Tribuna:NOTICIAS DE ABAJO / 13
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La mayoría son feas

Ay sí: tendrá usted conmigo que reconocerlo, por más que nos ponga tristes: la mayoría no son guapas, la mayoría no están buenas; la mayoría son, por el contrario, feas.Se las ve, sí, a todas o la mayoría de ellas, que se esfuerzan, las pobres, por ponerse guapas, por hacer como Rebeca Miraflores "que, para no pasar pena, / se vestía de tía buena", a veces con ímprobos trabajos y sacrificios meritorios (y más ahora en el verano, que las hay que sudan en el gimnasio más que antaño las mozas en la siega, a ver si se les modelan un poco los contornos, y hasta se creen que torrándose el pellejo, como san Lorenzo, a los rayos del Astro Rey o de la pantalla sustitutiva, se les va a disimular la falta con la negrura y, ya todas las gatas pardas, van a engañar mejor a algunos machos papanatas), pero que nanay, que no les vale; y más bien, llevando escritas en la piel y en los ojos las penalidades de su esfuerzo, lo que se ponen es más feas todavía; lo más que consiguen es que algunas -de las pocas hermosas, pero especialmente tontas, a las que no les hacía falta tratamiento alguno, imitando los manejos de las feas, estropeen un tanto su hermosura y vengan, solidariamente, a parecerse algo a la mayoría.

Quitan el hipo

Porque las hay, ciertamente, que quitan el hipo: se las encuentra usted de tarde en tarde por las calles y se queda con la boquita abierta, o lo que es más triste, se las enseñan a usté en los diversos escaparates (porque se venden, criminales de ellas, y cambian hermosura palpable por números de dinero), los escaparates que le disponen el Capital y la Cultura, para que lo reconcoma a usté la envidia y, al fin, se resigne al goce del espectáculo y, más contentadizo que el apóstol Tomás, mantenga usted su fe bajo la ley de ver y no palpar.

Pero, lo que es la mayoría, ésas con las que de ordinario le toca a usté tratar, en la oficina, en los conciertos, en los bares, en casita, no me negará que la mayoría de todas ellas, más o menos... Y, si me sale usté con que a usté sí que le han tocado algunas de veras guapas, de veras buenas, eso ¿para qué nos vale?: ¿no ve que, aun caso de que eso sea, de verdad y no sea usté un iluso, con el solo hecho de presumir tanto de ello y regocijarse tanto con su suerte, está reconociendo lo extraordinario del suceso y confirmando con la excepción la regla, que es que la mayoría son más bien feas?

Y no me dirá usté, optimista, que con el progreso y el desarrollo mejora notablemente el asunto y que ahora salen muchas más que sean guapas y bien hechas. A lo mejor lo que le pasa es que, estando usted, con perdón, algo madurillo, como al cliente medio de este Rotativo corresponde, lo confunde a usted el florecimiento de los 15 años, que se sigue cada año produciendo y que le ofusca al encontrarse metido a veces entre las amigas de sus sobrinas; o quizá es que tiene usté que tener fe en el Desarrollo y en que, con tanta Higiene, Deporte, Informática y Biotécnica, también la raza, como diría su tío el fascistilla, tiene que mejorar. Pero nada: lo llamo a usté a las estadísticas, y verá que siempre, hasta en la miseria, han venido al mundo unas cuantas agraciadas y garridas en medio de la mayoría de las desgraciadas, y que en este mundo de la Demotecnocracia el tanto por ciento no es perceptiblemente ni más alto ni más bajo: la mayoría siguen siendo feas.

Y hasta puedo sugerirle a usted cómo es que no puede, con el Desarrollo, cambiar la cosa: porque es que ¿ha calculado usted la cifra fabulosa de negocio que se funda en que sean feas la mayoría? Que, si no, si fueran hermosas todas o casi todas, ¿adónde irían a parar la Cosmética, las Revistas de Señoras, los Consultorios de Belleza, la Pornografía, la Prostitución, el Matrimonio, y con ellos el Estado y Capital enteros? ¿Ve usted por qué la mayoría tienen que seguir siendo, como lo son, feas?

Puede que a estas alturas de la andanada empiece usted a mosquearse. Ya lo siento, ya, cómo rezonga por lo bajo "Bueno, y ¿qué? A ver qué mundo iba a ser ése donde todas fueran guapas y hermosas todas: ¿cómo iba a elegirse ni hacerse la distribución?, como ahora, mal que bien, se hace: porque, si no, a ver, ¿qué iba a ser de los feos y los pobres? Que ahora se encuentran su rinconcito gracias a que no son todas tan guapas, ¿no? O ¿qué?: si lo que iba a ser siempre era eso de que "la más hermosa sonríe al más fiero de los vencedores", cómo se las iban a apanar los vencidos y los menos fieros? ¿No es verdad que, gracias a eso justamente de que las hay de todos los precios y pelajes en la feria, podemos ir tirahdo como podemos y cada oveja con su pareja? A ver, si no".

Ah: me habla usted de justicia social -ya veo, Bueno, muy, bien, muy respetable y muy hasta, si le place, democrático; pero aquí no era de justicia social de lo que tratábamos: sólo de reconocer ese hecho de que la mayoría son así, feas.

"Pero ¡qué feas ni qué hostias!" me grita usted -me temo- un tanto encalabrinado: "y ¿quién dice la que es fea y la que hermosa? Eso será lo que a usted le parece, ¿no? ¿Lo han nombrao a usté jurao de algún Concurso de Mises por un casual?".

