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Crítica:POP

La eterna canción

Cuando Johnny Clegg llegó a Madrid por primera vez era un desconocido con una tarjeta de presentación: el zulú blanco. Poca gente en su primera actuación, realizada en un recinto de capacidad reducida, y humildad en su espectáculo. Fue hace dos años. Hoy las cosas han cambiado mucho para el británico que recoge en sus canciones algunos aspectos de la música surafricana y los envuelve con un tratamiento pop para ampliar mercados. Y, por lo visto en su último recital en Madrid, lo ha conseguido.Más de 5.000 personas acudieron a escuchar a un Johnny Clegg que con su tercer disco junto al grupo Savuka -Cruel, crazy, beautiful world (Cruel, loco, maravilloso mundo)- se ha convertido en una estrella del pop. Respecto a sus dos anteriores y minoritarios recitales en Madrid, el británico ha sorprendido ante todo por la espectacularidad de sus nuevos planteamientos. Más luces, más volumen de sonido, más músicos y más bailarines. El resultado es una rebaja en la intimidad, energía, pureza y espíritu de grupo. Todo tiene un precio y Johnny Clegg parece dispuesto a pagar con gusto.

Johnny Clegg & Savuka

Johnny Clegg (voz, guitarra y concertina), Keith Hutchinson (teclados, saxo y flauta), Steve Mabuso (teclados y coros), Solly Letwaba (bajo y coros), Derek de Beer (batería y coros), Dudu Zulu (percusión), Mandisa Dlanga (coros). Pabellón de Deportes del Real Madrid. Madrid, 29 de abril.

El barniz surafricano de su música, centrado en los coros y las guitarras, resulta cada vez más alejado por una estética que prima el macroespectáculo sobre la esencia y la austeridad. El papel del grupo Savuka queda oscurecido ante un Johnny Clegg convertido en el centro del recital y en protagonista estelar.

Esta nueva situación tiene la ventaja de suavizar el tópico africanista que acompaña al músico. Johnny Clegg ha sido capaz de fundir influencias, utilizar lo africano y convertirlo en un fenómeno mayoritario, manteniendo una filosofía ositiva, solidaria y reivindicativa. En esta situación hay que encuadrar su trabajo y no dentro de la música africana en sentido estricto, que tiene unas características musicales diferentes.

Como artista pop, Clegg demostró en Madrid un excelente nivel en un concierto planificado al milímetro y pensado para audiencias masivas. El público reaccionó con pasión y acabó rendido ante el buen hacer de un músico lanzado imparablemente hacia la popularidad, aunque en el camino haya perdido buena parte de la frescura y espontaneidad de sus comienzos. Como dijo el poeta, la eterna canción.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de mayo de 1990