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Tribuna:CAMBIOS EN EL ESTE

¿Una solución europea para el caso yugoslavo?

Yugoslavia necesita que Europa occidental le tienda la mano, económica y políticamente. El autor de este artículo, participante en la conferencia organizada por el Instituto Aspen en Berlín sobre la problemática yugoslava del 14 al 16 de noviembre, expone aquí el compromiso que, en su opinión, podría alcanzarse entre la Comunidad Europea y Yugoslavia. El cambio tan radical que exige la situación necesita de un impulso exterior, y Europa debe dárselo.

Éstos son los datos esenciales de la crisis que sacude a Yugoslavia: una inflación que ronda el 200% (167% en 1987), disminución en términos reales del producto nacional bruto, una deuda externa que ronda los 20.000 millones de dólares, conflictos étnicos abiertos (Kosovo), tensiones nacionalistas en Serbia y en Eslovenia, desempleo creciente (en torno al 25%), emigración de cerebros (más de 40.000 en los últimos cuatro años), envejecimiento tecnológico estructural del sistema industrial.El significado negativo de estos datos puede verse mitigado por múltiples consideraciones positivas: la economía sumergida tiene una vitalidad muy superior a lo que reflejan las estadísticas oficiales, el desarrollo de los años sesenta y setenta ha modernizado estructuralmente las áreas más importantes del país (Eslovenia, Croacia, Serbia), una burguesía productiva de tipo occidental y ya consolidada, las elites emergentes son capaces y conscientes de los problemas actuales y en perspectiva. Sin embargo, esto sirve tan sólo para darle una estabilidad contingente a Yugoslavia en crisis.

Sin cambios sustanciales internos y de posicionamiento internacional, Yugoslavia corre el riesgo de caer en el subdesarrollo endémico y de sufrir un proceso de libanización, desestabilizando así la ya delicada área balcánica y el proceso general de integración europea en su movimiento hacia el Este.

¿Qué debe cambiar en Yugoslavia? ¿Qué deben hacer los europeos occidentales?

Panorama desastroso

La principal causa interna de la crisis económica yugoslava la constituye su orden políticoinstitucional. En términos generales, se trata de un mecanismo extremadamente complicado que pretende conciliar la lógica colectivista del Estado socialista con los requisitos de autonomía y descentralización del modelo de libre mercado.

Por un lado -a partir de la Constitución de 1953-, la propiedad de los medios de producción en Yugoslavia no está concentrada en el Estado, sino distribuida como propiedad social autogestionada; por otro lado, los vínculos colectivistas y de compensación de la propia propiedad social impiden a las empresas regirse por los criterios de la búsqueda del beneficio y de su reinversión.

Además, la dependencia de las burocracias locales del partido ensombrece aún más este panorama, transformándolo en un verdadero desastre.

El modelo económico de Yugoslavia, por tanto, es un compromiso entre el socialismo y el capitalismo que no admite reformas, sino tan sólo cambios radicales.

Las nuevas elites políticas de orientación tecnocrática en Yugoslavia son perfectamente conscientes de que la única solución a los problemas del país pasa por una reforma del libre mercado y por la perspectiva de su incorporación a la Comunidad Europea. De hecho, la nueva reforma económica y la nueva Constitución que se está elaborando en Beigrado se orientan explícitamente en este sentido. Sin embargo, este esfuerzo reformista tiende a permanecer vinculado al intento de salvar la estructura tradicional del comunismo yugoslavo, si bien dentro de la tendencia hacia la organización de estructuras de libre mercado.

Da la impresión, en resuínen, que si bien los yugoslavos saben qué cosas han de cambiar, el nuevo liderazgo pos Tito no tiene fuerza suficiente para pilotar el cambio tan radicalmente como lo exige la situación de emergencia que atraviesa el país. Esta fuerza sólo puede llegar desde el exteríor. Es Europa la que debe exigir a Yugoslavia que aclare los términos de una futura cooptación. De hecho, Yugoslavia puede entrar en Europa sólo si:

- Abandona la ambigüedad del mecanismo de autogestión y purifica la propiedad privada o la autonomía de las empresas.

- Abandona la representación única por naciones a nivel federal e institucionaliza la representación proporcional (es decir, un Parlamento constituido por una Cámara de los elegidos sobre una base proporcional y un Senado que represente básicamente las naciones, garantizando así el equilibrio).

- Abandona el sistema de partido único en favor del pluralismo político.

- Garantiza de hecho los derechos y las libertades civiles.

A cambio, la Comunidad Europea podría generar un plan especial capaz de apoyar econórnicamente la transición de Yugoslavia hacia la democracia. El cambio, no obstante, no puede ser del todo traumático: el actual sistema no está defendido tan sólo por la burocracia del partido comunista (complicada con el separatismo burocrático de las autonomías nacionales), sino por los obreros que prefieron el "poco, pero seguro" al "mejor, pero incierto" y por los ciudadanos de las repúblicas del sur subdesarrollado, acostumbrados a un régimen asistencial de la mínima super vivencia. Las ayudas a esta categoría social deben mantenerse, pero orientadas hacía el proyecto de cambio. El volumen de los recursos necesarios para dar este paso en términos de un nuevo Plan Marshall (que Yugoslavia, por otra parte, rehusó en 1947) es tal que sólo está al alcance de toda Europa.

¿Pero puede Europa occidental dar estos pasos políticos y económicos? Proponer a Yugoslavia este tipo de ayuda con la perspectiva de una admisión en la Comunidad Europa significa lanzar un mensaje implícito a Moscú y Washington de que Europa asume la naturaleza de sujeto político internacional fuerte. Significa, concretamente, que la propia Europa se siente capaz de superar Yalta y prepararse para la gran unificación.

Hoy por hoy es difícil valorar si los europeos están ya dispuestos a dar este salto. Los países de la Comunidad están concentrados en sus problemas de modernización de sus es tructuras internas con vistas a 1992 y aún parece algo de ficción científica pensar en una Europa política.

Sin embargo, es preciso con síderar que la ampliación de la Comunidad Europa deberá asumir forzosamente un perfil político más alto. La próxima incorporación de Austria, por ejemplo, significa de hecho el fin de la neutralidad dictada para ese país en los tiempos de Yalta. El actual régimen económico de la Comunidad con países como Hungría, Polonia, la República Democrática Alemana y Turquía es ya, de hecho, una preincorporación al régimen económico político europeo.

Ingreso 'natural' en la CE

El punto más delicado de todo este proceso es que ninguno de estos -y de los restantes países europeos está en disposición de cambiar por sí solo la propia estructura política y económica para poder ser admitido con naturalidad en la Comunidad (como ocurrirá, en cambio, en cinco o siete años, con Suecia, Noruega y, quizá, Finlandia y Suiza). Estos países vinculados al subdesarrollo y al estatalismo comunista necesitan, sin duda alguna, recibir un impulso directo, una relación de cambios necesarios, una garantía bien de apoyo económico sostenido bien de defensa política. Es decir, necesitan que Europa les haga una oferta política. Yugoslavia es el primer banco de pruebas para esta nueva responsabilidad de Europa: sin una intervención directa y valiente, el Este y el Sureste están condenados al subdesarrollo y al conflicto. Pero también constituye un experimento para un futuro no muy lejano cuando el enemigo de ayer, el imperio soviético, en decadencia, se convertirá en la nueva Rusia que de berá formar parte de la Europa del futuro.

Carlo Pelanda es director adjunto del Instituto de Sociología Internacional de Gorizia (Italia).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de noviembre de 1988