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Tribuna:

La 'evasión' de los judíos de Marruecos

Uno de los primerísimos jefes del Shin Beth y del Mossad, los dos principales servicios secretos israelíes, un joven de 76 años, Isser Harel, acaba de confiarse al corresponsal de EL PAÍS en Tel Aviv, en vísperas de la publicación de su libro Seguridad y democracia, todo un programa a juzgar por el título.Presentado, bajo una luz favorable, como alguien que desempeñó un papel decisivo en la creación de¡ Estado de Israel, hubiese resultado especialmente oportuno e interesante, vista la actualidad, perdirle una opinión autorizada acerca del atentado que costó la vida al conde Bernardotte, el mediador de las Naciones Unidas, en 1948. Ese atentado, que tuvo lugar en Palestina, reivindicado por los grupos del Irgún de Menájem Beguin -e Isser Harel debe conocer muchas cosas al respecto-, tuvo por objeto torpedear los esfuerzos de las Naciones Unidas por solucionar el problema palestino, entre otras medidas, mediante la creación de dos Estados.

En lugar de ello, sólo se refiere a la Haganah, presentada como un arma de autodefensa, una forma púdica de ocultar todo un pasado de acciones terroristas. Pasado que poco importa, pues lo esencial, suponemos, consiste en enaltecer la vertiente humanitaria del Shin Beth y del Mossad, que intervinieron para salvar a los judíos marroquíes dirigiéndolos por vías clandestinas a Israel durante los años 1957 a 1961.Tiene su gracia el que, para esa maniobra de seducción, dirigida a la opinión pública española, Isser Harel no haya encontrado nada mejor que expresar su agradecimiento a las autoridades franquistas de Ceuta y Melilla, cómplices benévolos que le facilitaron la tarea. Curiosa manera ésta de elogiar el corazón de los españoles, por utilizar sus propias palabras. Pero, ¿en qué consistió exactamente aquella operación de salvamento? Es difícil sofocar un sentimiento de profunda y duradera indignación si se conoce la extensión del drama que fue aquel éxodo, como confirma el propio Eser Harel al exponer las condiciones en que tuvieron lugar aquellas salidas en masa.

Aldeas enteras, las comunidades milenarias judías beréberes del Atlas, de Sus, de todo el sur marroquí, de excepcional originalidad, perdieron todos sus habitantes literalmente de la noche a la mañana. Literalmente fueron extirpados de aquellos lugares, que no eran un gueto, en los que vivían entre la población beréber de confesión musulmana. E idéntica suerte corrieron las grandes ciudades -Marraquech, Fez, Meknes-, hogares de una elevada y antigua tradición espiritual judía. Por decenas de miles, toda aquella gente, de condición modesta -comerciantes, empleados, artesanos, obreros, e incluso campesinos-, aquellos judíos marroquíes a los que se fingía salvar fueron obligados por una propaganda mendaz a dejarlo todo, apriscados de noche en camiones, embarcados clandestinamente, a menudo con riesgo de sus vidas, como sucedió cuando el naufragio del Peces, hundido por una tempestad en el estrecho de Gibraltar.

Nada conseguirá hacer olvidar la brutalidad, por no decir más, de aquel drama, y cuando se haya disipado la bruma ideológica aparecerá en su cruda verdad. Ya que nada, absolutamente nada, justifica aquella operación cínicamente calificada de salvamento. En mi calidad de marroquí judío que vivía en Marruecos en aquellos años y estaba atento a lo que ocurría, tanto en el plano político como simplemente humano, puedo atestiguarlo e invocar además otros testimonios, algunos de fuentes israelíes.

No pudiendo exponer ahora en detalle la situación entonces reinante, me limitaré a decir que tanto en vísperas como inmediatamente después de la independencia, ningún acto de violencia que recordase los progromos de Europa central, ninguna amenaza ni peligro inmediato justificaban aquel éxodo. Isser Harel, que estuvo en el país -bajo una identidad falsa, claro está-, salvo algunas vagas alusiones, se muestra muy prudente al respecto, prudencia que en este caso tiene valor de confirmación, y con motivo fundado: los judíos marroquíes escaparon a las leyes de Vichy gracias, entre otras cosas, a la intervención del rey Mohamed V ante las autoridades francesas del protectorado. Muchos de ellos participaron, en diversas formas, en la lucha de la liberación nacional. Disfrutaban, por último, de una situación radicalmente nueva desde que el país conquistó su independencia. Del estatuto particular de dimmi, es decir, protegidos, condición que perduró bajo el régimen del protectorado francés, los judíos marroquíes pasaron al de ciudadanos de Marruecos que gozaban de la plenitud de sus derechos. Hasta la fecha, los que siguen viviendo en el país y forman una comunidad de relativa importancia conservan aquéllos, entre ellos la libertad de movimientos, de viajar, de ejercer toda suerte de actividades y de practicar abierta y públicamente su religión. Recordemos, por último, que tras la obtención de la independencia, el primer Gobierno marroquí contaba con un ministro judío, el doctor León Benzaquén, y que en todos los ministerios, incluido el de Asuntos Exteriores, se confiaron altos cargos a jóvenes intelectuales de nuestra comunidad. Lo mismo sucedió en todos los sectores de la vida pública.

¿Debo insistir aún para desmentir formalmente la imagen que intenta sugerir Isser Harel, imagen que tiende a presentar a los judíos marroquíes como refugiados, expulsados de su país, amenazados en sus bienes, su seguridad y su existencia? Una pésima novela de espionaje, no cabe duda; un ejemplo de la propaganda antiárabe suscitada por el propio Isser Harel, quien se jacta de haber causado con ella graves problemas al Gobierno y a las autoridades marroquíes.Hubiera merecido la pena preguntarle qué pasó con aquellos judíos marroquíes a los que asegura haber salvado. Aquellos judíos árabes -considerados en Israel como unos parias, trogloditas medio paganos en espera de la redención, portadores de todas las taras congénitas- fueron encaminados a su llegada a la tierra prometida hacia el Neguev, a donde quiera que hubiese necesidad de mano de obra para alzar las ciudades nuevas, como Dimona. Aquellos a quienes la edad les impedía trabajar, acababan por morir en los hospicios de Tel Aviv. Tal fue la situación durante los primeros años, pero aún hoy todo indica que los judíos orientales, mayoritarios numéricamente, siguen siendo minoritarios y de inferior condición en la jerarquía social del Estado israelí.

Desconocemos si Isser Harel, ese jefe providencial de los servicios secretos, ha elegido el momento, tanto para publicar su libro Seguridad y democracia como para conceder su entrevista a EL PAIS. Sea como fuere, ese momento es justamente aquel en el que Tsahal, Shin Beth, Mossad, el Ejército de ocupación israelí tratan de aplastar la intifada a costa de muertos y heridos cotidianos; el momento en que la respuesta de los gobernantes israelíes a las ofertas de paz de Yasir Arafat es un rechazo brutal que constituye un desaflo a los movimientos pacifistas tanto del interior de Israel como de todos los países del mundo, de Europa e incluso de Estados Unidos.

Muy oportuno así traer a la memoria un pasado lejano inventado con cinismo, a propósito del éxodo de los judíos marroquíes: el refugio en una historia falaz sirve para engañar a una opinión no informada.

Edmond el Maleh es novelista marroquí y judío. Autor de Recorrido inmóvil. Traducción: José Martín Arancibia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 27 de enero de 1989