria y Corea provocó la guerra de 1905. La competencia entre los dos Estados culminó en 1936, con el pacto nipón-alemán, destinado a "luchar contra el comunismo internacional". Sin embargo, en 1941, Japón firmó un tratado de neutralidad con la URSS para poder concentrar su atención en China y Estados Unidos. El 9 de agosto de 1945, tres días después de Hiroshima, el mismo día de Nagasaki, Moscú declaró la guerra a Tokio e invadió los territorios del norte de Japón. Al Firmar el tratado de San Francisco con los aliados (excepto los soviéticos), el 8 de septiembre de 195 1, Japón reconoció la pérdida de la isla Sajalin y de la cadena de las islas Kuriles, que une Hokkaldó a la península de Kamchatka, pero la redacción de ese tratado era ambigua en cuanto a los límites geográficos de las Kuriles.

Debido a esto, Japón nunca aceptó la pérdida de las cuatro islas del extremo meridional de esta cadena, cuyo conjunto constituye los territorios del norte: Etorofu (3.139 kilómetros cuadrados), Kunashiri (1.500 kilómetros cuadrados), Shikotan (250 kilómetros cuadrados) y Habomai (102 kilómetros cuadrados). Basándose en tratados con Rusia que datan de 1855 y 1875, los japoneses consideran que esos territorios forman una prolongación natural de Hokkaidö).

Las relaciones diplomáticas entre Japón y la URSS fueron restablecidas en 1956, pero el contencioso sobre los territorios del norte bloqueó todo acercamiento sustancial entre ambos países. En los años seenta, los japoneses hicieron ciertas aperturas hacia la URSS, con el fin de intercambiar las islas por una ayuda al desarrollo de Siberia. Pero no tuvieron éxito.

Esos territorios tienen un alto valor estratégico para los soviéticos. Si perdieran las islas de Etorofu y Kunashiri, sus submarinos podrían quedar bloqueados en el mar de Ojotsk. Por razones geográficas, la URSS no tiene ningún otro medio para escapar al control de las potencias vecinas. Entre 40.000 y 50.000 súbditos soviéticos, de los cuales 10.000 son militares (el equivalente a una división, con tanques, artillería, sistemas antiaéreos, helicópteros de combate, Mig 23, buques de patrulla, etcétera), viven en esas islas. Probablemente, no queda nada de la población de origen nipón. Para los japoneses, los territorios tienen esencialmente un valor emocional. Centenares de miles de individuos van cada año en peregrinación al norte de Hokkaidó para dejar constancia de ello. Por otra parte, no son desdeñables los temas del derecho de explotación de la plataforma continental de las mencionadas islas y del ejercicio del derecho de pesca en sus aguas.

Muchas cosas han cambiado desde 1989. En septiembre último, Edvard Shevardnadze dijo en Tokio que podría ser considerada una eventual reducción de la presencia soviética en las cuatro islas en el marco de las discusiones más amplias sobre la seguridad en la región. Propuso además una serie de medidas destinadas a reducir las tensiones militares entre los dos países: apertura de un diálogo nipón-soviético sobre temas políticos y militares, visitas de delegaciones militares, escalas de navíos, envíos de observadores. Tokio, por su parte, aceptó el principio de conversaciones bilaterales globales sobre seguridad, sin esperar la solución del problema de las Kuriles.

En septiembre de 1990, poco después de la visita de Shevardnadze, Tokio suprimía de su Libro Blanco sobre la defensa la referencia tradicional a la amenaza soviética. Este punto es tanto más importante cuanto que había constituido, en los 10 años precedentes, la principal justificación para el aumento del presupuesto de defensa y la pertenencia de Japón al sistema de seguridad occidental. El informe indica, sin embargo, que la partida destinada a gastos militares debe ser mantenida, pero más para "evitar un vacío en la región" que para "rechazar directamente una amenaza militar". Por otro lado, fuentes soviéticas autorizadas hacían saber que el tratado de seguridad mutua nipón-estadounidense de 1960 no constituía ya una amenaza.