Cuestión de gustos

No se ponga usted así, hombre: en realidad, eso último se lo decía para pincharle, a ver si me soltaba usted lo que me ha soltado. Así que le parece a usted que eso de la hermosura es cuestión de gustos, y que la que a Mengano se le antoja despampanante para Zutano es un trapito y viceversa, y que, como en la canción de Safó de Lesbos, lo más hermoso es "cualquiera cosa de la que uno esté enamorado": ¿es eso lo que usted me dice?

Pues, amigo, ha esperado usted un poco tarde para decírmelo: porque ahora, después de haberme dejado durante más de una columna repetirle que la mayoría son feas, sin que la frase la haya extrañado nada -confiéselo-, con ese solo hecho, no que estuviera usted o no de acuerdo con el dicho, sino con el solo hecho de haber entendido así de bien lo de "La mayoría son feas" y de haber sabido perfectamente lo que le decía, ha declarado usted que todo eso de los gustos personales es mentira: que eso son recursos (de justicia social tal vez), pero que hay un gusto común por bajo los gustos y las opiniones, y que todos sabemos, con lo que quede por debajo de cada uno de sentido común y sentidos vivos, y en cualquier cultura y siglo que se nos ponga, la que es guapa y la que no, y hasta lo que tiene de hermoso y lo que le falta.

Hay una razon común (o sea que no es de nadie), que no requiere votos, encuestas ni estadísticas; que no sólo no se manifiesta en los gustos personales de cada uno, sino que está constantemente oculta y entorpecida por los votos y opiniones personales que la sustituyen.

Por.eso es que la forma de dominio de la gente más mortífera y progresada es ésta de la Democracia, donde impera la idea de que cada uno tiene su opinión y sabe lo que quiere, y que, poniendo la cosa a votos personales (y, mejor aún, secretos) y sumando dichos votos, si se llega a reunir la mayoría, eso será la voluntad de la población y la ley pa todos.

Bien seguros esperan Estado y Capital, sabiendo que en la Mayoría tienen su fundamento dócil y servil (como que son, Ellos los que La han configurado), bien esperan que el resultado de cualquier votación será siempre sumiso y reaccionario, sin riesgo alguno de sorpresa para el Dominio: porque saben que la gente, como tantas veces le digo a usted, no está compuesta de individuos, pero la Mayoría sí; y siendo cada Individuo por su propia esencia sumiso, creyente y reaccionario (por eso de que la razón común está también dentro de él dominada por sus opiniones personales), así la suma de los Indivíduos lo será también y a mayor abundamiento, y cualquier votación será confirmadora del Dominio y nunca de veras peligrosa para Estado ni Capital.

Contar manos

Así lo hemos visto y compro bado mil veces, por si hacía falta. Así, en el bullicio un tanto desmandado de los hijos de papá de los años '60 por el mundo, uno de los procedimientos más eficaces para amortecer aquello fue que los líderes se pusieran en las asambleas a poner a voto las cosas y a contar manos por su número. Así, en cualquier asamblea de gente, más o menos improvisada o imprevista, que de sobra se estaba manifestando con sus meneos y rumores y las voces públicas que salieran de algunos de los de abajo, todo muere en la votación y, por el aburrimiento mortal del cómputib, todo vuelve al orden.

Así, en Zamora mismo el otro día... Se lo cuento a usted en un momento: por algún descuido del Señor, de ésos que siempre tiene de vez en cuando, había sucedido que en el cuartel 'Viriato', abandonado por el Ejército, se había metido gente de la ciudad y se habían puesto a usarlo para vivir en él; así iban viviendo, dos mesecitos casi, y se iban allí haciendo cosas contradictorias: unos cuantos, sacrificados y creyentes en el Futuro, se aburrían reuniéndose a estudiar proyectos, levantaban las manos a lo Alto y trataban de negociar con la Autoridad la entrega del cuartel a la ciudad (o más bien, su paso de un Ministerio a otro), pero mientras tanto, otros (que a veces eran algunos de los mismos, así está de mal hecha la Persona) se ponían por lo pronto a usar lo que tenían, a su placer y buen entendimiento, y se iban haciendo cosas, sensibles y razonables, de ésas que no tienen futuro, sino que las ocurrencias de cada día van alimentando las ocurrencias del siguiente. Bueno, pues así iban las cosas, cuando, al fin, la Autoridad propuso, desde lo Alto, negociar seriamente con los ocupantes el destino del cuartel, con la condición de que previamente lo desalojaran. Conque ya está: los oficiosos pusieron la propuesta, democráticamente, a votación ante el Colectivo: votaron, y ¿quién cree usté que ganó? Pues, hombre, ¿quién va a ganar?: la Mayoría; y como la Mayoría es lo que es, ya sabe: por el precio ideal del negocio del Futuro, le han vendido al Poder el usufructo de presente del cuartel 'Viriato'. O sea lo normal, lo que se espera de la idiocia personal y de la Mayoría.

La mayoría es fea. Ande, hombre, no sea remolón, sea bueno, y cante conmigo "La Mayoría es fea" al son de una música melancólica. Y por amor del pueblo que no se cuenta, déjese usted de ilusiones democráticas de una puñetera vez: la Mayoría es fea. La Minoría, también; sólo que menos; aunque nada más sea por el mero hecho de que son menos. Pero la Mayoría, como su señora de usted, es, francamente, fea. O sea que es francamente.

Agustín García Calvo es catedrático de Latín de la Universidad Complutense.

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