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Crítica:CINE /

El orden del desorden

The Palm Beach story es la cuarta de la gran tacada de siete comedias que Preston Sturges escribió y dirigió en Hollywood entre 1940 y 1944, y que conforman uno de los instantes más inspirados del cine de aquel tiempo y, por supuesto, de éste. Fue escrita y realizada en un pañuelo de tiempo, inmediatamente después de Las tres caras de Eva, recientemente reestrenada en España, y de Los viajes de Sullivan, su obra más ambiciosa y perfecta, cuya reposición se anuncia.Estos tres títulos enuncian -pues su creación abarca poco más de un año- un instante fugaz atestado de torrencial ingenio, en el que Sturges, un cineasta compulsivo que se vació después de este colosal y velocísimo esfuerzo imaginativo, dio a la pantalla lo mejor de sí mismo y se adueñó de una de las cumbres de la historia de la comedia, lo que permite a su obra el trato de tú a tú con la de Ernst Lubitsch y Billy Wilder, que desplegaron su ingenio a lo largo de carreras más calmosas y dilatadas.

The Palm Beach story

Dirección y guión: Preston Sturges.Fotografía: Victor Milner. Música: Victor Young. Estados Unidos, 1942. Intérpretes: Claudette Colbert, Joel McCrea, Mary Astor, Rudy Vallee, Sig Arno, William Dernarest, Chester Conklin. Estreno en Madrid: cine Alexandra.

Sturges parecía intuir que su obra estaba condenada a ser corta. En efecto, pasado el arrollador despegue, su almacén de ocurrencias todavía dio de sí para abastecer a otras cinco películas -buenas, pero sin el vigor de las primeras-, y más tarde, ya expulsado a Europa por la escoba fascista del Comité de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, para otra más de producción anglo-francesa, la mediocre Los carnets del mayor Thompson, que fue su fin. Volvió Sturges a su tierra y tres; años después, en 1959, murió en Nueva York, olvidado. Tenía 60 años.

Filme subversivo

The Palm Beach story procede, por tanto, de la plenitud de Sturges, y esto se nota contemplando el filme. El dominio de lo que hace es tan absoluto que le permite hacernos comulgar placenteramente con ruedas de molino y hacernos tragar durísimos sapos que nos saben a suave caviar. Es un filme de despiadado cinismo que se contempla sin carcajadas, entre sonrisas beatíficas. Es una comedia disolvente que se digiere como edificante. Se trata de una locura casi demente (intenten ustedes contarla después de haberla vito y descubrirán el rosario de disparates que la componen), pero que discurre como la cosa más normal del mundo. Narra un desorden ético delirante, y lo hace con una austeridad, una sencillez y un orden casi conventuales.Es Palm Beach una fábula feroz, cáustica, con un embarazoso poder de demolición del orden establecido, subversiva si se contempla con ojos cómplices y con conciencia de que en ella cada salto adelante es siempre más de lo que parece.

La película es cianuro bajo especie de caramelo, admirablemente administrado por una actriz como Claudette Colbert que en Palm Beach se encuentra en estado de gracia, enfrentada a un Joel McCrea muy eficaz y flanqueda por un puñado de secundarios -en especial el inefable salchichero tejano y la horda de millonarios cazadores, que en la secuencia del tren trenzan una de las más locas secuencias de la historia de la comedia- insuperables.

Comedia para ver con ojos tan afilados como sus personajes y situaciones, Palm Beach story es -ahora que la comicidad recupera la seriedad que le corresponde- una película indispensable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 19 de junio de 1989

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