A continuación de la visita de Besmértnij a Tokio, a finales de febrero, declaraciones del secretario general del Partido Liberal Demócrata, Ichiro Ozawa, dejaron entrever una posible transacción basada en la restitución en dos etapas de las cuatro islas y, a modo de compensación, una asistencia económica por un monto comprendido entre los 21.000 y 28.000 millones de dólares. Se trataría, en suma, de rescatar los territorios de un modo similar al que emplearon los alemanes al pagar un tributo por su reunificación. La ayuda económica estaría destinada principalmente a proyectos de explotación de los recursos naturales (gas natural y petróleo) del extremo oriente soviético (Sajalin) y a la construcción de plantas petroquímicas.

El deal es, sin duda, tentador para Gorbachov, pero las dificultades del régimen soviético podrían constituir un obstáculo. El presidente de la URSS debe hacer frente a la reticencia de los militares y de los conservadores, de los que se ha convertido en rehén y que no tiene ciertamente ganas de crear un precedente susceptible de acelerar el cuestionamiento de otras fronteras resultantes de la II Guerra Mundial (tierras anexionadas por la URSS en Polonia, en Rumania y en los países bálticos). Otro obstáculo lo constituye Yeltsin; las Kuriles forman parte de Rusia: todo cambio de fronteras en Rusia debe ser aprobado por referéndum, de acuerdo a la declaración de soberanía de esta república, de 1990. Yeltsin reivindicó ese territorio el 8 de febrero pasado, y el 18 de marzo los habitantes de las islas votaron a favor de permanecer en la Unión.

Los japoneses se sienten molestos frente a las antinomias de la infernal pareja Gorbachov Yeltsin. Sin embargo, desean que las cosas se muevan y reequilibrar sus relaciones tanto con respecto a Rusia como a China. Saben que, antes o después, el problema de la reunificación de Corea habrá de plantearse. Dentro de algunos años Japón estará rodeado por un considerable poder económico potencial y por las tres grandes potencias nucleares del Pacífico: Estados Unidos, China y Rusia (o quizá, aún la URSS).

No hay que subestimar la dimensión estadounidense del problema. Las tensiones comerciales entre Japón y Estados Unidos perduran. A pesar de los 13.000 millones de dólares (de los cuales, un cheque por 9.000 millones fue para el Tesoro norteamericano), que se han visto compelidos a desembolsar para la guerra del Golfo, que no era en realidad la suya, los japoneses se consideran ignorados e incluso despreciados. Un reciente sondeo de ABC News y del Washington Post indican que su actitud en esta crisis sólo les ha valido la estima del 19% de los norteamericanos y la pérdida, en cambio, de un 30% del respeto de sus propios ciudadanos. Japón se resiente de ser mantenido a distancia de las maniobras políticas en Oriente Próximo. Teme padecer las consecuencias de una nueva pax americana.

A decir verdad, la irritación de los japoneses ante los estadounidenses no deja de aumentar. Algunos estrategas nipones no dudan ya en hacer notar que apenas una de todas las divisiones norteamericanas emplazadas en su país está afectada a la defensa de una zona que se extiende desde el oeste de Hawai hasta El Cabo. ¿Por qué entonces, se preguntan, tienen que permanecer los norteamericanos entre ellos y en nombre de qué se permiten multiplicar las presiones para hacer pagar la factura de esa permanencia a los contribuyentes japoneses?

Como siempre, las reacciones japonesas privilegian la libertad de maniobra a largo plazo. A corto plazo, ésta queda tanto más limitada cuanto que la opinión pública japonesa es netamente recelosa y pacifista. Desde hace años, la política exterior del Imperio del Sol Naciente apunta a aumentar su margen de autonomía política y económica. En lo inmediato, Tokio no puede ni quiere hacer nada que pueda inquietar a Estados Unidos. Esa es, por otra parte, la principal razón de que aceptara pagar el enorme cheque para el Golfo. En cuanto a los proyectos siberianos, los japoneses ponen mucho cuidado en destacar que desean asociar a los norteamericanos a lo que, según dicen, no es otra cosa que una contribución a la muy occidental operación de salvamento de la perestroika.

Pero no debemos equivocarnos. El deshielo entre la URSS y Japón se producirá antes o después, y sólo dejará ver muy lentamente todas sus consecuencias.

es director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales.Traducción: Jorge Onetti.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 18 de abril de 1991.

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