Crítica:ÓPERA / 'LA TRAVIATA'Crítica
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La sensibilidad de Nuria Espert

El teatro de la Zarzuela presentaba anteanoche un clima muy particular. Parecía, en realidad, como si se inaugurara la temporada, tanto por la expectación, cuanto por la presencia de lo que suele denominarse el todo Madrid, que no es sino una parte bastante limitada. Por si fuera poco, los estudiantes de los conservatorios municipales añadieron nuevo toque diferencial con su manifestación de protesta, acompañada de música y seguida de un breve encadenamiento en las puertas del teatro, lo que obligó a retrasar el comienzo de la representación.El suceso desde el punto de vista artístico era la presentación en Madrid de Nuria Espert como directora escénica de ópera. Puede decirse que Nuria Espert era la diva, pues, aunque no lo quiera, lo es por naturaleza y por inteligencia. Bien lo probó en su visión de La dama de las camelias, la novela de Dumas que estaría olvidada si Giuseppe Verdi no hubiera hecho del "subtexto" -que esto es para Espert la música en la ópera- "razón principal". Desde la noche del 6 de marzo de 1853, cuando en La Fenice de Venecia se estrenó la hermosa ópera verdiana, La dama fue para siempre La traviata, salvo en la resurrección cinematográfica de Greta Garbo por la que Violeta recuperó su nombre original y su apodo floral.

La Traviata

Teatro Lírico Nacional. La Traviata, de Piave, sobre Dumas, y Verdi. Intérpretes: Diana Soviero (Violeta), Francisca Roig (Flora), Adriana Díaz (Annina), Francisco Araiza (Alfredo), Wolfgang Brendel (Giorgio Gremont), Ricardo Muñiz (Gastone), Pedro Farrés (Douphol), Gabriel Heredia (bailarín). Dirección musical: Miguel Angel Gómez Martínez. Direción escénica: Nuria Espert. Escenarios: Enzio Frigerio. Dirección del coro: Ignacio Rodríguez.Orquesta Sinfónica de Madrid y Coro del Teatro Lírico Nacional. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 13 de febrero.

A mi modo de ver, nuestra gran regista internacional de ópera ha acertado en lo principal: atacar a la dama no desde el realismo, ni desde la espectacularidad suntuaria a la que cedieron Visconti, Zefirelli e incluso Sellner. Nuria Espert evidencia lo que, acaso, fue sustancial tanto para Dumas cuanto para Verdi: la sensibilidad no enfermiza, sino lisa y llanamente enferma del segundo mal del siglo ochocientesco.

Así, su trabajo sobre los personajes individuales me interesó más que el movimiento o la "geometría escénica" del coro. Sobra algún detalle, como el balanceo acompasado del coro al final del segundo acto, clímax dramático aunque el compositor no se entregara a tremendismo alguno sino que cultivó lo sensible dentro de la tónica psicológica y ambiental. Como siempre, mejor o peor realizado -y el bailarín Gabriel Heredia lo hizo muy bien-, me sobró el "bocadillo" españolista con la historia del "valiente matador vizcaíno". Pero ahí está como reflejo de los gustos exotistas de una época que parecían sal y pimienta necesarias en cualquier espectáculo.

Gran categoria

En ese triunfo de la sensibilidad impuesto por la Espert se alinearon con gran categoría artística, en lo vocal y en lo teatral, la soprano norteamericana Diana Soviero y el tenor mexicano Francisco Araiza, dos cantantes de refinados matices y muy bella línea, a los que enfrentó la gravedad moralizadora de su personaje el barítono Wolfgang Brendel, de tan bello color como cierta rudeza. Nuestro Pedro Farrés lució estupenda clase en su breve personaje y Miguel Ángel Gómez Martínez fue director más exacto y metronómico que sensible, lo que ya se advirtió en el preludio, del que dejó eterna lección interpretativa Arturo Toscanini.Unos escenarios sencillos y perfectamente integrados en la acción y en la visión de la regista, originales de Enzio Frigerio y unos bellísimos trajes de Franca Squarcíapino, así como el adecuado juego de luces de Bruno Boyer completaron esta Traviata digna de todo aplauso, como lo otorgó el público que llenaba la Zarzuela con especial intensidad cuando Nuria Espert apareció en escena. Su trabajo y el poder encantatorio de la protagonista merecerían por sí solos la asistencia al teatro para escuchar y ver una Traviata en la que el conjunto lució con gran cohesión y nivel de alto vuelo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 14 de febrero de 1990.