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La mejor pintura inglesa, en el Prado

La reina Isabel II inaugura hoy una exposición antológica de los maestros británicos

La reina Isabel II y los Reyes de España inauguran hoy en el Museo del Prado la exposición Pintura inglesa de Hogarth a Toner. Alfonso Pérez Sánchez, director del Prado, aseguró ayer que esta exposición tiene una importancia capital por cuanto ninguna de las obras que se exhiben han sido expuestas anteriormente en España, debido al inexistente intercambio cultura¡ entre ambos países. La exposición ha sido organizada por el British Council y permanecerá abierta al público hasta el próximo 8 de enero. Entre los nombres que se incluyen en la exposición figuran William Hogarth, Richard Wilson, sir Joshua Reynolds, George Stubbs, Thomas Gainsborough, John Crome, Turner, John Constable, Samuel Palmer o Joseph Wright.

Si hay que medir a través del arte el índice de cordialidad de una visita histórica, como lo es la de la reina Isabel II, podemos darnos por satisfechos. Ahí están para demostrarlo esas dos exposiciones tituladas Pintura británica de Hogarth a Turner (Museo del Prado) y Wellington en España: una alianza de dos monarquías (Museo Municipal).Sobre la primera, que cuenta con el patrocinio del Barclays Bank y con el comisariado de Andrew Wilton, hay que destacar no sólo que consta de 64 cuadros pertenecientes a 22 artistas británicos diferentes, sino que la mayor parte de las obras seleccionadas constituyen los ejemplos más característicos y magistrales del arte de aquel país. Esto es tan así que el visitante puede perfectamente sustituir el espléndido catálogo de la muestra por cualquier manual de arte británico donde seguramente encontrará, reproducidas a modo de ejemplos, casi todas las pinturas ahora exhibidas en el Museo del Prado. No hace falta, por tanto, señalar que están prácticamente todos los grandes maestros británicos. Hogarth, Reynolds, Stubbs, Ramsay, Lawrence, Raeburn, Wright of Derby, Hamilton, Wilson, Bonnington, Constable, Turner...

Por lo demás, el acotamiento cronológico es casi el obligado para definir la personalidad de una escuela que tardó comparativamente en madurar, pues al margen de ilustres maestros foráneos, de Holbein a Gentilleschi y Van Dyck, una pintura británica con personalidad propia no tiene lugar antes del siglo XVIII, a pesar de los Dobson, Lely, Kneller, etcétera, muy inmediatamente apegados a los modelos de importación. De Hogarth a Turner se cierra un cielo completo que no cabe ampliar hacia atrás. En todo caso sí hacia adelante, pero, de haberse hecho, ello habría supuesto otra exposición, la del arte británico contemporáneo, emplazable en otro lugar que no fuera el Prado.

Mas, ¿cómo echar de menos nada cuando lo que se nos ofrece agranda encima su interés aquí, al carecer nuestros museos de una mínima representación digna del arte británico?

Obras principales

He aquí una somera relación de las obras principales que se exhiben: cuatro excelentes Hogarth, representando cada uno sus géneros más característicos, desde el retrato de aparato (William Jones) y los estudios fisiognómicos (Seis estudios de cabezas) hasta el cuadro de costumbres (La última apuesta de la dama); tres excelentes retratos de Allan Ramsay, aunque los dos femeninos, el maravilloso de su esposa, May Lindsay, y el de la Condesa de Elgin resultan particularmente fascinantes; los cuatro Reynolds son, asimismo, importantes, con el exquisito y vaporoso retrato de Lady Musters como Hebe a la cabeza; cinco cuadros del animalista Stubbs, pintor de facultades extraordinarias y el no va más de lo prototípicamente británico; seis Gainsborough, entre los que nos encontramos el diapasón completo de este refinado ecléctico capaz de pintar admirablemente a la manera de cualquier maestro como, por ejemplo, nuestro Murillo (Niña con cerdos), pero del que se ha seleccionado para la ocasión esa obra sin par de Robert Andrews y su esposa, o el retrato de William Wollaston; tres Zoffany; dos Wright of Derby (Forja de hierro y La doncella corintia) tres Lawrence; y, entre otras muchas cosas notables, tres Raeburn, dos de los cuales (El reverendo Walker patinando en el lago Duddington y Los arqueros) son inmejorables.El paisaje merece un capítulo aparte, con los Richard Wilson, los Constable, los Turner, los Bonnington... Con todo, los nueve Constable forman un conjunto tan potente que se erige en el centro de gravedad. Desde los tablotines, llenos de fresca inspiración poética e increíble soltura hasta esa sucesión de rotundas pièces de resistence que forman El salto del caballo, Barco pasando por una esclusa y, sobre todo, la archifamosa Catedral de Salisbury desde los prados. No tan amplia ni formidable, la selección de Turner revela que la exposición ha sido concebida por uno de los más destacados especialistas en la materia, lo que nos permite contemplar óleos de la categoría de La playa de Calais, La desembocadura del Sena, Quille-Boeuf, Cicerón en su villa y Campo Santo, Venecia.

Desde luego es difícil hallar un gusto y mundo de valores más antitéticos a nuestra tradición que los que refleja esta escuela. Es un contraste excitante y aleccionador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de octubre de 1988