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CAMBIOS EN EL ESTE

El Vaticano prepara la histórica visita de Mijaíl Gorbachov a Juan Pablo II

Una vez se ha esfumado, por el momento, el viaje de Juan Pablo II al Líbano, sobre todo a partir de la invitación de Siria para que visite antes aquel país, la alta diplomacia vaticana está preparando la histórica visita del líder soviético, Mijaíl Gorbachov, al papa Karol Wojtyla. Será la primera vez, el próximo 26 de noviembre, que el jefe del poder soviético se encuentre cara a cara, y en los salones privados pontificios, con un papa de Roma. Y por si fuera poco, con un papa polaco.En el Vaticano no se esconde la satisfacción por el hecho de que ha sido Moscú, y sin pudores, quien ha pedido oficialmente que se celebrara dicha reunión. Porque ello pone a Juan Pablo II, de algún modo, en una posición de fuerza para pasar una buena cuenta al líder del Kremlin.

Sin embargo, los observadores son unánimes en advertir que es una partida que interesa a los dos grandes, ya que ambos pueden sacar del encuentro buena tajada, ya sea frente al exterior o al interior.

Interés de ambas partes

Por lo que se refiere al Vaticano, para Juan Pablo II, atacado duramente por los principales teólogos europeos por su intransigencia en materia de dogma y moral, un apoyo de Moscú le viene muy bien como cobertura de imagen.

Y a su vez, al líder soviético, que se ve atenazado por las revueltas nacionalistas internas y que ve en peligro el proceso de reformas dentro de la Unión Soviética, un apoyo a la perestroika, público y oficial, por parte del jefe de todos los católicos del mundo puede significarle un buen espaldarazo interno.

De ahí que por ambas partes se esté cargando de significado y de importancia la entrevista que se celebrará con motivo de la visita oficial de Gorbachov a Italia. Moscú ha llegado a pedir oficialmente que se establezcan relaciones oficiales entre el Vaticano y la URSS.

Según las versiones que circulan en Roma, Gorbachov pedirá, además de un aval pontificio público a favor de la perestroika, le será muy importante la seguridad de la Santa Sede de que los católicos rusos no echarán leña al fuego en el incendio de las luchas autonómicas de las repúblicas soviéticas del Báltico. Y al mismo tiempo, la posibilidad de contar con un teléfono rojo directo con el Papa para momentos de inminente conflicto. Por último, acabar con la espina de la llamada Iglesia clandestina en la Unión Soviética, muy apoyada por el Opus Dei.

Para obtener todo ello, el líder soviético está dispuesto a conceder a Roma lo que hace sólo muy poco hubiese parecido imposible: la legalización de la Iglesia greco-católica en Ucrania, que desde hace 43 años vive en la clandestinidad. Cuenta con cinco millones de fieles, que nunca han aceptado el dictamen de Stalin, que la disolvió obligando a los católicos ucranianos, fieles a Roma, a pasar a la Iglesia ortodoxa rusa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 19 de septiembre de 1989