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Editorial:

Ecología y guerra

LA GUERRA del golfo Pérsico ha dejado, como todas las guerras, terribles secuelas de muerte y sufrimiento, de destrucción, caos y privaciones, por no hablar de las heridas y los resentimientos que ha creado y que, tarde o temprano, aflorarán, a menos que se prevengan con sensatez y generosidad. Y, por si esto fuera poco, ha producido daños importantes, presentes y futuros, al medio ambiente como consecuencia principalmente de los vertidos de crudo al mar y del incendio masivo de los pozos petrolíferos en Kuwait. Los ministros de Medio Ambiente de la CE se reunieron ayer para hacer una primera evaluación de la situación y arbitrar medidas para la recuperación del entorno dañado.Desde luego, las muertes y daños producidos a las personas son el peor y primer resultado de la guerra, lo que no obsta para que deban lamentarse también las graves perturbaciones ambientales, que, a más largo plazo y sin la espeluznante inmediatez de la violencia bélica, afectarán sin duda a la vida y a la salud de la población. Aunque los destrozos producidos, grandes o pequeños, son igualmente gratuitos y culpables, los incendios parecen, hoy por hoy, más peligrosos que los vertidos, debido a su extensión.

El humo y el hollín emitidos a la atmósfera en grandes cantidades como consecuencia de incendios a gran escala pueden causar una disminución de la radiación solar que incide sobre la superficie de la Tierra, que, si es severa y persistente en el tiempo, provoca un descenso de temperatura, cuyas consecuencias sobre la flora y la fauna pueden llegar a ser muy graves. Es lo que se conoce como efecto de invierno nuclear, debido a que empezó a estudiarse en relación con las alteraciones ambientales a largo plazo inducidas por un hipotético conflicto nuclear generalizado.

Afortunadamente, los efectos globales sobre el clima, que se producirían en condiciones extremas, muy alejadas de las que de hecho se están dando, parecen descartados. No así los efectos locales de contaminación atmosférica y terrestre de la zona, sobre todo por los residuos de la combustión, que afectan a cultivos y personas, dependiendo la importancia Final de los daños del tiempo que se tarde en apagar los incendios.

Lo que está latente, en todo caso, es la utilización del medio ambiente -o mejor de su destrucción- como arma en un conflicto bélico. Y aunque puede no haberse utilizado deliberadamente en este caso (hipótesis optimista), es obvio que esa posibilidad existe en las situaciones de tensión y de pérdida de discernimiento que inevitablemente se dan en el transcurso de la guerra, por lo que las instancias internacionales deberían considerarla -y prohibirla-, del mismo modo que han considerado -y prohibido- la utilización de armas nucleares, biológicas y químicas.

Sabemos que nuestro planeta tiene una extraordinaria capacidad de reacción frente a las agresiones a su equilibrio natural, algunas de las cuales, de enorme envergadura, han tenido lugar de hecho a lo largo de su historia. De lo que no estamos seguros es de que dicha reacción pueda darse en el caso de que la especie humana produzca los desequilibrios para los que hoy está potencialmente capacitada, teniendo en cuenta la extrema rapidez, desde el punto de vista geológico, con que puede producirlos. -

Sin necesidad de caer en esa actitud catastrofista de los que anuncian cada día el apocalipsis ecológico, cuyos efectos contraproducentes han sido agudamente reflejados en el cuento de Pedro y el lobo, conviene recordar que algunas de las consecuencias de la actividad humana, en tiempos de paz y sobre todo en tiempos de guerra, pueden ser tan nocivas que no considerarlas es sencillamente una irresponsabilidad y, en casos como el que nos ocupa, hasta un crimen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de marzo de 1991