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43º FESTIVAL DE CANNES

El infierno de Medellín y el gueto de Varsovia, en el limbo estético de La Croisette

ENVIADO ESPECIALEl filme colombiano No futuro, primer largometraje de Víctor Manuel Gaviria, y el polaco, Korezak, escrito por la actriz y guionista Agniezska Holland y dirigida por Andrezj Wajda, representan dos formas reales del infierno. El primero nos lleva a las miserables barriadas que cuelgan de las colinas del pozo de Medellín; el segundo, al gueto de Varsovia, estercolero de la historia cuyo último capítulo -por ahora- tuvo lugar el otro día muy cerca del lugar donde se desarrolla la 43ª edición del Festival de Cannes, de este limbo estético de La Croisette.

Un azar no casual hizo coincidir la misma noche la salvaje profanación de tumbas judías en la ciudad de Carpentras, la proyección de Korczak y la llamada de un tal Jean Marie Le Pen en la televisión francesa a limpiar Europa de basura extranjera. Algo apestó en esta perfumada Costa Azul.La película colombiana, es de una aterradora verdad, pero por desgracia está lejos de ser perfecta. Es un documento muy veraz, pero torpe, atropellado, inexperto y muy desorganizado formalmente. Nos introduce en la vida -en realidad en la muerte, pues siete de los muchachos que interpretaron hace unos meses película han caído ya a tiro a navajazos o a palos- en los arrabales de la siniestra capital del narcotráfico.

Dice Gaviria: "La injusticia que reina en estas barriadas es tal que allí nace una juventud irremisiblemente perdida. No futuro es una película sobre una infancia sacrificada por el egoismo y el delirio de una ciudad. Simplemente, los niños que allí nacen no tienen futuro alguno".

Niños sin futuro

Tampoco tuvieron futuro alguno los niños hebreos que vivían en Varsovia en 1940, cuando un tal Adolf Hitler llamaba desde Radio Berlín a mantener a Europa limpia de basura extranjera. Pero un grupo de esos 200 niños tuvo mejor suerte que los demás. Hubo un hombre llamado Janusz Korczak, célebre pedagogo, médico y escritor, que entró, como un flautista de Hamelín santo y laico, en la leyenda más noble de la libertad de Europa. Y ésa es la leyenda con que Holland y Vajda enriquecen al cine.Construyó aquel hombre un gueto dentro del gueto de Varsovia. Al ver la espantosa degradación física y moral de aquellos 600.000 hombres y mujeres sometidos al envilecimiento absoluto del hambre y el abandono, tapió las ventanas de un caserón v metió detrás de ellos a los 206 niños que estaban a su cuidado en el orfelinato que dirigía, para así evitar que sus ojos se acostumbraran a aquel bestial espectáculo de su entorno y éste se convirtiera para ellos en algo cotidiano.

Aislados en el caserón, los niños de Korczak, bien alimentados por la sagacidad de su guía, que era capaz de pactar con el diablo para conseguir provisiones, vivieron casi dos años en una pequeña sociedad autosuficiente, solidaria, libre e incluso alegre. Pasaron los meses. Un día les llegó el turno en la trituradora de la Solución Final hitleriana. Los fascistas ofrecieron al célebre médico un pasaporte, que él rehusó. Salió a la calle al frente de sus 200 niños, que, apiñados a su alrededor, cantaban, reían y jugaban al cruzar Varsovia y al subir al tren, desconociendo que éste les llevaría a un lugar llamado Treblinka, en cuyas cámaras de gas murieron. La leyenda -ni uno solo sobrevivió para contarlo- dice que ante las puertas de las duchas de Treblinka los niños de Korczak seguían jugando y riendo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de mayo de 1990