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Crítica:CINE

Resurrección

Mitchel Leisen es hoy casi un desconocido. Pero hace 40, 50 y más años tuvo su lugar, pequeño pero propio, en Hollywood. Se recuerdan de este ciuneasta (que pasó por todos los oficios del cine) películas tan interesantes, como el melodrama Si no amaneciera, con un trío de ases de aquel tiempo formado por Charles Boyer, Olivia de Havilland y Paulette Goddard; Medianoche, con Claudette Colbert y John Barrymore; Arise my love, con Claudette Colbert y Ray Milland, entre otras muchas. Estas películas son, como Vivir es fácil, anteriores a 1940.Y hay un hecho que llama la atención: estas dos últimas películas citadas fueron escritas por Billy Wilder y Charles Brackett, de la misma manera que Easy living fue escrita por Preston Sturges. Los guionistas de estas obras dirigidas por Mitchel Leisen superaron pocos años después en celebridad a este director, ejerciendo ellos como directores de sus propios guiones. Y no parece casual que así ocurriera.

Easy living (Vivir es fácil)

Dirección: Mitchel Leisen. Guión: Preston Sturges. Estados Unidos, 1938. Intérpretes: Jean Arthur, Ray Milland, Edward Arnold. Estreno en Madrid: cine Renoir.

Easy living es una excelente comedia: impecable y perfectamente acabada, realizada e interpretada. Pero carece de esa casi invisible singularidad -lo que los adoradores de Ernst Lubitsch llamaban toque- que convierte en inolvidables a las grandes obras. Todo indica que Leisen fue un expertísimo traductor de guiones ajenos, y esto tal vez le impidió dar ese último, corto pero dificil, paso que separa al buen cineasta del excepcional.

Estilo propio

Easy living es una excelente comedia que se parece mucho a otras mejores que ella. En las cercanías del gran talento, Leisen se mantuvo -al menos en la parte de su obra hoy accesible- en el lado de acá de la frontera del genio. No dio ese aludido salto distintivo de la posesión de un estilo propio, discernible a primera mirada.

Easy living se contempla con frución y facilidad. El guión de Preston Sturges, cuando todavía este cineasta no dirigía las películas que escribía, tiene marca de fábrica y se intuye en su escritura su futuro sello personal como director, que Leisen pone en imágenes con eficacia más que notable, sin un solo fallo, con una soltura admirable.

Catapultado por el humor de Sturges, Leisen -con la anergía adicional que otorga a la pantalla la presencia de estupendos intérpretes- logra una comedia de gran finura, en la que nos encontramos, además de la medida exacta que requiere la totalidad de la fábula, con momentos inspiradísimos, de enorme gracia, que convierten a este rescate en un acierto del resucitador de un filme que parecía muerto y que en realidad estalla de vida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 14 de agosto de 1990

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