Caracas recupera una precaria normalidad

Venezuela ha recobrado casi por completo la tranquilidad tras una semana de disturbios, pero en focos aislados de Caracas persisten los enfrentamientos a tiros entre fuerzas militares y grupos armados. Los recientes sucesos han desencadenado en el país una ola de xenofobia y el temor de que las fuerzas policiales aprovechen el toque de queda y la represión de estos días, para efectuar una limpieza de elementos considerados indeseables. En gran parte de¡ país, el toque de queda ha sido levantado. En Caracas ha quedado reducido a nueve horas (de las ocho de la tarde a las cinco de la madrugada) y se habla de que te pronto será suprimido.

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Salir después del toque de queda en Caracas provoca la sensación de que, a pesar del salvoconducto, en cualquier momento se puede recibir un tiro. Soldados inexpertos y policías con actitud prepotente no vacilan en mantener sus armas apuntadas hacia las personas que paran. Los controles son continuos, casi en cada cruce importante. Durante un recorrido de unos cuatro kilómetros por el centro de Caracas, la noche del viernes, el enviado de este diario tuvo que presentar siete veces su salvoconducto. A pesar de los anuncios gubernamentales de que "reina tranquilidad absoluta en todo el país", los tiroteos no cesan en los barrios más conflictivos. El viernes por la tarde los altavoces del metro advertían que no era posible descender en la estación de Agua Salud, situada frente al barrio 23 de Enero. Cuando los vagones entran en esa estación, ya circulan por la superficie. Son las 17.00 horas y luce y sol. Faltan tres horas para el toque de queda. Apenas se aproxima el metro, ya se escuchan las ráfagas de armas automáticas. La gente en el interior de los vagones muestra temor en los rostros.

En el exterior, en plena Avenida Sucre, circulan los vehículos y los peatones se apresuran. El 23 de Enero es un barrio de bloques de edificios de unos 15 pisos. Desde las azoteas, disparan los francotiradores. En la Avenida, escondidos entre los bancos o quioscos, están apostados soldados y policías de paisano con armas de largo alcance y rifles con mira telescópica. Esporádicamente llueven las balas. La gente corre al escuchar los disparos. Uno comenta: "Están echa plomo que jode por ahí". Antonio, un peluquero de 18 años y gestos amanerados, explica que "en el 23 de Enero vive la mafia, ese foco de malandros (delincuentes) que, por dárselas de más, disparan. El toque de queda es un fastidio, porque uno se cohíbe con el riesgo de que te den un tiro. No hay garantías, porque los policías echan tiros sin preguntar".

José Antonio tiene 33 años y es padre de tres hijos pequeños, a los que ha sacado del barrio porque "todas las noches hay plomo cerrado. Es bueno que la Guardia Nacional se meta en los bloques, porque los niños y los ancianos están en crisis. Mira los edificios que están agujereados de puro FAL (Fusil Ametrallador Ligero)". Los bloques muestran en algunos puntos las huellas de la balas.

Al lado de José Antonio, un analista de seguros que también vive en el barrio explica que los tiros ahora se concentran contra el bloque conocido por el nombre de El sietemachos. El edificio fue bautizado así porque en tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez vivían allí "siete hemanos del Partido Comunista que no le paraban bola (no le hacían caso) ni a la Seguridad Nacional, ni a nadie". El analista de seguros echa la culpa de lo que ocurre a los extranjeros.

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Éste sentimiento xenófobo se extiende estos días en Caracas.

Asegura el analista que grupos de extranjeros, colombianos y ecuatorianos, "han entrado a violar a muchachas jóvenes en las casas". A su lado, otro asegura que se trata de "una banda de haitianos y colombianos". Algunos políticos alimentan esta xenofobia y dicen en sus discursos que los recientes sucesos hubo una mano extranjera.

"Matarlos a todos"

Allí mismo, al lado del tiroteo, un negro de 49 años, comerciante que no quiere dar su nombre, grita excitado a la cara del periodista que "hay que matarlos a todos. El trabajador honesto necesita tener armas para defenderse. El Gobierno tiene que darnos armas para acabar con los malandros".

Explica el comerciante que la única solución sería "ahuecar todos los bloques del 23 de Enero y echar a los delincuentes. No se puede hacer nada contra ellos, porque la gente está atemorizada por los traficantes de droga". El Gobierno sostiene que los recientes acontecimientos no tuvieron una causa política, sino fueran una explosión social a la que después se sumaron grupúsculos armados de ultraizquierda y delincuentes comunes. Éstos son los grupos que mantienen los focos de enfrentamiento en Caracas.

El incesante número de muertos que llega a la morgue de Caracas ha abierto las puertas a la especulación y se aventura la hipótesis de que la policía está aprovechando la represión para librarse de elementos indeseables del hampa. Un jefe policial comenzó días atrás, sin querer dar su nombre, que grupos de vecinos organizados y armados en algunos barrios habían aprovechado la situación actual para eliminar a los delincuentes más conocidos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 04 de marzo de 1989.

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